Aporte
El aventurero Don Pío
En Pamplona, cuando vio por primera vez a un carlista con la boina calada hasta las cejas y el fusil al hombro. En Madrid, mientras recorría cafés como quien recorre trincheras.

Pío Baroja
Por: María José Solano
Se puede vivir con el alma dormida en una butaca, leyendo el prospecto de un ansiolítico, o se puede vivir como Pío Baroja: andando, observando, anotando. No es una metáfora, ni una pose de escritor decimonónico que se refugia en la bohemia para justificar su desgana productiva. Muy al contrario. Baroja fue un nómada de verdad, de los que madrugan sin saber a dónde ir, pero sabiendo que quedarse quieto es la muerte del entendimiento.
Nació en San Sebastián, pero en realidad nació muchas veces. En Pamplona, cuando vio por primera vez a un carlista con la boina calada hasta las cejas y el fusil al hombro. En Madrid, mientras recorría cafés como quien recorre trincheras. En París, enfrentado al brillo ácido del europeísmo de salón. En Florencia, en Tánger, en Londres, en cada posada sucia con olor a sopa y humanidad vencida. Baroja no escribía novelas: describía lo que había olido, oído, palpado. El barro de los caminos, la hojarasca de la Historia, las arrugas de la cara de un desertor.
Mientras otros literatos se encerraban en las bibliotecas, Baroja caminaba. Caminaba mucho. Lo hizo cuando era joven estudiante de Medicina, carrera que terminó, pero no por vocación sino por disciplina. Lo suyo no era abrir cuerpos, sino abrir cabezas. En los cafés de Madrid conoció a Valle-Inclán, aún sin barba de patriarca, y a Azorín, que ya entonces debía tener el alma un poco achacosa.
Pero mientras sus colegas se atrincheraban en la brillante retórica, Baroja se lanzaba a los caminos. Navarra, Guipúzcoa, Álava, La Rioja: tierras de contrabandistas, aldeas con tabernas donde el vino tenía más polvo que uva. Caminos donde la literatura no estaba en los libros, sino en las piedras. De esas travesías surgió la serie «Tierra Vasca», que no es solo literatura: es etnografía emocional.
A partir de 1900, el epicentro fue Madrid. Pero Madrid entendido como centro geográfico, como una plataforma desde donde partir hacia lo que de verdad interesaba a Baroja: Castilla. Esa Castilla reseca, con posadas frías y la dignidad picaresca del mendigo orgulloso. La Castilla de Soria y de Burgos, de Segovia y Toledo, donde el alma se despeja del ruido moderno. Esas tierras le ofrecieron la materia para novelas como El árbol de la ciencia, que no es otra cosa que el grito de angustia de un hombre que no encuentra en la razón ninguna esperanza. Y es que Baroja no era un optimista: era un descreído lúcido. Pero ¿qué otra cosa se puede ser siendo español?
Los viajes a París, desde 1901, fueron una escuela de desconfianza. Admiró la vitalidad artística, claro. Frecuentó cafés como Les Deux Magots, escuchó conferencias, se empapó del caso Dreyfus. Pero París, con su pose de capital del pensamiento, le olía en exceso a perfume. Baroja era un tipo que escribía con los codos sobre la mesa y los pies llenos de barro. Las tertulias parisinas le interesaban, pero le divertía aún más la fauna humana de los trenes y los puertos. Por eso, en sus memorias Desde la última vuelta del camino, hay más verdad en una fonda que en cien universidades.
Viajó a Italia, a Suiza, Alemania, Inglaterra… Pero no lo hizo como el turista que saca fotos del paisaje o el académico que toma notas sobre la arquitectura barroca. Lo hizo como un cazador de tipos humanos. En Venecia, en Berlín, en Londres, buscaba al hombre: su acento, su forma de caminar, su manera de pedir una cerveza o de mirar con recelo al extranjero. Baroja anotaba como un espía: con rapidez, sin adornos, con la urgencia de quien sabe que el mundo se escapa si uno se detiene a embellecerlo.
Y luego está el norte de África. Tánger, Tetuán, ese mundo donde los europeos se creían superiores mientras los árabes los miraban con una mezcla de indiferencia y sorna. Baroja supo mirar allí donde otros solo veían postal exótica. Vio la mezcolanza de razas, la tensión de las culturas, el absurdo del colonialismo. Y lo hizo con ironía, con una distancia justa que ni idealizaba ni despreciaba.
Durante la Guerra Civil, Baroja huyó. No combatió, ni empuñó fusiles, ni escribió panfletos. Refugiado en Vera de Bidasoa, y luego en París, vivió el exilio como quien vuelve a una estación que ya conocía. A los cafés de la rive gauche regresó sin entusiasmo, reencontrando a viejos conocidos con los que compartía más cansancio que ideas.
Y finalmente, volvió a Madrid. Todavía joven pero ya viejo; «barojianamente viejo»; con el cuerpo gastado, aunque con la cabeza todavía en pie de guerra. Vivía cerca del Retiro, pero seguía caminando. Visitaba cafés como El Lyon d’Or y El Comercial. Hablaba con Marañón, con Ortega y Gasset, con Ramón Gómez de la Serna, a veces con gusto, a veces con tensión. Baroja era un solitario por instinto. Seguía tomando notas, como si aún pudiera escribir una novela más, como si la vida no se le estuviera acabando.
Murió en 1956, con el cuaderno aún caliente. No necesitaba apoteosis ni premios ni homenajes. Baroja fue lo que fue: un testigo. Un español que caminó su siglo, que lo vio y lo escribió sin filtros. No era un genio al uso, ni un esteta de gabinete. Era un notario del polvo, del cansancio, del absurdo humano.
Ahora que todo el mundo quiere escribir sin haber vivido, convendría recordar a Baroja. No como un clásico, sino como una advertencia. No se puede escribir bien si uno no sabe mirar.
Por eso, hoy más que nunca, Baroja no es solo un autor. Es una forma de estar en el mundo: incómoda, libre, alerta. Una forma que hoy resulta molesta porque exige salir del sofá y del móvil, mirar de verdad, escribir sin pedir perdón tras cada párrafo.
Ya no quedan muchos como él. Pero su lección permanece. En una época de escritores que no han viajado más allá de sus redes sociales, el ejemplo de Baroja resuena como una bofetada. La literatura no es pose, ni consigna, ni ocurrencia viral. La literatura es mirada y es viaje. Quien quiera escribir debería seguir sus pasos y leer sus libros más viajeros —Camino de perfección, Las horas solitarias, El escenario humano, El peregrino en su patria, Desde la última vuelta del camino— no como literatura de evasión, sino como magisterio; como aprendizaje vivo de la escritura en marcha de un hombre que entendía el mundo mientras lo caminaba.
Ahora que se cumplen 70 años de su muerte, es bueno recordar que Baroja fue muchas cosas, pero sobre todo fue un hombre en movimiento: un tipo que nunca se dejó domesticar por su propia estatua.
ESTE ARTÌCULO FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA ESPAÑOLA ETHIC, VERSIÒN DIGITAL.