Guardianes de la verdad Areíto
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POR MARIVELL CONTRERAS
He recibido muchos mails de amigas residentes en el país y en el exterior que se han sentido motivadas a desahogar sus propias percepciones de los hombres a partir de la columna que escribí en la que contaba la disyuntiba de mi sufrida amiga.

Eso me dejó entrever que existe una situación real en la que las mujeres estamos embuidas. El descreimiento absoluto en las buenas intenciones masculinas y la firme intención de no soportar lo indigno sin necesidad.

En ese marco de discusiones sobre el amor, el desamor y las relaciones, un amigo me contó un historia, una triste y preocupante historia de amor en la que el hombre es el inocente.

Se trata de una mujer, una mujer joven y mulata. Una mujer que trabaja y es profesionalmente independiente. Una mujer que, divorciada y con una niña como único tesoro decidió emprender la búsqueda de la felicidad y se envolvió nuevamente en los paisajes de la relación de pareja.

Sobreviviente como era a una relación agotada en sí misma por engaños sucesivos y por insoportables humillaciones, el amor le llegó de pronto, vestido de ternura, de consideración y de una comunicación excelente.

De lejos parecían la mejor pareja. Y, de cerca, se podía confirmar que eran de verdad, felices.

Ella era tratada como una reina. El testimoniaba que más allá de la camaradería de la que sus relacionados, amigos y familiares eran testigos, ellos tenían una fabulosa relación de carne y hueso.

O sea tenían buena comunicación cuando hablaban, en público o en privado, o cuando dejaban que el silencio se hiciera cargo.

Tenían ya casi 5 años de feliz unión libre. No tenían casa en conjunto, sino que ejercían la libertad del amor de cabaña y cada uno para su casa.

Cansado estaba ya de eso y creía su amor estaba maduro o preparado para asumir nuevos retos. Y sobre todo el reto de compartir no solo la cama y la mesa ajenas, sino la cama y la mesa “nuestra”.

Así que empezó por buscar apartamento, y continúo pidiéndole que le ayudara a amueblarlo y a decorarlo.

Cuando todo estuvo listo. Compró una botella de champangne, quesos, uvas y con rosas rojas esparcidas por toda la habitación le hizo el amor y después de los sudores y humores se lo dijo: quiero que vengas a vivir conmigo.

Ella lloró. Lo abrazó. Lo besó… Pero no respondió.

Cuando la fue a depositar a su casa en la madrugada le preguntó si no tenía nada que decirle de lo que le había propuesto y ella le dijo: me has hecho la mujer más feliz del mundo.

Entonces quien la abrazó. La besó y lloró, fue él.

Se despidieron en la escalinata. Esperó a que ella entrara y cuando entró subió el volumen del radio de su carro y cantó a ritmo de Silvio Rodríguez: “soy un hombre feliz, muy feliz…”

Y creo que hasta tuvo la valentía de injuriar a los muertos de su felicidad.

Se durmió entre esos pétalos, las altas copas vacías y el envolvente olor del perfume de la mujer amada.

Al despertar marcó el teléfono de su amor y le salió la grabadora. Pensó que quizás todavía dormía la dueña de su corazón. Esperó una hora y otra hasta que por fin el número de su celular se marcó en el suyo. Por fin!!!.

No estaba preparado para otra voz, que su voz, pero ahí estaba la malhadada que le dio la noticia de que su amada, inexplicablemente, se quito la vida.

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