Dos consignas y un salto dialéctico

Rafael Acevedo Pérez
Posiblemente, lo más trascendental que ha ocurrido en la historia de la humanidad ha sido la propuesta que según la tradición hebrea, les hizo Yahvé a los hebreos.
Se trata de los dos mandamientos o consignas que cambian la naturaleza de los humanos y los hace parte de una ruta espiritual que conecta con la vida eterna.
Se trata de un salto dialéctico, desde un comportamiento egocéntrico, idólatra primitivo, a una opción inteligente y evolutiva, ya que ésta lo saca de una individualidad inconducente y le permite salir del círculo vicioso y mortal del sí mismo y conectar con los demás.
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Así, el hombre primitivo pudo pasar de ser una entidad ególatra e idólatra, y el la tribu salir de sí mismo y encontrarse con el otro, con lo social e iniciar su nuevo camino, fuera de sí mismo
Pero el paso más trascendental de la historia de la humanidad ocurre precisamente cuando el hombre se encuentra con Yahvé, quien le propone la fórmula espiritual más “evolucionaria”: la guía espiritual, conducente al mayor salto dialéctico de la humanidad: unirse al proyecto universal y despegarse definitivamente de lo individual y animal mediante la fórmula: “Concentrar su mente y su alma en buscar y amar a Dios, sobre todas las cosas y, a sí mismo y al prójimo, con toda su energía emocional y espiritual.
Este mandato constituye la mayor y única consigna posible para sacar al ser humano de cualquier atadura material, psíquica o social, y guiarlo al camino de la evolución permanente, el cual dirige toda su energía y su ser material hasta transformarlo en un ente de energía espiritual, esto es, en pura energía; pero, en este caso, una energía conectada con la Fuerza que dirige el Universo.
En lo inmediato, esto es, en lo individual, lo relacional y lo social, este mandato libera del egoísmo y el egocentrismo, que lo distancian de sí mismo uniéndolo prudente y amorosamente a los demás. Por lo cual puede generar propósitos individuales armonizados con los colectivos y con sus semejantes constituir una comunidad capaz de solucionar asuntos comunes y enfrentar amenazas internas y externas a su tribu.
En el plano individual deja de ser él mismo su principal preocupación, aunque el problema de la individualidad y el egocentrismo no lo abandonarán nunca y tendrá que combatirlo por siempre mientras tenga un cuerpo con apetencias y necesidad de seguridad y protección.
El mandato de adherirse al proyecto universal y de centrar su mente en Yahvé, le evita la locura del egocentrismo y la egolatría, pero también de un “exo-centrismo” sin dirección, peligroso, porque no es siquiera aleatorio, puesto que hasta el azar tiene normas y regularidades.
El amor a otros preserva de tener conflictos con ellos, llevándolos a que te cuiden y te preserven ellos a ti.
Este es el sentido y camino de la salvación, ausente de toda perturbación, libre de la eterna transmigración kármica. Y que lleva, de un solo vuelo, a la plenitud del universo. (El que pueda entender… entienda).