La competitividad
JOSÉ LOIS MALKUN
Benitín y Eneas son dos personajes de una famosa tira cómica que tiene mas de 100 años publicándose en muchos diarios alrededor del mundo. Es un icono.
Se trata de dos personajes que no pueden vivir el uno sin el otro. Uno es alto y flaco y el otro pequeñito y medio gordo.
Este ultimo, solterón y mujeriego, siempre se la busca para engañar al prójimo con tal de no cumplir sus obligaciones. Eneas, por su parte, a veces muestra ingenuidad y otras veces complicidad para ayudar a su amigo Benitín. Ambos son como una moneda de dos caras y se cotizan caras.
El Estado y las empresas deben tener un gran parecido con estos personajes. Ambos deben mostrar una verdadera cohesión para promover la competitividad, independientemente de los defectos y debilidades que cada uno de ellos muestre en su comportamiento. Porque definitivamente, las empresas, como Benitín, son traviesas y poco responsables y el Estado, con su complicidad, no contribuye a mejorar ese comportamiento.
Pero no hay forma posible de avanzar en esta materia sin que estas dos instancias trabajen juntas.
Sin que se conviertan en dos caras de una misma moneda, pero con valor de mercado.
Una vez dejado esto en claro surge la siguiente pregunta ¿queremos promover una competitividad artificial o real?.
La primera, que parece ser la que más se nos parece, sustenta su desarrollo en lo siguiente:
a) Tipo de cambio b) Mano de obra barata c) Cercanía a los EE.UU.
d) Tratado de Libre Comercio e) Recursos naturales abundantes.
La segunda, se sustenta en:
a) Mano de obra calificada
b) Logística
c) Estructura arancelaria
d) Innovación y desarrollo tecnológico e) Solidez democrática
Nuestro modelo de competitividad, si es que tenemos un modelo consensuado, de lo que no estoy seguro, descansa en un en enfoque artificial porque no incentiva la innovación, la creatividad y el desarrollo tecnológico.
Todo se sustenta en subsidios, mano de obra barata o en algunos recursos naturales abundantes.
Pero a esto debemos añadir otras grandes deficiencias que tenemos como país. Por ejemplo, la fuerte debilidad institucional, la corrupción, la fragilidad democrática y la crisis energética, factores que harían imposible en el corto y mediano plazo pasar de una competitividad artificial a una real. Otras desventajas son el actual nivel de deuda respecto al PIB y los subsidios al gas y la electricidad, que nos convierten en un país de alto riesgo y que obligará al Gobierno a nuevas reformas fiscales que elevaran los impuestos y los costos.
O sea, mientras no se produzcan cambios trascendentales en la política económica, en la organización del Estado, en la educación y formación de recursos humanos, en los servicios públicos y en la capacidad tecnológica para innovar, no hay ninguna posibilidad de que seamos un país competitivo para insertarnos en los mercados internacionales. Y eso nos pone en grandes desventaja cuando entre en vigencia el TLC.
Eso no quiere decir que algunas actividades o empresas no hayan logrado buenos niveles de eficiencia que la hacen competitiva.
Por ejemplo, la producción de ciertos rubros agropecuarios que aprovechan la disponibilidad de recursos naturales abundantes, la mano de obra barata, especialmente haitiana, que no dependen mucho del servicio eléctrico y que obvian la estructura impositiva, han logrado insertarse con éxito en los mercados internacionales. También hemos logrado un buen posicionamiento en el turismo, que aunque adolece de muchísimas deficiencias, visualizaron su independencia energética y obtuvieron atractivos incentivos fiscales y logísticos.
Pero aún en este escenario micro, la mayoría de las empresas dominicanas, grandes y medianas, no han pasado aún el nivel 2 de la escala de competitividad, donde el 10 es el máximo.
Son empresas familiares, que no creen en los cambios, que no creen en el liderazgo y la eficiencia gerencial, que manejan mal sus inventarios, que no poseen logística, que desdeñan el conocimiento del mercado y la competencia, que penalizan la capacidad de los recursos humanos y que se distancian cada vez más de los avances tecnológicos.
Por su lado, las pequeñas y microempresas, están sujetas a una estructura de financiamiento que la hacen infuncional.
En definitiva, si el país no modifica los parámetros vigentes que enmarcan el entorno artificial en que sustenta su enfoque sobre la competitividad, para movernos a una competitividad real, estaremos continuamente perdiendo terreno con otros países, lo que traerá como consecuencia la caída en la inversión y la pérdida de empleos.
La pregunta es ¿qué podemos hacer como país para revertir esta tendencia? ¿Cuál es la mejor opción para optar por una competitividad real? Primero, lo que hacen Benitín y Eneas.
Si se logra convertir la relación empresa y Estado en dos caras de una misma moneda, con valor real, estaremos comenzando con buen pie. El resto del camino es largo, difícil y complejo.
Pero llegar a la meta en un tren sobre rieles es mucho más rápido y menos doloroso que hacerlo a pie y por malos caminos. Mientras no logremos esa cohesión olvidémonos de la competitividad.