¿Les digo Algo?

Nexcy D´León
La persecución de mujeres embarazadas, niños y adultos haitianos debe ser firmemente rechazada por toda persona consciente y con sentido de justicia. Quienes comprenden la historia y la realidad saben que muchos de esos desplazamientos forzados son consecuencia directa de la pobreza, la desigualdad y la expoliación sistemática de los recursos de los países del llamado tercer mundo, entre los cuales también se encuentra la República Dominicana.
¿Cómo deberíamos llamar a la práctica de interceptar a mujeres haitianas embarazadas en hospitales? ¿Qué nombre merece la irrupción de brigadas de Migración en espacios donde hay ciudadanos haitianos, muchas veces sin distinción ni criterio?
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Corresponde al gobierno, a sus autoridades y a quienes respaldan estas prácticas buscar los términos con los que quieran justificar o maquillar acciones que, en el fondo, constituyen una negación de los derechos humanos y una afrenta al respeto básico que merece cualquier ser humano, sin importar su origen.
Tal vez algunos sectores conservadores en República Dominicana sientan que con esto se alinean finalmente con una parte del mundo desarrollado, al permitir aquí las mismas prácticas inhumanas que han sido ampliamente criticadas en la gestión de Donald Trump en Estados Unidos o en ciertos gobiernos europeos.
Sin embargo, lo que vemos es una constante: en muchas de esas naciones, a los grupos de origen diverso, a quienes ya forman parte de su tejido social, se les niegan sistemáticamente los mismos derechos que a los ciudadanos nacionales. No se trata de un fenómeno aislado: es el reflejo de una estructura global de exclusión.
En el siglo pasado, tanto Norteamérica como Europa diseñaron políticas públicas que promovían la inmigración: necesitaban mano de obra barata y talento profesional para sostener su desarrollo económico. Esa estrategia, basada en la extracción y el aprovechamiento de recursos humanos del Sur Global, terminó generando tensiones que hoy pretenden resolver mediante el rechazo, el muro y la expulsión.
Pero la historia enseña que ningún muro, por alto que sea, puede detener el reclamo de dignidad.