Palacio Nacional
Presidente Luis Abinader
El mayor riesgo no es solo la existencia de ese perro Prieto, sino el espacio que se le ha permitido ocupar.

Luis Abinader
En los pasillos del Palacio Nacional hay un perro negro. No ladra siempre, pero su presencia pesa.
Se desliza entre oficinas, escucha más de lo que habla y actúa sin dejar firmas. El hombre no firma.
Nadie lo nombra en voz alta, pero todos entienden de quién se trata.
Ese perro negro no fue elegido en las urnas. No encabeza boletas ni rinde cuentas ante el electorado. Sin embargo, ejerce un poder real, constante y, sobre todo, dañino. Un poder que no construye, sino que selecciona; que no integra, sino que excluye; que no fortalece, sino que erosiona.
Su lógica es simple y peligrosa: todo el que no sume a su proyecto, resta. Y al que resta, se le castiga.
No es una percepción aislada. Es un patrón. Un sistema que, con el tiempo, ha ido perfeccionando mecanismos de control y disciplina interna que poco tienen que ver con la democracia partidaria. Entre ellos, los más visibles (y comentados en voz baja) son los asesinatos reputacionales: campañas silenciosas para destruir prestigios, sembrar dudas y debilitar figuras que podrían competir o disentir.
A eso se suma un veto implícito, pero efectivo, en el acceso a recursos públicos. Funcionarios y dirigentes que no se alinean ven cómo sus proyectos se estancan, cómo sus iniciativas pierden prioridad o simplemente desaparecen en el laberinto burocrático. No es casualidad; es método.
También está la ruptura forzada de alianzas clave. Pactos que se rompen sin explicación o que se sostienen bajo condiciones de presión. En algunos casos, se imponen alianzas no por convicción, sino como moneda de cambio para garantizar estabilidad personal o supervivencia política. La lealtad deja de ser un valor y pasa a ser una obligación condicionada.
En ese mismo esquema encajan la congelación o el retraso de decisiones administrativas. Decretos que no avanzan, nombramientos que se detienen, medidas que se posponen cuando benefician a quienes no forman parte del círculo. El tiempo, en este caso, se convierte en herramienta de castigo… Pero repito, el hombre no firma.
Y, como cierre del cerco, la exclusión. Figuras políticas que, por su posición o trayectoria, deberían estar presentes en espacios clave, son dejadas fuera. No por error, sino por diseño. Se les borra del escenario para reducir su visibilidad y, con ello, su capacidad de incidencia.
Y aunque hablo del pasillo del palacio, todo esto repercute dentro del Partido Revolucionario Moderno, generando un malestar que ya no es subterráneo. La tensión crece, se acumula y espera. Porque quienes hoy callan, no necesariamente aceptan. Y en política, las facturas internas siempre se cobran, aunque tarden.
El mayor riesgo no es solo la existencia de ese perro Prieto, sino el espacio que se le ha permitido ocupar. Cuando las prácticas destructivas se normalizan, el daño trasciende a los individuos y alcanza al proyecto completo.
Si este patrón se mantiene, las consecuencias serán inevitables: fractura interna, debilitamiento de la gestión en su tramo final, pérdida de credibilidad ante la ciudadanía y un costo electoral que podría redefinir el futuro del oficialismo. No por falta de logros, sino por exceso de conflictos mal gestionados.
El perro negro no gobierna, pero condiciona. No decide en público, pero influye en privado. Y cuando ese tipo de poder se vuelve habitual, deja de ser una sombra… para convertirse en una amenaza real.
Señor presidente, el silencio frente a lo dañino también construye el problema, no hay proyecto político que sobreviva a la arbitrariedad organizada.