¿Les digo algo?

Nexcy D´León
El Jardín Botánico Nacional es un parque santuario. Un refugio de biodiversidad, paz y equilibrio en medio del caos urbano. Sus árboles respiran por todos nosotros. Sus senderos no solo conducen pasos: curan ansiedades, enseñan ciencia, siembran conciencia. Allí va la gente a caminar, a ejercitarse, a reconciliarse con la vida. En una ciudad cada vez más desbordada de concreto, los jardines botánicos y áreas verdes como los Miradores Norte y Sur, Los Tres Ojos, los humedales y parques ecológicos son vitales para el clima, la salud pública, la biodiversidad, la recreación y el alma colectiva. No son lujos. Son pulmones. Son reservas morales y ecológicas. Tocar uno de estos espacios para abrir calles o «resolver» el tráfico es mutilar el futuro. No se puede sacrificar lo permanente por lo urgente. No se resuelven los problemas urbanos destruyendo lo que nos humaniza. Por ahí no. La Constitución, las leyes ambientales y el sentido común lo prohíben. Pero más allá de lo legal, está lo esencial: proteger estos espacios es una vocación ciudadana. Es la expresión más pura del bien común.
El Jardín Botánico Dr. Rafael M. Moscoso no se toca. Ni un metro. Ni una rama. Ni una hoja. Y tampoco deben tocarse los Miradores, ni los humedales, ni Los Tres Ojos. Ninguna solución urbana puede pasar por encima de la vida.
Desde aquí lo decimos con firmeza: los santuarios verdes se respetan, veneran y defienden.
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