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“El orden de las cosas”, de los hermanos Alenda

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Parte 2/2

La construcción estética del relato convierte el cortometraje de 20 minutos en una verdadera obra de arte. Dirigida por los hermanos César y José Esteban Alenda, El orden de las cosas es una obra de arte condensada, una metáfora visual del encierro y la repetición. Los Alenda, conocidos por su capacidad de fusionar lo cotidiano con lo poético, utilizan aquí el espacio doméstico como un personaje más: la casa respira, envejece, se transforma. La escenografía es austera, simbólica. Cada mueble que cambia, cada grieta, cada goteo, es una forma de hablar del paso del tiempo y del deterioro de la relación. La joven esposa (interpretada con una fuerza silenciosa y devastadora por Manuela Vellés) permanece inmutable. No envejece. Ella es lo eterno en una casa que se deshace. El esposo, interpretado con precisión por Mariano Venancio, sí envejece, y esa diferencia marca la distancia entre quien resiste en silencio y quien se descompone en su arrogancia.

Veamos otros símbolos… El azul lo invade todo: la casa, el baño, los muros. Es el color de la melancolía, del encierro, del frío emocional. Es también el símbolo de la profundidad, de aquello que se esconde bajo la superficie. El agua, constante, goteando, desbordándose, es el tiempo que corre. Es la tristeza que cala. Es la vida que insiste. El pequeño avión rojo de madera, se rompe justo cuando el niño pierde la inocencia al ver el cuerpo de la madre amoratado por los golpes, pero también irrumpe en ese universo opresivo como un símbolo de libertad infantil. Luego, convertido en adolescente, abandona la casa, incapaz de presenciar el abuso que persiste a través del tiempo.

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La correa es el instrumento del castigo, del legado del padre. Cuando los hermanos lo aconsejan, no le dicen que escuche. Le dicen que actúe. Que golpee. Que corrija. La masculinidad, en este contexto, se define por la capacidad de ejercer el control físico. Por eso, cuando la puerta del baño no puede cerrarse, lo que se impide no es sólo la privacidad, sino la posibilidad de proteger la intimidad femenina. Es la metáfora perfecta de una estructura que no reconoce los límites del otro.

Cuando nuestra protagonista desaparece, el espacio se quiebra. Ya no está en la bañera. Está en el mar. El mar como símbolo de renacimiento. En este contexto, el mar cobra una dimensión mítica. No es sólo el paisaje opuesto a la casa —abierto, inmenso, libre—, sino el espacio de resurgimiento. El agua de la bañera, estancada, repetitiva, ritual, da paso al agua del mar, que fluye, que se mezcla, que arrastra y renueva. Es como si ella hubiera traspasado el umbral de su propia conciencia, como si después de imaginar o recordar todo lo que podría haber sido su vida encerrada, decidiera sumergirse en las aguas verdaderas de la libertad.

El mar es más que paisaje: es revelación. Representa el inconsciente abierto al fin, ese territorio líquido donde ella puede moverse sin ser juzgada, sin ser mirada. Allí se disuelve el yo domesticado, se evapora la esposa que nunca quiso ser. Es una muerte simbólica, sí, pero también un renacimiento: el retorno al origen, donde el cuerpo desnudo toca la tierra y se funde con el agua infinita, sin muros, sin relojes, sin mandatos. Ese mar se convierte en el útero del mundo, un espacio primordial que la recibe sin condiciones. No hay correas. No hay muebles que envejecen. No hay techos que encuadren la existencia. Solo está ella y su paso firme sobre la arena.

A lo lejos, otras bañeras flotan como espectros. Vacías, solitarias, rodeadas de correas negras, parecen restos de destinos ajenos, mujeres que no lograron escapar, que quedaron atrapadas en el ciclo que ella ha logrado romper. No son contenedores de cuerpos, sino relicarios del sometimiento. Tumbas flotantes. Ella, en cambio, camina. Si aceptamos esta lectura, entonces ella no es simplemente una prisionera doméstica ni una esposa en resistencia. Es una mujer que ha visto el porvenir de su alma si se queda, que ha ensayado, en un solo instante, la película de toda una vida. Y ha dicho no. Ha roto el guión antes de que la costumbre la borre. Ha resurgido del agua no como esposa, sino como ser libre. Y en ese renacer, ha elegido la fuga como forma de existencia. Ha dejado atrás el «orden de las cosas», y ha abrazado lo que no tiene nombre, lo que no se enseña: la posibilidad de otra vida. Una vida que empieza con los pies descalzos sobre la arena, donde la casa ya no existe y el mar —ese espejo inmenso— le devuelve, por fin, su rostro verdadero.

Los hermanos Alenda, hijos del mítico productor José Luis Alenda, han construido una filmografía donde la sensibilidad poética y la crítica social se entrelazan. En verdad, logran una obra compacta, lírica y demoledora. La puesta en escena es contenida, con encuadres fijos que refuerzan la sensación de asfixia. La actuación de Vellés es orgánica: magnética e insondable. Cada gesto suyo, cada mirada de sus grandes e intensos ojos azules dice más que cualquier diálogo. La música, sutil, minimalista, acompaña sin invadir, dejando que el silencio sea también una forma de narrar.

Este cortometraje ha sido ampliamente reconocido no solo por su calidad artística, sino también por su valor pedagógico y simbólico, razón por la cual ha sido utilizado en contextos educativos y reflexivos, especialmente en temas de igualdad de género, violencia simbólica, estructura familiar patriarcal y roles de género normalizados. Su lenguaje visual y narrativo permite a docentes y estudiantes explorar de forma profunda cómo opera la opresión estructural desde el espacio más íntimo: el hogar. Los signos y símbolos potentes del film dialogan con los contenidos de asignaturas como Ética, Filosofía, Lengua, Psicología y Educación en valores. Además, el hecho de que haya sido incluido en programas escolares, ciclos de cine debate, talleres de prevención de violencia de género y foros académicos lo confirma como una obra que trasciende el cine para convertirse en una herramienta de transformación social y crítica cultural.

“El orden de las cosas” es una joya. Es una alegoría sobre la violencia estructural que, camuflada como tradición, moldea generaciones enteras. Es un grito silencioso contra la rutina del maltrato, contra la repetición del daño en nombre del amor. Es, también, una oda a la resistencia callada de quienes, como la protagonista, se niegan a ceder, a pesar de la soledad, del encierro, del frío. Ella no habla. Ella flota. Ella desaparece. Y, al hacerlo, reordena el orden de las cosas. Nos obliga a mirar de nuevo lo que habíamos naturalizado. Nos invita a pensar que otro orden, más justo, más humano, es posible.

Sobre el autor

OFELIA BERRIDO

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