Evidentemente, la influencia de la economía, la tecnología y del estatus social, producen agonía existencial. Los cambios han sido tan rápidos, junto a la información que es muy poco lo que asimilamos, reflexionamos o aprendemos para decidir adaptarnos o, al menos, revisar las actitudes emocionales y conductuales para convertirnos en mejores personas.
Durante la pandemia del Covid aprendimos lo significativo y existencial para el ser humano que representa la libertad, la salud, y las relaciones con las demás personas. La pandemia nos puso en evidencia lo frágiles que éramos, los miedos y temor en perder lo que habíamos logrado.
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Décadas anteriores a la pandemia, millones de personas buscaban de refugios pocos saludables: alcohol o drogas, juegos compulsivos, redes sociales, espacios o relaciones toxicas etc. Todos estos refugios eran tóxicos o patológicos, disfuncionales o existencialmente enfermizos.
En el siglo XX las sociedades y el mundo apostaban su existencia o razones existenciales en otras motivaciones más humana, más del colectivo; demandando derechos, libertades, dignidad, participación y la construcción de la confianza social.
Hoy vivimos en un mundo más individualista, más egoísta, de la personalización y de la búsqueda del estrés y del confort. Del abandono de las humanidades, de las ideas, los valores, la ética, la moral y la gratitud; replanteando los nuevos refugios y vacíos existenciales de un ser humano que consume pastillas para todo, que apuesta al dinero como un medio para lograr la satisfacción de la vida.
Los países nórdicos, los que registran mayores indicadores de la felicidad, han vuelto a la enseñanza de las humanidades, del contacto y las conexiones, de trabajar la confianza, la gratitud y la convivencia con las demás personas. Para ellos, es preferible pagar más impuestos, tener menos cosas materiales, pero garantizar la salud, la educación, la democracia, la reciprocidad, la gratitud y la inclusión.
En occidentes se vive para el consumo, nos refugiamos en las cosas materiales y basamos las razones de vida y la satisfacción en un vehículo, viajes, casa, vestimentas, confort y acceso a calidad de vida. Sin embargo, EE. UU. y otros países desarrollados no alcanza los indicadores de felicidad, ni de bienestar ni de satisfacción vital.
En la vida hay que tener propósito de vida, motivaciones y razones existenciales que ayuden o sustente los por qué de existir y los para qué vivir. Es decir, hay que tener varias razones de existencias, de donde se pueda explicar la utilidad y la ayuda por las otras personas. Pero también buscar refugios psicoemocionales y existenciales que fortalezcan la espiritualidad, las actitudes emocionales positivas, la salud mental y física; la conexión con otras personas y el contacto con la naturaleza, el mar, áreas verdes, animales, libros, música, arte y nuevos caminos para desarrollar nuevas miradas a la existencia.
En las próximas décadas aumentará la soledad y el estrés como las nuevas epidemias humanas. Van a existir menos niños y menos jóvenes, pero aumentarán los envejecientes y ancianos. Menos personas van a contraer matrimonios y aumentarán los divorcios por todas las razones que he explicado. Las personas se van a refugiar en la inteligencia artificial para todo, los jóvenes van a ser alexitímicos, o sea, personas que no expresan emociones positivas, no establecen contacto visual ni afectivo, debido a la tecnología.