Integridad y lucha
Por ejemplo, Edith Febles

Edith Febles
Siempre he creído que no se puede ser una buena profesional del periodismo sin ser, antes, un buen ser humano. Esa convicción, que me ha acompañado durante años de ejercicio periodístico, se reafirmó con fuerza al asistir al acto de Reconocimiento a la Integridad y Lucha contra la Corrupción, organizado por Participación Ciudadana y otorgado este año a la periodista Edith Febles.
No pudo haber mejor ganadora. Tampoco mejor momento.
El reconocimiento se entregó cuando la sociedad dominicana aún permanecía estupefacta, indignada y conmocionada por los detalles que iban saliendo a la luz sobre un presunto caso de fraude y corrupción administrativa en una institución tan sensible como Senasa. En medio del ruido, la desconfianza y el desencanto, el premio recaía en una mujer que representa exactamente lo contrario: coherencia, honestidad y compromiso público.
Edith Febles no es una periodista más. No es una figura construida desde el artificio ni desde la conveniencia. Su carácter y su liderazgo la precedieron mucho antes de los micrófonos y las cámaras. Sus queridas monjitas y profesoras de su natal El Seibo —ese lugar que ilumina su mirada cada vez que lo menciona— la describen como una niña distinta, inteligente, fuerte, sensible y siempre dispuesta a servir.
“Cuando yo hacía alguna pregunta, la primera que levantaba la mano era Edith”, recuerda la hermana Berta Sierra, misionera Dominica del Rosario. La periodista Deisy Toussaint, su colega y amiga, recurre a la poesía para retratar a esa niña que creció donde el sol amanece entre colinas, aprendiendo con las manos:
“Allí, entre naranjos y sombra fresca, jugaba a cocinar con platos rotos. Como quien ensaya desde pequeña el arte de transformar lo poco en suficiente”.
Y es que Edith provenía de una familia humilde, pero siempre fue inmensamente rica en intencionalidad. “Quería darlo todo, por todo”, explican quienes la vieron crecer. Desde los grupos juveniles fue una líder natural, una mujer que entendió temprano el valor del compromiso colectivo.
Su hermana Rita Febles recuerda sus inicios en Radio Seibo, donde ya se manifestaba ese temple sereno que la caracteriza, acompañado de una nobleza poco común. De ahí fue construyendo una carrera sólida, coherente y profundamente ética. Edith es una profesional completa: reportera de medios impresos, locutora, analista. Pero, por encima de todo, es una mujer con una sensibilidad social que no se aprende en la academia.
Su identificación con los sectores más vulnerables no es una pose. No es un discurso de ocasión. Es una forma de estar en el mundo. Esa capacidad de comprender los miedos, las carencias y las esperanzas de quienes no suelen tener micrófonos la ha convertido en una de sus más fieles portavoces. Porque el periodismo no consiste en adular al poder ni en convertirse en su acólito, sino en ser la voz de quienes no tienen voz. ¡Y eso Edith lo hace de manera magistral!
No tiene agendas ocultas. Como bien señaló Marino Zapete, durante siete años se sentó a su lado con confianza plena, sabiendo que Edith solo persigue un interés: el colectivo.
Por eso este reconocimiento es más que merecido. Su profesionalismo y valentía le han ganado el respeto de la ciudadanía. Edith no solo informa: educa, interpela e inspira.
Para mí, lo más significativo de este reconocimiento es que la confirma como referente. Como prueba viviente de la persistencia del periodismo ético y profesional, ese que sin aspavientos incide y crea poder, no para beneficio propio, sino para servir de puente a las comunidades, a las niñas, a la diáspora, a los negros, a los enfermos, a las mujeres. Por todos ellos habla Edith.
Y esa voz —nacida en los campos— sigue siendo un templo donde muchos encuentran verdad.
Gracias Edith por no rendirte. Con tu ejemplo, nos empujas a seguir creyendo que un país más justo, más íntegro y transparente es posible.