Guardianes de la verdad Opinión

La dictadura del algoritmo

Cuando los influencers se disfrazan de héroes

El país se llena de celebridades ruidosas mientras escasean los líderes capaces de sostener una comunidad.

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Desde la mirada sociológica, el héroe no es un ser extraordinario, sino una construcción colectiva. No aparece de golpe: se forma con el paso del tiempo, en la memoria compartida, en las experiencias que marcan a una comunidad y en los valores que esta decide elevar. Funciona como un símbolo capaz de convocar, cohesionar, educar y orientar. Su legitimidad nace desde abajo, en la vida cotidiana y en las prácticas sociales. A lo largo de la historia, las sociedades han visto en el héroe a alguien que combina lucidez moral y capacidad cognitiva, un referente

dispuesto a proteger a los más vulnerables frente a quienes encarnan la figura del villano.

Como consecuencia del vertiginoso desarrollo del ecosistema digital, ha surgido un nuevo tipo de héroe: el héroe inorgánico-mediático, fabricado por la lógica de las plataformas. No nace de la comunidad, sino del algoritmo. No encarna valores estables, sino métricas volátiles. Su prestigio no depende de la integridad ni del servicio, sino de la visibilidad. Es un héroe de consumo inmediato: aparece, estalla y se extingue con la misma rapidez.

Aunque su discurso imita la forma de los héroes orgánicos, su contenido es superficial y termina por idiotizar a quienes lo consumen sin la criticidad necesaria. En esencia, se trata de una figura diseñada para entretener, no para inspirar; para captar atención, no para transformar. Paradójicamente, cuando el mundo más necesita las voces, la presencia y las acciones de los héroes orgánicos en los ámbitos social, político, económico, religioso, educativo, medioambiental, cultural y de la salud, es cuando más proliferan los falsos héroes, provenientes de plataformas digitales y redes sociales.

La diferencia es profunda

El héroe orgánico, de raíz sociológica, promotor de valores positivos y forjador del bienestar colectivo, es, sin duda, memoria viva e inspirador de acciones éticas, íntegras y honestas. En cambio, el héroe digital, inorgánico y mediático, no es más que una tendencia efímera que influye negativamente en quienes se han quedado huérfanos de pensamiento crítico.

El primero construye comunidad; el segundo construye audiencia.

En un tiempo dominado por la viralidad, conviene recordar que las sociedades no se sostienen con influencers efímeros, sino con figuras —muchas veces anónimas— que encarnan valores duraderos. El desafío contemporáneo es distinguir entre quienes aportan sentido y quienes solo aportan ruido mediático. Porque no todo lo que brilla en pantalla es heroico, y no todo lo heroico necesita una pantalla.

El espejismo del héroe algorítmico

En la República Dominicana, como en gran parte del mundo, ha surgido una nueva especie de figura pública: el influencer que se autoproclama héroe. No porque encarne valores colectivos, sino porque interpreta su popularidad digital como una forma de poder político. Algunos incluso han llegado al extremo de afirmar que su número de seguidores determinará quién será presidente en 2028. Es la versión caribeña del viejo mito del “mesías mediático”, ahora amplificado por el algoritmo.

Este fenómeno contrasta de manera radical con la figura del héroe sociológico tradicional. El héroe orgánico nace de la comunidad: del servicio, del sacrificio y de la memoria compartida. El héroe digital, en cambio, emerge de la viralidad, del escándalo y del espectáculo. Uno construye ciudadanía; el otro solo construye audiencia.

En la República Dominicana abundan los mal llamados “héroes digitales” y escasean los héroes auténticos: aquellos capaces de acompañar a las comunidades rezagadas en la construcción de una vida digna, con servicios públicos de calidad, sostenibles y orientados al bienestar colectivo. La diferencia es clara. El héroe sociológico actúa en representación de la sociedad; el héroe algorítmico, en cambio, solo se representa a sí mismo. Piensa, decide, habla y se comporta como lo hace el egocéntrico: centrado en su imagen, no en el bien común.

En el contexto dominicano abundan los ejemplos de quienes se autoproclaman héroes por el simple hecho de vociferar palabras obscenas y ofensivas a través de plataformas digitales. Son creadores de contenido que se presentan como “la voz del pueblo”, aunque su influencia dependa más del algoritmo que de la comunidad; figuras mediáticas que confunden su capacidad de generar ruido en redes con un supuesto poder social y electoral, equiparando visibilidad con legitimidad; y personalidades digitales que se autodenominan salvadores, vigilantes o líderes morales, aun cuando su narrativa esté más anclada en el entretenimiento insignificante que en la ética y en la buena convivencia pública.

La humanidad siempre ha necesitado la protección de héroes. Desde los mitos fundacionales hasta los superhéroes creados por Hollywood, las sociedades han buscado figuras capaces de encarnar valores, orientar conductas y ofrecer un sentido de protección simbólica. Sin embargo, en el siglo XXI, ese concepto ancestral ha sido distorsionado por un ecosistema digital que ha sustituido el mérito, la solidaridad y la vocación de servicio por la visibilidad sin filtro, la virtud por el escándalo y la admiración por la viralidad.

Hoy, amplios segmentos de la población —especialmente niños, adolescentes y jóvenes— adoptan como referentes a personajes cuya única hazaña consiste en dominar algoritmos y provocar reacciones. Influencers sin formación, celebridades de comportamiento cuestionable y figuras mediáticas construidas sobre la irreverencia se han convertido en los “héroes” de millones. Personajes como Bad Bunny, Santiago Matías (Alofoke) y otros ídolos efímeros representan una estética de la superficialidad que normaliza la vulgaridad rentable y la rebeldía sin causa.

¿De dónde provienen los héroes inorgánicos del siglo XXI?

Los llamados héroes inorgánicos emergen de industrias y ecosistemas culturales que privilegian la visibilidad sobre el mérito y el conocimiento profundo. Estos héroes de barro, con audiencias cautivas que consumen contenidos tóxicos e insignificantes, suelen surgir de espacios como:

La música comercial, donde la provocación y la transgresión se convierten en productos de consumo masivo.

La política-espectáculo, donde el populismo, el clientelismo, la notoriedad y la teatralidad sustituyen la deliberación democrática.

La comunicación tradicional, que ha convertido el conflicto y el sensacionalismo en estrategias de rating.

La comunicación digital, donde la viralidad opera como nueva forma de legitimidad y control social.

El deporte mercantilizado, que exalta la ostentación por encima del esfuerzo disciplinado y colaborativo.

La industria del entretenimiento, que fabrica celebridades sin causa mediante reality shows y formatos de exposición extrema.

La sociedad del siglo XXI produce héroes inorgánicos

Lo que está a la vista no necesita espejuelos. La sociedad contemporánea fomenta y facilita la creación de supuestos héroes inorgánicos, mientras limita el surgimiento de héroes visionarios con competencias y coraje para generar procesos de desarrollo centrados en el ser humano. El protagonismo de estos nuevos héroes no es un fenómeno superficial: es estructural. Responde a transformaciones profundas en la cultura, la economía, la identidad y la vida social.

Zygmunt Bauman (2013) describe la modernidad actual como “líquida”: inestable, acelerada y sin estructuras sólidas. En este contexto, los héroes tradicionales —estables, éticos, coherentes— pierden atractivo frente a figuras flexibles, cambiantes y adaptadas al consumo rápido. En la misma línea, Guy Debord (1994) advirtió que en la sociedad contemporánea “todo lo que era vivido directamente se ha convertido en representación”.

Por su parte, Eva Illouz (2007) sostiene que las emociones se han convertido en mercancías. Los héroes inorgánicos venden emociones rápidas: indignación, deseo, euforia, morbo. Su valor depende de su capacidad de generar reacciones, no de su aporte ético. Como se observa, es lógico concluir que estos héroes existen para ser vistos, no para ser imitados.

Consecuencias sociales de los héroes ficticios e inorgánicos

La influencia —a veces solapada, a veces deliberada— de los héroes inorgánicos provoca efectos profundos y estructurales, entre ellos:

Normalización de la superficialidad como criterio de valor.

Crisis de aspiraciones, donde la fama sustituye al esfuerzo.

Debilitamiento de la ética pública y de la responsabilidad social.

Fragmentación social y aumento de la agresividad digital.

Vulnerabilidad ante la manipulación, la desinformación y el populismo.

Desplazamiento de los héroes orgánicos, invisibilizados por el ruido mediático.

Deterioro del capital cultural, que afecta la creatividad, la lectura y la ciudadanía activa.

Erosión del sentido de comunidad, reemplazado por microtribus digitales.

Desvalorización del conocimiento, sustituido por opiniones virales.

Mientras los héroes inorgánicos dominan las tendencias, los verdaderos héroes —aquellos que han impulsado cambios significativos— quedan relegados. Son héroes orgánicos, nacidos de la coherencia, la ciencia, la solidaridad y el compromiso con causas humanas nobles.

Héroes dominicanos que sí merecen protagonismo

A pesar de los esfuerzos mediáticos de quienes buscan convertirse en héroes ante audiencias sin capacidad crítica para distinguir entre lo valioso y lo trivial, la República Dominicana ha producido héroes auténticos, que en todo momento, lugar y circunstancia predicaron con el ejemplo:

Juan Pablo Duarte, arquitecto moral de la nación.

Francisco del Rosario Sánchez, símbolo de valentía y soberanía.

Ramón Matías Mella, estratega decisivo de la independencia.

Las Hermanas Mirabal, íconos universales de la resistencia contra la tiranía.

Salomé Ureña, pionera de la educación y la formación cívica.

María Trinidad Sánchez, heroína cuyo sacrificio cimentó la libertad dominicana.

Francisco Alberto Caamaño Deñó, líder de la Revolución de Abril de 1965 y defensor de la soberanía popular.

Gregorio Luperón, conductor de la Guerra de la Restauración y promotor de un proyecto de nación basado en la dignidad y la soberanía.

Juana Saltitopa, figura emblemática de la Batalla del 30 de Marzo, cuya valentía desafió los estereotipos de género.

Estas y otras figuras se consideran héroes porque pusieron el bienestar colectivo por encima de su seguridad personal. Defendieron la libertad, la soberanía, la democracia y la dignidad humana en momentos decisivos de la historia dominicana. Cada uno actuó como agente de transformación social, no como protagonista de sí mismo.

El siglo XXI necesita héroes, pero no los que imponen los algoritmos

La sociología contemporánea ha desmontado la idea del “héroe individual” y la ha reemplazado por figuras colectivas, éticas y transformadoras. No se trata del héroe mítico que salva al mundo, sino del héroe social: aquel que encarna valores y principios que sostienen la vida en común.

Pensadores como Durkheim, Weber, Bauman, Touraine, Beck y Castells coinciden en que la sociedad actual requiere cuatro grandes tipos de héroes sociales:

Héroes de la responsabilidad colectiva.

Héroes de la verdad y la lucidez crítica.

Héroes de la cooperación y el tejido social.

Héroes de la sostenibilidad y el futuro.

En el caso dominicano, los desafíos —desigualdad, clientelismo, desinformación, debilidad institucional, corrupción normalizada, violencia simbólica y ambiental— exigen héroes muy específicos: héroes de la integridad pública, de la democracia cotidiana, de la alfabetización informacional, del tejido social y la inclusión, así como héroes con visión de futuro.

En pocas palabras, la República Dominicana necesita héroes auténticos, orgánicos, empáticos, íntegros, éticos y honestos, con la voluntad, la determinación y el coraje necesarios para construir un país más inclusivo, democrático, institucional y justo, capaz de erradicar para siempre la desigualdad y la pobreza.

Sobre el autor
J. Luis Rojas

J. Luis Rojas

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