La Isabela ¿patrimonio mundial?
JOSÉ G. GUERRERO
La Isabela, en la costa norte de la República Dominicana, fue la primera villa fundada por Colón en el Nuevo Mundo. A finales del 1493 o inicios de 1494, Colón desembarcó con la población, ordenanzas y aperos necesarios para iniciar el poblamiento, conquista y colonización de América. La villa tiene primicias únicas a nivel mundial: aparte de su propia fundación, los primeros establecimientos de piedra y de madera, la primera misa, los primeros animales domésticos, el primer ayuntamiento, las primeras mujeres sin permiso oficial, la primera incursión interna, los primeros conflictos entre españoles y el primer intercambio alimentario indo-hispánico. Desde 1496 empezó a despoblarse por la movilización de los pobladores hacia poblados indígenas, fuertes interiores y, especialmente, la ciudad de Santo Domingo, levantada en la margen oriental del río Ozama.
La historia de La Isabela se ha reconstruido por dos fuentes: la Historia o Crónicas y la Arqueología. En la primera están Colón, Chanca, Cúneo, Scilacio, Las Casas, Oviedo y otros. En la segunda, dos excavaciones básicas: Museo del Hombre Dominicano – Guerrero, Luna y Ortega- en 1983-86 y la Universidad de La Florida -Deagan y Cruxent- en 1994-1998. Actualmente, existe un convenio entre el Museo del Hombre Dominicano y la Universidad de Indiana para excavaciones en los sitios prehispánicos.
Quien escribe ha realizado numerosas publicaciones en boletines nacionales e internacionales sobre La Isabela e inclusive la presentó en Martinica en la conferencia internacional de la UNESCO sobre Identificación de sitios arqueológicos del Caribe para una nominación al patrimonio mundial (20-23 de septiembre 2004). Dicha propuesta fue llevada -junto a otras dos de Gabriel Atiles y Glenys Tavárez sobre las villas colombinas y ovandinas y los principales yacimientos arqueológicos precolombinos- a la Conferencia Mundial de Patrimonio celebrada por la UNESCO en Sudáfrica en el 2005.
Me consta de que las actuales autoridades de las Secretarías de Estado de Cultura, Turísmo y Medio Ambiente realizan ingentes esfuerzos para la presentación protocolar del sitio ante la UNESCO a fin de que se oficialice lo que el país y mundo entero reclama: declarar patrimonio mundial a La Isabela. Será ésta una oportunidad sin precedente para elaborar y ejecutar un plan de revalorización que incluya componentes históricos, antropológicos, arqueológicos, turísticos, ecológicos, gestión cultural y comunitaria y desarrollo municipal.
Recientemente (3-7-2006, p.12), el periódico Hoy publicó un reportaje sobre La Isabela de Anselmo Silverio titulado Casi desaparecen primeras edificaciones colombinas. A pesar de que la intención es loable -llamar la atención ante el contraste de la importancia del sitio y su estado de abandono-, el reportaje amerita algunas precisiones.
Dice que todas las edificaciones están destruidas. En verdad están en tal condición desde época no reciente. Entre los eventos destructivos sólo se menciona el de la época de Trujillo hacia el 1944 y supone que los trabajos arqueológicos debían reconstruir la villa tal como fue. En verdad, la villa está en ruinas desde 1496 cuando su alcalde Francisco Jiménez Roldán se levantó y pegó fuego a las mismas y, posteriormente, sus piedras de sillería se usaron como lastre de barcos y material de construcción de otras villas, una de las cuales llevó el padre Las Casas al convento San Pedro Mártir de Puerto Plata. Durante la última intervención, se consolidaron muros visibles a la altura y condición actuales, aunque dicho sea de paso, se completaron algunas estructuras al margen de las cartas de Venecia y de Atenas sobre conservación y restauración de monumentos. Es polémico todo trabajo que pretende reconstruir una edificación histórica tal como fue originalmente, sobre todo si no cuenta con evidencias arquitectónicas.
Sobre el escabroso cementerio indígena con tumbas sobre la tierra y la pérdida de la ubicación de los muertos y parte de sus valores históricos. En el cementerio de la villa, reportado por quien escribe junto a Luna Calderón, se localizaron osamentas de españoles, mujeres blancas sin permiso oficial y aborígenes. Algunos restos fueron trasladados al Museo del Hombre Dominicano y otros permanecen en la villa para fines de nuevas investigaciones. Las cruces nada tienen que ver con el sitio original -fueron colocadas hacia 1994- por lo que deben ser eliminadas porque confunden a visitantes y turistas. En cuanto a las tejas esparcidas al lado del cementerio no tienen por qué estar ahí y sobre la desaparición de piezas indígenas y mitológicas habría que realizar un diagnóstico al respecto y establecer responsabilidades, aunque los restos excavados están depositados en un almacén contiguo al Museo.
El esqueleto que yace in situ al cual hace alusión el reportaje -no muerto ni cadáver- es de un español de la época que murió, no por malaria sino posiblemente por una fiebre suína trasmitida por los cerdos como han planteado diversos investigadores nacionales y extranjeros. Un tercio de la población enfermó y murió antes de los tres meses del emplazamiento. Entre los factores de este cuadro mortífero se mencionan, aparte de enfermedades por virus o bacterias, la falta de alimentación y las condiciones de trabajo -levantamiento de edificaciones, traslado de aperos y la construcción de huertas, molinos, calles, caminos y defensa o albarrada. Hay que agregar la violencia o conflicto social, pues un esqueleto encontrado de cúbito vental con huesos de la mano en el dorso los asociamos a Gaspar Ferriz, un aragonés ahorcado por Colón en 1494. Luna Calderón pensó que los esqueletos podrían haber sido depositados por indígenas al tener asociados caracoles, pero no se sabe si eran ofrendas o restos del montículo donde fueron enterrados que era un antiguo yacimiento arqueológico.
Que se sepa, Colón no construyó ninguna cárcel en La Isabela, aunque pudo utilizar alguna edificación para tal fin. Sólo se describen: casa, iglesia, fuerte, alhóndiga y hospital, así como 300 bohíos de madera y paja para la población española. La Isabela fue levantada durante el Segundo Viaje, no en el cuarto como afirma el reportaje, ya que en éste a Colón se le prohibió oficialmente visitar la Isla. Tampoco llamó Colón a La Isabela tierra maldita. Todo lo contrario, afirmó que era el mejor de los asientos, a pesar de las críticas de sus enemigos, por lo menos es el más cercano al oro del Cibao, del cual está derecho al mediodía como dijo Mártir de Anglería.
Caonabo no atacó el fuerte de La Navidad por la muerte de su esposa Anacaona. Lo hizo porque los españoles abusaron de las indias y porque, al parecer, era de otra etnia diferente a la del cacique taíno Guacanagarix que estableció alianza con los españoles. Los Cronistas afirmaron que Caonabo era extranjero -lacayo o caribe- y es posible que fuera de la etnia macoríx o ciguaya emparentada con los caribes. Anacaona, hermana del cacique de Xaragua, Bohechío, murió ahorcada por Ovando hacia 1504 ó 1505.
La sífilis y otras venéreas existían en Europa, las cuales junto al mal de bubas y la sífilis precolombinas produjo una epidemia en Europa al regreso de Colón llamada mal español, mal francés o mal italiano que fue combatida sólo en el siglo XX. Pero realmente no se tiene prueba arqueológica de que casi todos los españoles que vinieron con Colón tenían sífilis y venéreas.
Finalmente, es posible que los turistas han perdido el interés de conocer este antiguo poblado, pero no tanto por su abandono -en realidad lo único que se puede ver en La Isabela son las ruinas, el Museo, la comunidad y el medio ambiente circundante-, sino por falta de un programa que promocione el lugar -con determinados apoyos y servicios- para turistas, escolares y público dominicano en general. Es cierto que el puente entre Villa Isabela y El Castillo, donde está el yacimiento, ha afectado su puesta en valor.
Cambiar la situación de La Isabela y lograr su declaración como patrimonio mundial implica voluntad política y coordinación interinstitucional. Res, non verba.