Guardianes de la verdad Opinión

Dedicatoria

Para Margarita Cordero

El 8 de marzo, mientras el presidente Luis Abinader junto a la ministra Gloria Reyes le imponía la Medalla al Mérito de la Mujer Dominicana, dejé de escribir.

Margarita Cordero

Margarita Cordero

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Querida maestra Margarita:

El 8 de marzo, mientras el presidente Luis Abinader junto a la ministra Gloria Reyes le imponía la Medalla al Mérito de la Mujer Dominicana, dejé de escribir. No porque no quisiera, sino porque las manos me temblaban de emoción. Usted, que ha preguntado lo que otros callan y ha nombrado lo que el poder prefiere ocultar, recibía por fin un reconocimiento simbólico trascendental.

Hoy le escribo porque le debo una confesión que llevo años guardando.

Yo era estudiante de periodismo cuando la llamé al periódico El Siglo. No recuerdo el año exacto —la memoria a veces se porta mal con las fechas—, pero siempre quedó en mí la sensación del corazón latiendo en las sienes, la voz que me salía finita de los nervios. Quería hacerle unas preguntas para un trabajo de la universidad, pero en el fondo quería saber si esto del periodismo era para mí, si una muchacha con más preguntas que respuestas podía dedicarse a este oficio sin morirse de miedo.

Usted me atendió. No me mandó a hablar con la secretaria, no me dijo que estaba ocupada. Me escuchó y me respondió con esa claridad que le ha caracterizado y con la cual ha expresado el acontecer nacional. No recuerdo cada palabra —sería mentirle—, pero recuerdo la sensación exacta al colgar: certeza. Una certeza caliente, como de café recién hecho, que me llenó el pecho y me dijo que el periodismo es lo mío. Y aquí estoy.

Mientras leía la crónica publicada sobre su trayectoria —ese mapa del periodismo dominicano de las últimas cinco décadas que usted dibujó con su vida—, pensaba en cuántas mujeres como yo habrán llamado a la Revista Ahora, a Radio Cristal, a Rumbo, y habrán encontrado del otro lado no a una estrella inalcanzable sino a una colega generosa que entendía que el periodismo se enseña también a las nuevas generaciones.

Lo cierto es que la hace distinta —lo que la convierte en Margarita Cordero— es que fue parte del equipo de Quehaceres, la publicación del Centro de Investigación para la Acción Femenina (CIPAF), esa organización feminista que Magaly Pineda fundó en 1979. Quehaceres no era una revista más: era trinchera. Yo esperaba cada edición. Y usted estaba ahí, en la primera línea, cuando hablar de feminismo era motivo de burla, cuando denunciar feminicidios era considerado "exageración" y cuando organizar a los trabajadores de prensa —usted, miembro fundador del Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales— era un acto de valentía política.

Pienso en eso y pienso en la estudiante que era, y entiendo algo que entonces no podía entender: usted no solo me estaba respondiendo unas preguntas. Me estaba mostrando, sin saberlo, que el periodismo y el feminismo no son caminos separados. Que no puede haber periodismo libre en una sociedad que somete a la mitad de su población. Que la ética profesional y el compromiso con las mujeres no son adornos del currículum sino razones de vida.

Cuando en 2015 recibió el Premio Nacional de Periodismo —apenas la segunda mujer en obtener ese galardón en toda la historia dominicana—, se resaltó que sus más de 30 años de trayectoria eran "una escuela, un ejemplo a emular por jóvenes y menos jóvenes". Se quedó corto. Usted no es solo una escuela: es acción más allá del discurso. Porque aquel día usó el estrado para decir lo que nadie quería oír: "El periodismo dominicano tiene un déficit profesional y ético, nos hemos acostumbrado al periodismo sin información". Eso es usted, Margarita: la que no se calla y dice verdades atadas a los datos y a la observación nacional.

En 2019 publicó Nosotras, las de entonces, memoria personal y crónica generacional de las mujeres que crecieron entre la dictadura trujillista y la efervescencia de los años 60 y 70. Una de mis lecturas favoritas. Allí nos regala las vidas de quienes pusieron el cuerpo en la lucha por la democracia y, al mismo tiempo, tuvieron que pelear dentro de sus propios movimientos para que la causa de las mujeres no fuera relegada a un segundo plano.

He aprendido que la construcción de genealogías de las mujeres desde medios propios y el reconocimiento de su rol como "sujetos históricos" es un legado para quienes nos continuarán. Usted es una de esas pioneras. Y esta carta es mi manera de construir esa genealogía: la línea que va de su voz en el teléfono de El Siglo hasta el ahora. Una línea que no es recta —ninguna vida de mujer lo es—, pero que existe porque usted existió primero. Y en nuestro caso, porque marcó el devenir del periodismo feminista.

La Medalla al Mérito que recibió el 8 de marzo lleva el peso de todas las mujeres que lucharon antes y de todas las que seguirán luchando después. Pero también pesa, y mucho, aquella tarde en que una periodista consagrada le contestó el teléfono a una estudiante desconocida y, sin saberlo, le cambió la vida. Gracias, maestra Margarita. El periodismo dominicano le adeuda tantas enseñanzas.

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ELVIRA LORA

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