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Recepción de lectores

Dramas dominicanos, la novela inacabada de Casimiro de Moya*

Dramas dominicanos, novela histórica y de costumbres nacionales (1894), de Casimiro N. de Moya, a pesar de que su autor, tras retornar a Santo Domingo

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Dramas dominicanos, novela histórica y de costumbres nacionales (1894), de Casimiro N. de Moya, a pesar de que su autor, tras retornar a Santo Domingo, su ciudad natal, no la terminó y sólo conocemos los manuscritos que su nieta, doña Mariana Jiménez de Moya, entregara al historiador Frank Moya Pons, entonces presidente de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos (SDB), y que fueran dados a la estampa en 1985 con el título Episodios nacionales, novela histórica y de costumbres nacionales. Su autor, con sólo la primera parte, proporciona las informaciones necesarias para que, si la hubiese terminado, hubiera sido, junto al Enriquillo de Galván, una de las mejores novelas históricas dominicanas del siglo XIX.

Primera parte que Casimiro de Moya terminó en diciembre de 1894 en Saint-Thomas. Sería precipitado y/o una falta de respeto al futuro afirmar que la o las partes que completarían la minuciosamente planeada Dramas dominicanos… nunca se encontrarán; porque de Moya no tuvo tiempo de concluir su ficción histórica a su regreso a Santo Domingo en 1895 cuando se acogió, luego de nueve años de exilio, a la amnistía que le concediera el presidente Heureaux.

Durante su exilio, además de Dramas dominicanos, Casimiro de Moya “dio comienzo”, escribe Rufino Martínez, “a un mapa, y preparó e hizo publicar, antes de retomar, una Tabla sinóptica de distancias entre las principales poblaciones y los puestos fronterizos, que suplía a la muy errada de Angulo Guridi. Más tarde, ya entrado el presente siglo [XX], se usó aquélla oficialmente para el pago de viático a los diputados al Congreso Nacional”. Además, agrega Martínez, de Moya destacó a su retorno “en las actividades políticas de Horacio Vásquez. En el año 1903, al ocurrir en marzo el golpe que dio al traste con el gobierno provisional, desempeñaba la gobernación de Santo Domingo. Rifle en mano se tiró a la calle y corrió a ocupar su puesto, pero tomada ya la casa de la gobernación por los revolucionarios, fue rechazado, y peleando se retiró a lo largo de la calle de El Conde. Volvió a desempeñar cargos públicos en el gobierno de Cáceres y por los días que el arzobispo Nouel ocupó la presidencia de la República”.

La optimista esperanza de la SDB de que se encontraría la, o las partes, digamos, que completarían la novela de Moya es aceptable; pero, transcurridos más de 45 años, no se han encontrado las partes faltantes de la obra ni tampoco entre los archivos conservados por sus descendientes, un documento donde el escritor mencione su inacabada novela histórica. Si el azar que tiene la virtud de hacer bien lo que se propone nos deparara con la continuación de Dramas dominicanos, tendríamos una excelente novela como la que anuncian los 35 capítulos que componen su descontinuada primera parte.

Es válido suponer también que el geógrafo y escritor, consciente del tiempo que le requería terminarla, optó, sin que conozcamos las razones, por abandonarla al cabo de esos primeros episodios.

En efecto, entre la intensa actividad política e intelectual de Casimiro de Moya, al regresar a Santo Domingo en 1895 hasta el final de sus días el 27 de mayo de 1915, figuran la elaboración del mapa detallado de la ciudad de Santo Domingo de 1900; el diseño del escudo de la República Dominicana que fue oficializado por el presidente Alejandro Nouel en 1913, así como la tabla de distancias en kilómetros trabajos que podrían figurar entre las ocupaciones que les impidieron concluir la redacción de Dramas dominicanos, novela histórica y de costumbres nacionales.

Sin embargo lo que precede no debería, de ninguna manera, desanimar a un eventual lector lúdico y presto a dar rienda suelta a su imaginación, porque en la primera parte figuran los elementos narrativos que permitirían colegir, según la lógica de la narración, la o las partes que necesitaría el narrador para completar su relato respetando los cánones que requiere la novela romántica del siglo XIX.

Novela histórica

Dramas dominicanos…, debuta el 7 de mayo de 1842, dos años antes del 50 aniversario de la Independencia dominicana y el mismo día de aquel terrible sismo que estremeció el noroeste de la isla.

En la naciente literatura dominicana destacaba, entre otros, Manuel de Jesús Galván con Enriquillo, leyenda histórica dominicana (1882), “historia” de la rebelión del cacique Enriquillo cuando Andrés, hijo del encomendero Francisco de Valenzuela, no sólo le arrebató su mula sino que intentó igualmente abusar de Mencía, su mujer. Galván toma como escenario La Española en los inicios de la conquista y colonización del Nuevo Mundo entre 1511 y 1533. En Dramas dominicanos, como en toda novela romántica, se relata una historia de amores contrariados con fondo de drama histórico, semejante al Enriquillo de Galván (1882).

Diferente a Galván, que decidió narrar en su “leyenda” la rebelión del cacique taíno Enriquillo en los inicios del siglo XVI durante la colonización de la isla cuando Diego, hijo mayor de Cristóbal Colón, era virrey de La Española. Casimiro de Moya prefirió concentrarse en su época: una historia de amores contrariados con fondo de dominación haitiana en la parte occidental de la isla de Santo Domingo y particularmente durante los meses que preceden a la independencia de República Dominicana inscribiendo su ficción histórica, como Galván, en el surco del romanticismo europeo, particularmente el francés liderado por el Víctor Hugo de El hombre que ríe, Noventa y tres, Nuestra señora de París y Los miserables, o el de Alexandre Dumas en El conde de Montecristo.

El romanticismo, sabemos, tuvo una gran influencia en América latina durante los años de independencia de las colonias sudamericanas de España.

Hay una enorme diferencia con respecto al manejo de la Historia en la ficción entre el novelista dominicano y los franceses Víctor Hugo o Alexandre Dumas en la utilización de la Historia para crear efecto de realidad.

La diferencia entre Hugo, Dumas y Galván se aprecia a simple vista: mientras Galván temía a que su eventual lector no creyera, como es lógico, que ciertos episodios de su Enriquillo no fueran considerados históricos arriesgaba el ritmo de su elegante y ágil narración colocando al pie de página una nota que, además de revelar su fuente, decía: “Histórico: casi todos los hechos de este capítulo están ajustados a la verdad histórica”. seguida regularmente por una cita de Historia de las Indias de Las Casas, la Historia general y natural de Indias de Fernández de Oviedo o las Décadas de Antonio de Herrera y Tordesillas que, aunque nunca vino a América, se le reconoce como cronista de Indias.

A Víctor Hugo o Alexandre Dumas, en cambio, no les preocupaba escamotear sus referencias históricas. Lo hacían adrede, de manera que, al leer El hombre que ríe o Noventa y tres, cuando pensamos que se trata de un episodio histórico del período posterior a la Revolución francesa estamos leyendo uno salido de su imaginación y viceversa. ¿Cuántos no han caído en la trampa de Dumas en Los tres mosqueteros?

Casimiro de Moya, como Víctor Hugo o Alexandre Dumas, no revela que el terremoto del sábado 7 de mayo de 1842 lo elabora basándose principalmente en el Compendio de historia de Santo Domingo de José Gabriel García; tampoco que, en 1805, los desmanes de Dessalines y Christophe en Santiago, Moca y otras localidades de la línea noroeste narrados en la “Historia y El testamento del Comegente”, suerte de construcción en abismo de Dramas dominicanos… los toma igualmente de la Historia de Santo Domingo de Antonio del Monte y Tejada acontecimientos históricos que le permiten lograr el buscado efecto de realidad para que su novela sea, al mismo tiempo que una obra de ficción, “histórica”.

Casimiro de Moya terminó de redactar la primera parte de Dramas dominicanos en 1894. Como sus modelos románticos también narra una historia de amor con fondo histórico: los últimos meses de la dominación haitiana en la parte oriental de La Española relatando al mismo tiempo los amores contrariados de Carlos Espinosa y Carmen Pimentel.

Contrariedad que en sólo cuatro días, el narrador cuenta, además de las consecuencias del terremoto de mayo de 1842, las exacciones de todo gobierno de ocupación y de cómo Juan Pablo Duarte y sus compañeros de la sociedad secreta La Trinitaria burlaban el ojo ubicuo del ocupante; de cómo los independentistas se reunían y conspiraban mientras Carlos cortejaba a Carmen, y por qué el padre de la joven, Esteban Pimentel, al notar la incipiente relación amorosa entre los jóvenes decide, al enterarse de la prosapia del pretendiente, impedir esos amores. Así podríamos resumir la historia contada en los 35 capítulos de Dramas dominicanos. Novela histórica auxiliada por diferentes artificios literarios que hacen posible la verosimilitud del relato y que permitirán al lector proyectar lo que podría ser, según su visión de los acontecimientos que preceden al 27 de febrero de 1844, la o las partes que Casimiro de Moya dejó sin terminar al morir en 1915.

* [Dramas dominicanos…, 2da edición, Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2026, 275pp.]

Sobre el autor

Guillermo Piña Contreras

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