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El otro exilio de Horacio Vásquez

Había asumido la Presidencia provisionalmente el primero de septiembre de 1899.

Horacio Vásquez 

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La soleada tarde del cuatro de marzo de 1930 partió hacia Puerto Rico, en el vapor Coamo, el general Horacio Vásquez Lajara, acompañado de su fiel esposa, Trina Moya de Vásquez, y de su sobrina, la señorita Antonia de Moya.

Una vieja pena, cobijada por una sombra de amarga y añeja decepción, acompañaba al gran caudillo dominicano, otrora guerrero, que comenzó a cubrirse de gloria desde la guerra civil, conocida como Revolución de Moya (1886), y luego en los días en que cayó mortalmente herido el restaurador, convertido en dictador, Ulises Hilarión Heureaux Levelt, llamado Lilís. Entonces, el general Horacio, uno de los jefes revolucionarios, entró triunfante a la ciudad de Santo Domingo, donde una multitud llena de júbilo lo vitoreaba, mientras las damas de la alta sociedad le lanzaban flores desde los balcones.

El glorioso general del ayer, ahora ya vencido, dejaba su tierra amada, pero también abdicaba del poder, por el cual había luchado a sangre y fuego en las guerras civiles que plagaron los comienzos del siglo XX.

Había asumido la Presidencia provisionalmente el primero de septiembre de 1899, hasta el 15 de noviembre, cuando hizo entrega a su entonces amigo Juan Isidro Jimenes Pereyra, pasando el general Horacio a ocupar la Vicepresidencia. En 1902, se levanta en armas contra el Presidente y lo derroca, pero un año después, en marzo, pierde el poder, luego de una sublevación de los antiguos militares de Heureaux, y asume la Presidencia el general Alejandro Woss y Gil, considerado uno de los jefes de Estado más cultos que tuvo el país.

Entonces, Horacio partió al exilio. Llegó a Cuba en el vapor Presidente y se quedó en la isla hasta que el antiguo sacerdote Carlos Morales Languasco se levantó en armas, en noviembre de 1903, logrando derrocar al gobierno de Woss Gil.

Líder de la revuelta que echó del poder a Eladio Victoria, en 1912, Horacio había llegado al poder el 12 de julio de 1924, después de haber triunfado en las primeras elecciones organizadas tras la ocupación norteamericana (1916-1924).

Ahora, un levantamiento encabezado por el jefe del ejército, que era su protegido, Rafael Leónidas Trujillo Molina, mejor conocido como Chapita, lo echaba del poder. Antes de renunciar, fue obligado a designar a Rafael Estrella Ureña, ideólogo del complot, como ministro de Interior y Policía, para asegurarle al insurrecto la sucesión presidencial, ya que también había sido obligada la dimisión del vicepresidente, doctor José Dolores Alfonseca.

Luis F. Mejía, testigo de esos acontecimientos, en su libro “De Lilís a Trujillo”, colección Banreservas-Bibliófilos, 2011, narra lo siguiente:

“El 3 de marzo de 1930 conoció la Asamblea Nacional de la renuncia del presidente y del vicepresidente y tomó juramento a Estrella Ureña como encargado del Gobierno. El discurso del nuevo presidente, lleno de las usuales promesas de elecciones libres y de amplias garantías para todos, tenía un inquietante tono de frialdad. Le faltaba, en absoluto, aquel calor, prenda de sinceridad, con que el fogoso orador dantoniano solía revestir en otros tiempos sus elocuentes arengas en defensa de las libertades públicas. Asistí a aquella sesión y mantuve una actitud cordial para el compañero de la campaña nacionalista, deseoso de descubrir en él síntomas de que no sería un instrumento dócil de la cuartelada; pero mis esperanzas salieron fallidas. Al terminar las ceremonias oficiales se dirigió a la Fortaleza a rendir pleito homenaje al autor de su elevación. El licenciado Leoncio Ramos les invitó a besarse, como símbolo de unión. Aquel beso, cuajado de falsedades, selló la suerte de la República, puso fin a una época. Dos días después se embarcaban don Horacio y el doctor Alfonseca para Puerto Rico. Sus amigos acudimos en gran número, llenos de tristeza, a despedirlos”.

El periódico Listín Diario, del miércoles cinco de marzo de 1930, trae la siguiente información en su portada:

“Conmovedora despedida del expresidente y el exvicepresidente de la República”.

“A los muelles fue un grupo de amigos para despedirlos”.

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“Ofreciendo un estimulador ejemplo elocuente de afecto y de lealtad inquebrantable”.

“Ayer, a las dos de la tarde, se embarcaron a bordo del vapor COAMO, con destino a San Juan de Puerto Rico, el Honorable expresidente de la República, general Horacio Vásquez, su distinguida y amante esposa Doña Trina Moya de Vásquez y su joven sobrina, la señorita Antonia de Moya. Por el mismo vapor han salido también, con igual destino y acompañando al general Vásquez, el exvicepresidente de la República, doctor José Dolores Alfonseca, llevando con él a su hijo Rafael”.

“…El viaje fue dispuesto a última hora como asunto resuelto, y debido a esa circunstancia, se anunció con poca anticipación y escasa seguridad. Fue por eso que, al muelle del Ozama, a despedirlo, acudieron solamente los que tenían ayer conocimiento cierto de la hora del embarque, llegando muchos al muelle después que los viajeros habían tomado la lancha para abordar el vapor fondeado en el antepuerto”.

“Varios amigos del expresidente Vásquez y de su familia, así también como del doctor Alfonseca, fueron a despedirlo a la clínica Las Mercedes, del doctor Luis E. Aybar Jiménez. Entre sus amistades y familiares vimos allí a las señoritas Blanquita y Margo Logroño, a las señoritas Caridad de Moya, Hortensia de Moya, y otras damas, y en el muelle a las sobrinas del general Vásquez, las distinguidas señoritas Colombia V. de Ricart, Gracita V. de Bernard y de Rosa V. de Lara, en compañía de Librada de Michel, y otras esposas de los caballeros que fueron a la despedida”.

“…vimos allí a muchos hombres de espíritu generoso y altivo descargar en lágrimas la emoción del momento. Muchos ojos de varones viriles se humedecieron, y las damas, abrazando a Doña Trina, la estrecharon con igual demostración de profundo afecto” … ( Digital Library of the Caribbean, Miami, Florida).

Poco tiempo después, el general Horacio Vásquez, retornó al país, y se retiró a sus propiedades de Tamboril, donde murió, el 25 de marzo de 1936. Tenía 75 años. Doña Trina murió el 13 de mayo de 1941, en Santurce, Puerto Rico. 

Sobre el autor
Pastor Vasquez Frias

Pastor Vasquez Frias

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