Llamado de atención
Cuando la regla es para dar reglazos

Retrato
En el siglo 19 se empezó a usar en las escuelas una pieza de madera a la que llamaban de unas 12 pulgadas que, aunque era un instrumento para aprender a medir; los maestros mayormente lo utilizaban para el poner orden en el salón de clases. A menudo un alumno era merecedor de 10 o de 20 reglazos, según la falta cometida.
Tal vez eso tenga finalmente algo que ver con la fobia que los estudiantes suelen tener respecto de los números y a las matemáticas.
Luego de años de reglazos aprendíamos a entender que las reglas eran buenas y convenientes. Porque, afortunadamente, también había “reglas de juego; y que era bueno para todos respetarlas.
Fue maravilloso, por ejemplo, ejercer la regla de que un grande no podía pegarle a uno más pequeño (que casi siempre era yo).
Todos llegábamos a entender que respetar las reglas era mucho más conveniente que interviniera el maestro con su secuela de reglazos.
A aceptarlas contribuyó mucho la correa de piel que solía llevar papá en su cinto, pero también lo que mamá nos decía acerca de que a papá Dios no le gustaba, y que el diablo jugaba sucio cuando desobedecíamos a nuestros mayores.
Gracias a las reglas pudimos jugar pelota en cualquier patio, siempre que lográramos ponernos de acuerdo sobre cómo usar el pequeño espacio y con la peleona y anciana vecina.
Con el tiempo fue conveniente aceptar las reglas de los diversos grupos a que nos asociábamos. Y era ventajoso poder predecir el futuro, cualquiera que este fuera, siempre que aceptáramos y nos acostumbráramos a las reglas, de la universidad, de las muchachas de familia y de cualquier grupo o país donde fuéremos.
Logramos sentirnos seguros en cualquier grupo y situación donde las reglas estaban claras y se podía predecir lo que iba a ocurrir. Aprendimos a “predecir el futuro”. Y a incorporar esas predicciones en nuestros planes, con altos coeficientes de probabilidad y niveles de confianza.
Las reglas siempre han sido imprescindibles para organizar las conductas familiares y de grupos de toda especie. Incluidas las clases sociales, todo tipo de agrupaciones, grandes países, continentes, y todo el globo terráqueo.
Todo el planeta, las especies microscópicas, los vegetales y los animales funcionan en base a reglas o regularidades. Y toda relación humana entre individuos o países, se basa en la predictibilidad de las conductas del otro, o de los otros.
Cuando alguien rompe las reglas, con razón o sin ella, tus vecinos, tus hijos y tu mujer se preocupan y suelen asustarse. Aunque ese “alguien” tenga razones o motivos.
Lo de tener razón es un proceso posterior, que requiere análisis, entendimiento elaborado. Y aceptación y racionalización.
Luego de la violación o de la improvisación y lo no previsto, vienen las conjeturas, las incomprensiones y muchas conductas asociadas con la incredulidad, lo imprevisible y el temor.
Y hay mucha ansiedad hasta que se entienden y se aceptan las nuevas realidades, particularmente cuando hay gente poderosa violándolas o reinventándolas. Siempre tratando de evitar reglazos.