Cápsulas genealógicas

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Cosas Añejas. Recorrido histórico, genealógico y prosopográfico (4 de 15)
El matador Juan Rincón, en cambio, era natural de Santo Domingo, miembro de una acomodada familia que hunde sus raíces en la etapa intermedia de la colonia.
Según la crónica, “era un ente raro… Era también un beato, y como tal, hombre de austeras costumbres, de esa religiosidad aparente más bien que real… y que casi siempre oculta malignidad congénita y perversión moral.
Dicen que se hacía notar por su religiosidad y por ser no mal parecido y de no común educación.” (PENSON. Ob. cit. Págs. 135-136).
Rincón fue procesado y hallado culpable de haber matado a su primera esposa, que se encontraba entonces embarazada. Ante la sensación de miedo y desconfianza que empezó a germinar en el vecindario luego del incidente, no quedó más remedio que enviarle a Puerto Rico para que eludiera allí las miradas acusatorias y “expiara” tranquilamente sus culpas.
Penson atribuye esta lenidad de las autoridades a la influyente posición de sus parientes José Núñez de Cáceres Rincón, deán del cabildo catedralicio de 1769 a 1789 y José Antonio de Fromesta, relator de la audiencia y marido de Bernardina Núñez de Cáceres Rincón.
Es de presumir, por tanto, que el nombrado Juan Rincón era descendiente del tronco formado por el alférez Jerónimo Núñez de Cáceres y Mariana Rincón, quienes casaron en Santo Domingo en la segunda mitad del siglo XVII.
Al margen de consideraciones, queda claro que la propensión al delito se había instalado en el subconsciente de Rincón. Para muestra, contrajo segundas nupcias en la vecina isla y amenazó sin vacilar a su nueva esposa, quien lo denunció y logró que lo devolvieran a Santo Domingo.
Tras regresar a la ciudad primada se acogió a sagrado, asilándose en la iglesia aneja al hospital de San Nicolás de Bari, dentro de cuyos muros alternó con Canales y probablemente planeó su asesinato.
Luego de cometido el acto, Rincón fue excomulgado latae sententiae y luego fue sometido a juicio sumario ante la Real Audiencia.
En palabras de Penson, “a pesar de los valimientos que antes tuvo D. Juan Rincón, fue condenado a pena de horca, a ser descuartizado y frito en alquitrán.” (PENSON. Ob. cit. p. 151).
La sentencia evacuada por el tribunal colegiado se ejecutó en el viejo Humilladero, más tarde conocido como “plaza del Matadero, cerca del fuerte de San Gil” (calle Palo Hincado, antigua Calle de los Ahorcados, entre la calle Arzobispo Portes y la avenida George Washington. Ver PENSON. Ob. cit. p. 153).
Lo más ignominioso de todo el asunto acaba siendo la falta total de arrepentimiento de Rincón, reflejada en su obstinada respuesta a la pregunta mil veces repetida por el fiscal:
-¿Quién mató al padre Canales?
-La justicia de Santo Domingo.
A pesar de que se trata de un sustrato cultural muy distinto al nuestro, las consecuencias negativas que se esconden detrás de esa afirmación lapidaria de Rincón persisten todavía hoy en la forma de severas disfunciones, que van desde el simple funcionamiento de la justicia a los intersticios más profundos de la vida cotidiana.
Instituto Dominicano de Genealogía