Sorprendente Joaquín Balaguer
RAFAEL TOMÁS HERNÁNDEZ RAMOS
Tras aclarar que no fue seguidor de Balaguer y que tampoco se considera Balaguerólogo, el profesor J. R. Albaine Pons, en un interesante artículo publicado en el periódico Clave Digital, titulado Balaguer y Darwin, hace el siguiente comentario: Balaguer expresa un claro apoyo a las ideas de la evolución biológica Darwinista y muestra claramente las bases de esa teoría; tema del que dudo haya escrito otro político dominicano de su misma estatura.
Y termina su artículo diciendo: Ah… Joaquín Balaguer… que aún no deja de sorprendernos! No había leído el libro, pero la curiosidad me hizo buscarlo y leerlo. También quedé sorprendido, atrapado en su lectura por la cantidad de información sobre hechos históricos y anécdotas de personajes importantes de la historia inglesa, que lo hacen realmente agradable de leer. Se publicó en el año 2000, cuando el doctor Balaguer tenía 94 años. Ese libro, así como España Infinita y Grecia Eterna fueron escritos para las nuevas generaciones.
El peso que tuvo la vida política del doctor Balaguer y el largo tiempo de su desempeño como presidente del país, hace que se le recuerde con opiniones apasionadas a favor o en contra, que desdibujan la personalidad fuera de serie de este hombre genial.
Sorprende la forma como que se sometió a un régimen de trabajo, que no le dejaba espacio, libertad o albedrío, subordinando su pasión por la lectura y su interés cultural, para acogerse a un trabajo agobiante. Se impuso obligaciones que dejaban exhaustos a sus colaboradores y daba muestras de saber administrar su energía, que parecía inagotable sin dar señales de incomodidad o cansancio, siempre obrando con una serenidad y una lucidez asombrosa.
En cierta oportunidad, había una fuerte diferencia entre dos altos funcionarios (director de CORDE y administrador del Banco de Reservas), que se comentaba públicamente; el país esperaba la opinión del doctor Balaguer en ese caso, yo estaba en su despacho, a las once de la noche acompañado de José Miguel Mondesí h., cuando le oímos decir: – Todos quieren que yo diga algo sobre este tema y mi respuesta es ésta…- y dando algunas palmadas en el escritorio: -…yo doy mi ejemplo aquí…, trabajando por el país.
Aquello, dicho sin jactancia, pero con palabras sentidas, que me impresionaron profundamente.
Tuve el honor de trabajar cercanamente con el presidente Balaguer durante todo el tiempo de sus mandatos presidenciales y como le conocía desde antes (1956) pudimos desarrollar una amistad que perduró siempre.
El nivel de cordialidad que existió durante esa relación que duró por casi cincuenta años, me lo daba un excelente amigo, quien tenía acceso directo al despacho presidencial. Esperaba que concluyera nuestra entrevista para entrar comentando luego; Hago esto porque ustedes (Hernández y Mondesí) siempre dejan al presidente de buen talante.
Veíamos al presidente entre las ocho, y las once de la noche, todavía me sorprende que a esas horas lucía fresco y despejado. Era sumamente cortés en su trato. Se levantaba para dar la mano, al saludar o para despedirse, casi siempre cortaba los comentarios que pudieran contener elogios hacia su persona o su trabajo, para entrar de lleno en el reporte de las actividades en que estábamos involucrados.
¿Se irritaba Balaguer alguna vez?… muchas veces. Lo irritaban las solicitudes extravagantes, los gastos improcedentes, las personas cercanas a él que lo defraudaban.
Pero tenía un dominio extraordinario de su carácter, que le permitía recobrar la compostura serena, con rapidez.
Pero donde Joaquín Balaguer puede darnos el ejemplo más señero, era en su moderación y austeridad, nada parecía importarle mucho.
En una oportunidad, yo tenía que viajar a Nueva York, y al despedirme le pregunté que si se le ofrecía algo, de esa ciudad. Me contestó: -No gracias, no necesito nada. Pero cuando iba a salir me llamó diciendo: -Si usted tiene tiempo, tráigame unas navajitas de afeitar. Y al decirme esto empezó a sacar diez pesos del bolsillo interior de su saco.
Lo detuve diciéndole: -¡Ese es el colmo que usted pretenda quitarme el gusto de hacerle esa diligencia!…
Nos reímos de buena gana.
Hablando de Balaguer alguien me dijo: -Venga acá… evidentemente usted es amigo de Balaguer, pero… usted cree que él es amigo suyo?, -Francamente…- contesté: -nunca me había hecho esta pregunta. Pero puedo contestar: absolutamente, sí lo fue. No pasan en vano, más de cincuenta años de relación complementaria; llena de respeto, y admiración por mi parte, sin que se produzcan vínculos amistosos.
Ahora, siempre tuve claro que ese amigo entrañable anteponía a su salud, a su vida y a sus amistades; su compromiso de servir los sagrados intereses de las grandes mayorías necesitadas del país, así que una amistad larga y correspondida sólo podía producirse, guardando esos límites. Esa era una condición innegociable.
La última vez que hablé con él, unas semanas antes de morir, a pesar de las incomodidades que estaba sufriendo me saludó con mi misma cordialidad de siempre diciendo:
-¿Cómo están las cosas?… Y usted y su familia?… y los parques?… Y yo le dije: -…son otros tiempos Señor Presidente, pero usted y su agenda están ahí, en sus obras, que se hacen y se rehacen avivando la fe que usted puso cuando las realizó.