El feminismo no es el enemigo

Radhive Pérez
En conversaciones cotidianas, escuchamos frases como: «Las mujeres de antes eran más felices porque se quedaban en sus casas», «ahora están agotadas porque tienen que hacerlo todo», o «el feminismo hizo que las mujeres salieran a trabajar y les arruinó la vida».
Es momento de poner las cosas en su justo lugar.
1. El feminismo abrió caminos, no los cerró
Pensemos en nuestras abuelas. ¿Realmente no trabajaban? La imagen de la mujer dedicada solo al hogar es solo una parte de la historia. Obreras, campesinas, maestras, costureras, trabajadoras domésticas… Las mujeres siempre han trabajado, muchas en condiciones de explotación y sin derechos.
El feminismo no obligó a nadie a salir de casa. Lo que hizo fue luchar para que las mujeres tuvieran acceso a empleos dignos, con derechos y oportunidades. La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral no fue un «capricho feminista», sino una necesidad económica impulsada por guerras, crisis y cambios en el sistema productivo. La diferencia es que hoy pueden elegir y exigir mejores condiciones.
2. Hacia una distribución justa del trabajo en casa
«Ahora las mujeres trabajan fuera y, además, siguen ocupándose del hogar». Y es verdad. Pero la pregunta es: ¿por qué?
El problema no es que las mujeres trabajen, sino que el hogar sigue siendo visto como su única responsabilidad. La doble jornada no es un invento del feminismo, sino una consecuencia de un sistema que todavía asigna el trabajo doméstico y de cuidado a las mujeres, sin que los hombres asuman su parte.
El feminismo no busca sobrecargar a nadie, sino redistribuir las responsabilidades. Por eso lucha por licencias de paternidad justas, horarios laborales flexibles, acceso a guarderías y, sobre todo, por una transformación cultural donde el hogar sea un espacio compartido.
3. El pasado no era un paraíso para las mujeres
«Las abuelas eran más felices porque no tenían que trabajar». ¿Seguro?
Es fácil romantizar el pasado. En realidad, muchas mujeres no tenían opción. La sociedad les cerraba todas las puertas excepto la del hogar. Y quienes trabajaban fuera lo hacían en empleos precarios y sin derechos.
Además, sin ingresos propios, eran completamente dependientes. Si sufrían maltratos, ¿a dónde iban a ir? Sin independencia económica, muchas quedaron atrapadas en relaciones abusivas. Y ni hablar del divorcio: en muchos países, separarse significaba perder la custodia de hijas e hijos, ser señaladas socialmente o quedar en la pobreza.
El derecho al divorcio es una conquista feminista fundamental. Gracias a esto, hoy muchas mujeres pueden salir de relaciones dañinas sin quedar desprotegidas. La felicidad no puede medirse por la ausencia de preocupaciones económicas cuando detrás de eso existe una falta total de autonomía.
4. La verdadera libertad es poder elegir
El feminismo no obliga a nadie a trabajar fuera ni a quedarse en casa. No dice que ser ama de casa esté mal ni que deban ser ejecutivas. Lo que busca es que cada mujer tenga la libertad de elegir sin que su género dicte su destino.
Gracias al feminismo, hoy una mujer puede decidir ser ingeniera, artista, emprendedora, científica o ama de casa sin que su elección esté predeterminada por normas impuestas.
Un mundo más justo beneficia a todas y todos
El feminismo ha conquistado derechos fundamentales que hoy parecen evidentes, pero que no siempre estuvieron garantizados. Desde el derecho al voto y la participación política hasta la igualdad salarial, las licencias de maternidad, el divorcio sin represalias, la protección contra la violencia doméstica y el acceso a anticonceptivos. También ha logrado la tipificación del feminicidio, la erradicación de matrimonios forzados e infantiles, el reconocimiento como delito de las relaciones sexuales con menores y el acceso equitativo de las mujeres a la educación en todos los niveles y disciplinas.
La carga mental, la doble jornada y la precarización del trabajo femenino no son consecuencias de la lucha feminista, sino de un sistema que sigue resistiéndose al cambio.
El feminismo es la vía para que las mujeres vivan con libertad, dignidad y justicia. El enemigo no es el feminismo. Es la desigualdad.