Guardianes de la verdad Opinión

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JOSÉ SILIÉ RUIZ
Este es el primero de tres «conversatorios», donde trataremos la evolución humana, la conciencia, y la Neuroética. En verdad el tema estaba recelado en mi mente desde hacia varios meses, pero la noche de la puesta en circulación de tres libros sobre ética, de la autoría de mi padre, me animé a trabajar sobre este contenido, que ya había comenzando a «organizarse» en mi imaginación desde mi temprana adolescencia, pues el término «ética», se ha escuchado desde entonces en mi hogar con gran frecuencia, en razón de ser hijo de un cultor «apasionado» de la misma, no sin razón el Presidente de la Academia de Ciencias lo bautizó a él, como el «Padre» de ese saber en el país.

En una muy simple definición de la ética: «Es la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre». En el marco de esa definición practica, cómo la encajamos con la acción cerebral, esa masa enmarañada y arrugada de 1.36 kilos de materia gris que rige nuestros movimientos, pensamientos, recuerdos, gustos, deseos y sueños.

Es el órgano que nos hace ser quienes somos. Recordamos la primera vez que tuve en mis manos ese conglomerado neuronal, llamado cerebro, fue en el sótano del Instituto de Anatomía, ya que nos iniciamos temprano en nuestra carrera médica, como «monitor» de neuroanatomía, un «auxiliar» de profesor de la práctica, con grandes responsabilidades. Es decir, que es aún mayor el tiempo del que Gardel habló en su tango, el que tenemos nosotros junto al el dúo cerebro y ética.

Al tratar el tema creemos que debemos preguntarnos, cómo en realidad funciona el cerebro, cómo tomamos decisiones y cómo persiguen esas decisiones mejorar el éxito productivo en cualquier campo en el que nos desempeñemos. Debemos entonces hacer una definición por igual práctica de nuestra conciencia, pues de la correcta dualidad cerebro pensamiento, se deriva de manera obligatoria el éxito. La conciencia, es la capacidad del ser humano de reconocerse uno a sí mismo y al mundo que lo rodea. Este concepto fue en su mayoría y por mucho tiempo acaparado por filósofos, físicos, teólogos entre otros, pero muy poco estudiada, por científicos especializados en las neurociencias. No es a partir de los últimos quizás veinte años que con más fuerza y constancia neurólogos, neuroquímicos y neuroanatomistas, nos hemos esforzados por entender y tratar de explicar desde el punto de vista neurobiológico, la conciencia humana.

Puesto que la evolución se caracteriza por el cambio, el tema nos obliga a una investigación evolutiva de la mente moderna. Comenzará la cuestión en determinar en qué forma se fue transformando la mente humana con el transcurso del tiempo. Merlin Donald se aprestó a dar una respuesta exhaustiva en su trabajo «Origins of the Modern Mind», publicado en 1991. Sus influencias forjaron la llamada arqueología cognitiva, y sobre esta materia la Universidad de Cambridge, Inglaterra, celebra un congreso anual. Deseo compartir con los amables lectores, la experiencia vivida por nosotros, en el curso de «Antropología Social», al que asistí hace ya «algunos años» en el Museo de Ciencias de Londres, a nuestra llegada a la capital inglesa, el primer lugar donde iniciamos nuestra experiencia británica, fue en el hotel «Priority», al abrir la ventana de la habitación el primer día, nos encontramos con el gran museo como vecino. El caso es que, como no habíamos empezado en el Instituto de Neurología, y a modo de protección contra el hastío y la soledad, asistimos a ese curso, que se convirtió en una grata experiencia y cada vez que trato e indago en este tipo de tema, me acuerdo de esa placentera experiencia, que lo hice en esa oportunidad como «evasión»; pero que al final nos resultó de gran utilidad, para entender un poco la evolución de la compleja conducta humana.

Pero, volviendo al tema que nos ocupa, es preciso indicar que la primera evolución cognitiva advino con la aparición de los primeros humanos (los primeros Homos), hace dos millones de años. Utilizaban herramientas líticas simétricas, lo que significa una mente radicalmente nueva, dotada de capacidad para la representación intencionada. Es decir, que la conciencia ha evolucionado paralelamente a la evolución biológica del Homo sapiens y con ese avance, el cerebro humano en particular, se ha transformado dramáticamente.

El proceso evolutivo, condujo a la aparición de animales con cerebros cada vez más complejos, capaces probablemente de producir vivencias conscientes. Al alcanzar el cerebro un alto índice de complejidad, surgió una mente autoconciente, probablemente durante la evolución de los homínidos. Esta mente «autoconciente» proporcionó los mecanismos necesarios para la síntesis de las variadas y sumamente complejas pautas espaciotemporales de la actividad neuronal del cerebro. Pero con el cerebro y la mente humana surgió también la posibilidad de transcender al mundo, hasta entonces incuestionable, que inició la progresiva trasformación, relatada por la historia, del planeta tierra.

Veamos las teorías más aceptadas del inicio de la vida en este planeta, para luego conectarlas con esa evolución del «homo», que es nuestro tema de interés. Las teorías sobre el origen de la vida se dividen en dos grupos principales: las que se basan en un «replicador primordial», una macromolécula autoreplicante (así, el ARN) que se había formado por casualidad, y las teorías que se fundan en un «metabolismo primigenio» un sistema de moléculas pequeñas que formarían un entramado de reacciones químicas impulsado por una fuente de energía y capaz de evolucionar. Es decir que en ambas teorías hay un componente de «evolución», que atañe al hombre mismo. Hay en este tema numerosos puntos de vista, desde lo filosófico a lo teológico, pero que escapan a mi humilde capacidad, y a este constreñido espacio el poder dilucidarlas, pero siempre respetamos cada punto de vista.

Extraordinariamente difícil es el problema, que se nos plantea cuando tratamos de esclarecer cómo tuvo el hombre por primera vez conciencia de sí mismo y por eso surge la cuestionante: ¿Fue una evolución gradual, o fue algo súbito? Las teorías más modernas aceptan que aunque no sabemos cómo surgieron, es muy probable que la mímesis (el lenguaje gestual), hiciera estallar la burbuja de la conciencia episódica. A medida que los actos representados miméticamente, se hacían más estandarizados y abstractos, surgió muy probablemente la necesidad de símbolos, iniciando el lenguaje.

Resulta necesario reconocer que hemos recorrido un largo camino evolutivo, desde el simple organismo unicelular, bacteria o alga, el cual fue nuestro ancestro común, según la teoría darwiniana, hasta el cerebro que tenemos hoy, órgano rector, complejo y el más importante del organismo. Continuaremos «dilectactando» con la indulgencia de ustedes los amables lectores, en otros «conversatorios», sobre la ética cerebral.

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