El relojero de La Habana
FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Le decía a usted hace un minuto que cuando era estudiante en Budapest leíamos en el aula Las pasiones del alma, el famoso libro de Descartes. Nos servia para reírnos de ese gran filosofo, matemático y físico. Es sorprendente que un genio como Descartes tuviese ideas tan extrañas acerca de la risa, los suspiros o los gemidos. Aprendimos en forma oblicua que muchos grandes hombres, creadores de ideas agudísimas y fecundas, tienen a la vez opiniones muy toscas o estrafalarias sobre los asuntos que no son de su especialidad, alejados de sus talentos particulares.
Tal vez ocurra así en todas las épocas y en muchas áreas del conocimiento humano. En el articulo #124 Descartes afirma: La risa consiste en que la sangre que llega de la cavidad derecha del corazón a través de la vena arterial, inflando los pulmones súbita y repentinamente, hace que el aire que estos contienen tenga que salir impetuosamente por el gaznate, donde produce una voz inarticulada y estallante; y los pulmones al hincharse, lo mismo que este aire al salir, hacen presión sobre todos los músculos del diafragma, del pecho y la garganta, con lo cual obligan a mover los músculos del rostro que tienen cierta conexión con ellos. Pues bien, lo que denominamos risa no es mas que este gesto de la cara con esa voz inarticulada y detonante.
Este pasaje de Descartes lo citaba a menudo mi padre; lo había leído en el libro de un literato español experto en hacer frases ingeniosas y chocantes. Mi padre añadía que la risa puede estudiarse desde la garganta o desde el chiste. Si miras la risa desde el ángulo de la broma, la explicarás psicológicamente; en cambio, si lo haces por la vía de la garganta y la boca tendrás probablemente explicaciones fisiológicas. Descartes clasificaba las pasiones y los sentimientos y luego intentaba racionalizarlos y hasta describirlos físicamente. Se atreve a decir este insigne pensador que los envidiosos son propensos a tener la tez plomiza. Explica detalladamente cómo la bilis amarilla, procedente de la parte inferior del hígado, y la negra, procedente del bazo, pasen desde el corazón a las venas a través de las arterias; y esto hace que la sangre de las venas tenga menos calor y circule más lentamente que de ordinario. Lo cual basta para poner lívido el color. Al final del artículo 184 Descartes formula sin embargo una prudentísima limitación: no debemos pensar que todos los que tienen ese color son propensos a la envidia.
El creador de la geometría analítica, el pensador que dio inicio a la filosofía moderna, llevaba en su cabeza estas otras opiniones que he comentado. No obstante, el autor de El discurso del método nos ha enfermado de cordura a los hombres occidentales. En la última página de su libro afirma que de las pasiones depende todo el bien y todo el mal de esta vida. Nos producen gozos y amarguras, indica Descartes, y enseguida agrega: …pero en este punto la cordura muestra su principal utilidad, pues enseña a dominar de tal modo las pasiones y a manejarlas con tanta habilidad que los males que causan son muy soportables y que incluso es posible sacar gozo de todos ellos. En este momento de mi vida es obligatorio que intente ser cuerdo y me sobreponga a las amarguras que han traído viajes y traslados, arraigos y desarraigos. Ciertos días recuerdo las exhortaciones que Panonia hacia al joven Miklós para que razonara menos y mirara más. Otros días me atrapa el olor del ron cubano y mis sueños incluyen sol, palmeras y guarachas. Confundo los tiempos y los lugares.
Hace dos noches, en esta ciudad, tan lejos de La Habana, soñé con algo que me había ocurrido en Cuba. Desperté sonreído y más joven que el día anterior. El sueño reproducía un suceso real, inyectándolo con una emoción nueva. Trabajaba todavía en la Unidad Científica de Investigación Social; no conocía aún muchos cubanos; y sufrí un pequeño percance: mi reloj de pulsera cayó al piso por un descuido mío mientras me vestía. Al recogerlo comprobé que se había desprendido el minutero. Debajo del vidrio la manecilla se movía libremente; pero la aguja del horario seguía en su puesto. La máquina del reloj trabajaba perfectamente aunque no podía hacer circular el minutero. Pregunté a un compañero de oficina: ¿Puedo llevar este reloj a reparar ahí al lado? ¿Adónde? Me refiero a ese negocio que tiene un letrero en la pared: Relojero, paragüero, bicicletero y mecánico. Ese es Anacleto. Si le das tu reloj dirá que lo arregla enseguida pero tal vez lo lleve a una casa de empeño y no lo vuelvas a ver. ¿Es un reloj suizo? No, es húngaro. Pues Anacleto le pondrá una máquina japonesa y tu reloj será húngaro por fuera y japonés por dentro. Anacleto tendrá grandes dificultades para coordinar el horario con el minutero. Los relojeros de La Habana no son como los de Budapest, Ladislao. Mientras dure tu permanencia en La Habana estará detenido el minutero. Pero el horario de tu vida seguirá igual. Conserva el reloj en tu poder. Lo que cuenta es el conjunto de los engranajes interiores.