Descontento social
El índice económico se mide con el estómago: no con el de Laspeyres
En definitiva, el estómago termina siendo el principal opositor de los gobiernos.

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Dijo Edgar Fiedler: “Un economista es alguien que mañana sabrá por qué las cosas que predijo ayer no ocurrieron hoy.” - John Kenneth Galbraith dijo: “La única función de las previsiones económicas es hacer que la astrología parezca respetable.”
El índice Laspeyres, es un indicador estadístico con base fija, que resume en un solo valor el comportamiento de una variable o de un conjunto de variables económicas durante un período determinado. Sirve para medir cambios, comparar períodos y analizar tendencias en la economía, tales como: el crecimiento o la contracción económica, la variación de precios (inflación), la producción industrial, el nivel de empleo o desempleo, el consumo, el comercio exterior y la confianza empresarial. El índice del consumidor, se mide con el estómago.
Sin embargo, cuando el principal componente del índice económico —los precios que paga el consumidor— se dispara, significa que los precios están aumentando rápidamente; es decir, que existe alta inflación. Y la reacción frente a la inflación, se mide con el estómago: cuando el precio de la canasta familiar es elevado en relación con el ingreso del ciudadano, se activa el descontento social. Cualquier choque externo impacta directamente la mesa del ciudadano. Pero el problema no es únicamente externo; muchas veces es interno y político.
Al consumidor no le interesa escuchar discursos sobre proyecciones de crecimiento económico o fortaleza nacional, si no se reflejan en el precio de los combustibles, el transporte, la electricidad, la vivienda o en el valor de la canasta básica. Las estadísticas pueden mostrar cifras positivas, pero si los salarios no aumentan al mismo ritmo que los precios, las personas se empobrecen en términos reales.
Con el mismo salario se compran menos bienes y servicios. Las familias sienten presión en su presupuesto. Y cuando el presupuesto familiar se reduce, el malestar se multiplica.
En definitiva, el estómago termina siendo el principal opositor de los gobiernos. Porque más allá de los indicadores técnicos y los informes macroeconómicos, la verdadera medición del desempeño económico se realiza cada día en la mesa del hogar. La inflación es, en esencia, un impuesto silencioso. No necesita ley ni decreto. Erosiona el ingreso sin pasar por el Congreso. Y cuando ese “impuesto” se vuelve persistente, transforma el descontento económico en juicio político.
En definitiva, el estómago termina siendo el principal opositor de los gobiernos. Porque más allá de los tecnicismos macroeconómicos, los informes de crecimiento o las celebraciones estadísticas, la verdadera evaluación de una gestión pública ocurre cada día frente al plato de comida de una familia. Ahí es donde el estómago se convierte en opositor. No responde a ideologías ni a partidos. Responde a la necesidad básica. Cuando la política económica ignora esa realidad, comienza a desgastarse el poder. Y cuando el estómago protesta, ninguna estrategia comunicacional logra contenerlo.
Ningún gobierno cae por exceso de cifras positivas; cae cuando el ciudadano siente que su salario no alcanza, que el mercado está más caro que ayer y que la prosperidad anunciada no llega a su mesa. Las políticas económicas pueden diseñarse en despachos climatizados, pero se legitiman —o se condenan— en el costo del arroz, del pan, del transporte y de la energía.
Cuando la política económica pierde de vista el poder adquisitivo del ciudadano común, comienza a erosionarse la estabilidad social. Porque el hambre no entiende de discursos, ni la inflación se combate con propaganda. Se combate con decisiones responsables, disciplina fiscal, estabilidad monetaria y sensibilidad social.
Al final, los gobiernos no son juzgados por el lenguaje técnico de sus indicadores, sino por la tranquilidad del hogar. Y cuando el estómago protesta, ninguna narrativa oficial logra silenciarlo.