Platón: La imaginación y el mundo de las ideas

Platón: La imaginación y el mundo de las ideas

Platón

Les propongo reflexionar brevemente sobre algunos conceptos de la “imaginación” tal como surgieron por primera vez en las tradiciones griega y bíblica y luego evolucionaron a través de los períodos medieval, moderno y posmoderno de nuestra historia cultural. Veámosla desde dos puntos de vista: primero, la “imaginación” vista como la facultad de representación que reproduce imágenes de alguna realidad preexistente; y segundo, como la que produce imágenes que a menudo reclaman un estatus original por derecho propio, pero sobre todo sobre el mundo de los ideas de Platón.

Los filósofos pre modernos Platón y Aristóteles como pensadores fundacionales representantes del paradigma pre moderno occidental son ideales para nuestro tema; sin embargo, nos concentraremos en Platón. Este filósofo ateniense, autor de múltiples libros (prosista), mitos y teorías filosóficas, idealista, soñador y fundador de la academia es considerado uno de los más importantes pensadores de Occidente. Su influencia ha sido decisiva en toda la historia del pensamiento, tanto en el cristianismo, como en las tradiciones árabe y judía. Platón (Aristócles) nacido en Atenas en el seno de una familia noble, aspiraba a la actividad política, pero desolado por las injusticias de la tiranía ateniense, y por la ejecución de su maestro Sócrates bajo la democracia, se volvió hacia la filosofía en busca de una disyuntiva a la inestable y opresiva vida pública de la época. Por otro lado, buscó la unidad detrás de las impresiones cambiantes del universo visible.

La teoría de las ideas representa el núcleo de la filosofía platónica, el eje a través del cual se articula todo su pensamiento.

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No se encuentra formulada como tal en ninguna de sus obras, sino tratada, desde diferentes aspectos, en varias de sus obras de madurez como «La República», «Fedón» y «Fedro». El eje central de la filosofía platónica fue la creación de su gran sistema metafísico: la “Teoría de las ideas”. No son contenidos mentales, sino objetos a los que se refieren los contenidos mentales designados por el concepto, y que expresamos a través del lenguaje. Esos objetos o «esencias» subsisten independientemente de que sean o no pensados, son algo distinto del pensamiento (son ideas de otra categoría), y en cuanto tales gozan de unas características similares a las del ser en Parménides.

En su teoría ofrece una serie de interpretaciones, discriminaciones y conceptualizaciones que no están presentes de ese modo en su narrativa mítica. Habla de la belleza perdurable y permanente (las ideas), reconcilia la metafísica con la poesía; afirma que el alma debe estar atenta y recogida si quiere ver la belleza en todo su esplendor. Refiere que la sabiduría consiste en la contemplación entre el mundo que nos rodea (físico) sometido a la degeneración y al cambio, y el mundo del verdadero ser que es el lugar de las ideas (donde reside el demiurgo ordenador). Denota que el ser humano tiene dos partes, el cuerpo y el alma. El cuerpo físico no es puro ni real. Es una copia de la “idea” del ser que solo existe como realidad en el mundo de la belleza perfecta. Estas “ideas” son sustancias separadas, eternas e inmutables, en las que reside la esencia de todas las cosas.

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Platón

El discípulo de Sócrates refiere que cuando el alma se encuentra en el mundo de las deas lo ha visto todo y conoce todo, pero al alma perder las alas para introducirse en un cuerpo físico olvida todo lo que conocía, pierde la memoria, pero que poco a poco la puede ir recuperando a través de la contemplación. Cuando el cuerpo perece el alma vuelve a su lugar de origen, el mundo de las “ideas”. Según Platón el conocimiento ha de ser un ejercicio intelectual y no de los sentidos como lo han afirmado siglos después otros autores (Baumgarten, 1758). Asegura que el hombre posee una doble naturaleza: todo lo relativo al cuerpo es propio del mundo sensible (lo que podemos ver, tocar oler, palpar, saborear con nuestros sentidos); el alma, por el contrario, es inmortal y proviene del mundo de las ideas, a las que ha contemplado antes de unirse al cuerpo. Platón concibe el mundo de las “ideas” como el mundo perfecto y donde reside la idea de todo lo que existe aquí en la tierra (copia de la idea original y verdadera).

Postuló un reino de la verdad o ser en el que residen las ideas, a diferencia del mundo de opinión o doxa.
Las ideas, por lo demás, están jerarquizadas. El primer rango le corresponde la idea de Bien (ver “La República”); lo Uno, (en el «Parménides»), la Belleza, (en el «Banquete»), o el Ser, (en el «Sofista»), representan el máximo grado de realidad, siendo la causa de todo lo que existe. A continuación, vendrían las ideas de los objetos éticos y estéticos, seguida de las ideas de los objetos matemáticos y finalmente de las ideas de las cosas. Hay una distinción metafísica entre ser y devenir. Platón eleva las formas originales del ser a un reino trascendental de ideas. Estas ideas del ser puro son inmutables y atemporales y representan la belleza, el absoluto. Solo la razón tiene acceso a las ideas. Comprenden una jerarquía coronada por la forma más alta del bien. Así selladas, las del orden inferior del devenir material, las “ideas” permanecen intactas como la fuente del mal. Solo la razón tiene acceso a las ideas divinas. Y la imaginación, por su parte, está condenada a un pseudomundo de imitaciones. Tanto para Platón como para Aristóteles la imaginación debe permanecer subordinada a la razón.

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Platón buscó responder las grandes preguntas de la existencia, logró respuestas que impactarían la sociedad y religiones de su época y de siglos por venir. La belleza de su pensamiento, orientado a la justicia, la ética, las virtudes, es ejemplo vivo de lo que es un libre pensador. Su teoría de las ideas con su peculiar cosmovisión cambió la forma de ver y vivir el mundo. Concluyamos con palabras que Platón colocó en labios de Sócrates en el libro V de “Fedro o de la belleza”:

“Cuando un hombre ve las bellezas terrestres y se acuerda de la verdadera belleza, su alma recobra las alas y desea volar: pero, conociendo su impotencia, levanta como el ave sus miradas al cielo; y como descuida los quehaceres humanos, se ve tratar de insensato. Este es, de todos los entusiasmos, el más magnífico en sus causas y efectos para el que lo experimenta, y para aquel a quien se comunica: y el hombre que abriga tal deseo y que se apasiona por la belleza, recibe el nombre de amante. En efecto, todo espíritu humano debió contemplar necesariamente las esencias; si no, no hubiera podido entrar en el cuerpo humano. Pero los recuerdos de esta contemplación no se despiertan con igual facilidad en todos los espíritus: uno no ha hecho más que entrever las esencia…” (Platón, p. 167).

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