Literatura
Destellos de soledad de José Enrique Del Monte

Poemas
Dice José Enrique que los veintisiete textos plasmados en su recién publicado poemario La palabra más larga (Sial Pigmalión, 2024), habitaron en un espacio donde el poeta se desnuda mirándose a sí mismo en absoluto silencio, rodeado de sueños, soledades y estremecimientos. Aquella epopeya transcurrirá en un incesante caminar donde el vate marchará armado de un único instrumento que le hará sagrado: la palabra interminable nacida desde la infinitud de lo breve. Una que le conducirá al lecho de lo escrito como destino último de su imaginación en la sempiterna persecución de la creación.
Es mucho ya lo dicho sobre ese mágico acto que representa la creación poética, desde Borges y Zurita, hasta Paz y Steiner; sin embargo, a fin de contextualizar algunas de las disquisiciones aquí vertidas debo citar a la argentina Olga Orozco cuando afirma que aquella experiencia transfigurativa nos lleva a “…mirar juntos el fondo de la noche, a vislumbrar la unidad en un mundo fragmentado por la separación y el aislamiento, a denunciar apariencias y artificios, a saber que no estamos solos en nuestros extrañamientos e intemperies, a descubrir el tú a través del yo y el nosotros a través del ellos”.
A mi modo de ver, pues, la creación poética acontecerá fundamentalmente como actividad que entrelaza pensamiento y sentir, aunque de alguna manera podría también considerarse tarea decididamente intelectual en la cual el escritor recuerda, recrea, e imagina con propósitos (y estilos) particulares. Mas, en definitiva, ese crear poético nombrará, (re)nombrará y redefinirá las cosas para extraer de ellas, no tanto su razón estética sino el misterio de los significados, operación que culminará en todo lo infinito e inaprensible que nos regala lo escrito. No en vano Delmonte inicia este libro acompañado del maestro Domingo Moreno Jiménez citándole: “Yo concibo el arte inlímite, infinito por naturaleza e indefinido por sustancia; que no detiene jamás al ser su facultad de crear, que eslabona los anillos del hombre con el Cosmos, en vez de romperlos…”.
En efecto, este nuevo volumen de José Enrique Delmonte quizás sería mejor categorizarlo como una bitácora de la incertidumbre de nuestro existir en la Tierra que nos hospeda y en la inmensidad celestial desde donde el autor atrapa cometas, conquista a Marte, o acaricia a Plutón tal cual el decidido cosmonauta que ha partido hacia un cavafisiano viaje sin destino: Recojo los escombros del tiempo/ y me hago débil con solo humedecer el silencio ahora miro el universo comprimido seco/ doblado en sí mismo/ y toco las estrellas/ y toco mi nombre.
En estas páginas, el vate arquitecto invita al lector a dicha travesía partiendo desde el primer texto, desde un poema que él ha titulado Islar -hermosísima metáfora, a propósito, definir de esta manera lo que hacemos quienes habitamos en esta desafiante, compleja, y hermosa Quisqueya-; en sus versos, la insularidad se viste de mar, palmeras, tormentas y gaviotas sentenciándonos a que las tortugas desoven en nuestras voces. Así, transformado en anfibio intermitente -se confiesa-, José Enrique es una lámina que atrapa agua y costa abrazado de manatíes; un descubridor de alabastros que asemejan rostros de tiranos ya olvidados mientras ofrece agonizantes arcoíris en septiembre a merluzas y otros testigos que podríamos ser nosotros mismos.
El tres veces premiado autor, en una suerte de figura circular, imagen que ya había empleado en unos de sus más vigorosos poemarios, La redondez de lo posible, cierra esta obra con una clamorosa declaración de búsqueda. Una donde, parafraseándole, se procurará el encuentro con lo innombrado: con verdes que no veremos nunca, con faunos mitológicos y seres grises; con cigarras y langostas que agonizan ante las muchedumbres. No se crea, eso sí, que La palabra más larga es un atiborrado inventario de pesares y complejas láminas perteneciente más bien al territorio de la filosofía, porque es eso y más. En su interior, a título de ejemplo, habitan brevísimas y sencillas piezas conformadoras del rompecabezas de nuestra aparentemente pedestre cotidianidad: un perro que ladra a las dos de la mañana, el olor de una mujer, una maleta cargada de insomnios, o el ahogo de la melancolía. En sus páginas también se abrazan alegrías, miedos y congojas como slogans de duelo saludando al poeta que “mira hacia otro lado desde un frío sillón, a cualquier hora de la noche”.
Aparece además en el libro que nos convoca, una visible huella del poeta hacedor y artesano que construye el texto similar a la faena arquitectónica, la cual, como afirmaba Joan Margarit extrae del autor emociones y experiencias de tal forma, que, al final, será el poema quien leerá al poeta. Un acontecimiento, que, en nuestro caso, le abrirá las puertas a su imaginación y a “ciertas versiones del sí mismo” a fin de que ellas se hagan materia, y, con ello, edifiquen nuevos universos, espacios e ideas.
En definitiva, encontraremos en esta cuidada edición una riquísima y lograda taxonomía de la contemporaneidad en la que protagoniza la voz y su poder de hacer posible ver el mundo de otro modo. Dicho esto, cabe anotar que José Enrique Delmonte reconoce también la palabra imposible, la que no logra bautizar las cosas; porque en ocasiones, ellas son innombrables: como el vocablo que bautiza a la madre que ha perdido un hijo -lo opuesto al huérfano en el castellano; o como la infame acepción genocidio, tan cercana a este álgido y distópico presente, que, tal cual él lamenta, anda por ahí respirando tanta y tanta aridez en los vientos y los cielos del mundo hoy heridos por lágrimas, sangre y bombas asesinas.
En “Un trozo de Saturno”, según nuestra apreciación uno de los poemas más evocadores de los incluidos en esta obra, aquel lamento transmuta en hazaña ontológica, pretensión de sueño, o quizás en urgente esperanza de sanación para tiempos opacos como los nuestros:
¿Cómo meter la niebla en un frasco/ de poros disecados?/ Una vez vertí en él un trozo de Saturno
¿recuerdas? (…)/ ¿Cómo saber cuánta niebla/ será feliz allí durante un año
o hasta el día en que se escuche su voz labiodental?
Niebla en mis manos/ insustancial y poderosa/ ¿cómo saber si vibra cuando desciendo a tu nombre?
Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana 2024 y autor de Carne y alma. Imágenes de la corporalidad (Huerga & Fierro, Madrid 2025).