Estética de lo inquietante y poética de lo siniestro

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Desde las hogueras nocturnas donde se narraban leyendas de espíritus y bestias invisibles, hasta las salas de cine que envuelven al espectador en atmósferas densas de luces y sombras, la humanidad ha sentido una fascinación constante por el miedo y la fantasía. Esta atracción no es simple morbo ni curiosidad superficial: es un diálogo íntimo entre el instinto y la imaginación, un pacto tácito con lo desconocido en el que la ficción nos permite acercarnos a lo que tememos sin sucumbir a ello. El horror y la fantasía, más que géneros, son territorios simbólicos donde el arte explora los límites de la percepción, la vulnerabilidad y el deseo de trascendencia.
Sentir miedo en un espacio seguro es, en cierto modo, domesticar al monstruo. Cuando las luces de la sala se apagan o cuando una página cruje entre nuestros dedos, la adrenalina se derrama por las venas como un torrente invisible. El corazón late con la urgencia de lo que amenaza, pero la razón sabe que todo es artificio. Este contraste, la angustia genuina en un contexto ficticio, produce una liberación emocional que, según Zillmann (1996), activa mecanismos fisiológicos capaces de transformar el temor en placer. Stephen King (1981) lo sintetiza con precisión: el horror nos permite “alimentar a nuestras bestias interiores para que no devoren nuestra mente”.
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El misterio es un imán que atrae tanto a los curiosos como a los cautos. Lo desconocido es una puerta entreabierta: inquieta, pero incita a cruzarla. Tanto el horror como la fantasía construyen mundos donde la lógica cotidiana se quiebra, donde lo extraordinario (fantasmas, realidades alternativas, criaturas imposibles) desafía la previsibilidad del mundo real (Todorov, 1970). En películas como The Others (Amenábar, 2001) o Pan’s Labyrinth (Del Toro, 2006), lo inquietante se filtra lentamente, como niebla que cubre un paisaje, y obliga al espectador a cuestionar lo que ve y lo que cree.
Aristóteles en su “Poética” definió la tragedia como un instrumento de catarsis, una purificación emocional a través del arte. El horror y la fantasía actualizan este principio, ofreciendo un espacio simbólico donde los temores más profundos (la muerte, la soledad, la pérdida de control) se encarnan en figuras y escenarios que podemos mirar de frente. Carroll (1990) señala que el monstruo es, en esencia, una metáfora de lo que la cultura considera amenazante. En ese sentido, enfrentarnos a él en la ficción es como mirar nuestro reflejo en un espejo deformante: reconocemos nuestras sombras, pero podemos reírnos o reflexionar antes de que nos atrapen.
Sumergirse en un mundo fantástico o terrorífico es, a veces, un acto de fuga. Pero no se trata de una evasión banal, sino de una desconexión creativa: una oportunidad para habitar universos donde las reglas cambian y donde, por un instante, la vida se vuelve otra. Csikszentmihalyi (1990) describe este fenómeno como flow, un estado de inmersión total que absorbe al individuo. Así, la fantasía y el horror funcionan como ventanas abiertas hacia realidades alternativas que nos ofrecen tanto respiro como desafío.
Así como existe la estética de lo feo; el miedo también puede ser bello. La arquitectura gótica que se alza en penumbra, el encuadre milimétrico que atrapa al protagonista, el uso de la luz como bisturí narrativo: el horror y la fantasía son, en manos expertas, obras de orfebrería visual. The Shining (Kubrick, 1980) y Crimson Peak (Del Toro, 2015) muestran cómo la estética no solo acompaña la historia, sino que la intensifica. En literatura, Edgar Allan Poe transformó el terror en poesía, envolviendo al lector en una cadencia hipnótica donde lo macabro se vuelve arte.
Adentrarse en lo prohibido es una forma de rebelión simbólica. El horror ofrece un laboratorio narrativo donde se puede experimentar con lo inaceptable sin riesgo real. Jancovich (2002) sugiere que esta transgresión tiene un componente cultural: es una manera de cuestionar normas y valores establecidos. Al explorar el lado oscuro de la condición humana, el espectador o lector no solo satisface su curiosidad, sino que también reflexiona sobre las fronteras morales que la sociedad le impone.
El miedo, como el arte, se moldea en el crisol de la cultura. En Japón, el J-Horror se alimenta de espíritus y maldiciones ancestrales; en América Latina, las narrativas de terror se mezclan con el realismo mágico, como en Tigers Are Not Afraid de Issa López. Hanich (2010) explica que el miedo cinematográfico no es universal: lo que aterra en un país puede parecer banal en otro, porque cada cultura siembra sus propios fantasmas. En este sentido, el horror y la fantasía son espejos culturales que revelan no solo lo que tememos, sino también quiénes somos.
La atracción hacia el miedo y la fantasía no puede reducirse a un instinto irracional o a un mero deseo de entretenimiento. Es un lenguaje estético que combina pulsiones primitivas con sofisticadas construcciones narrativas; un territorio donde lo bello y lo siniestro se abrazan, donde el espectador se convierte en explorador de sus propias sombras. La experiencia de asustarse en un espacio seguro no es un acto de masoquismo, sino una forma de conocimiento: el arte nos permite domesticar el caos, vestirlo con ropajes de belleza y devolverlo a nuestro mundo como un relato, una imagen o un verso que, aunque inquietante, nos pertenece. En última instancia, se trata del poder de la ficción para domesticar el caos, envolverlo en belleza y devolverlo convertido en arte.
Más allá de su valor artístico, la atracción hacia el miedo y la fantasía cumple una función de cartografía emocional. Cada historia de terror, cada universo fantástico, traza un mapa invisible de las ansiedades y esperanzas de su tiempo. Así, las criaturas que hoy pueblan las pantallas y las páginas son herederas de viejos arquetipos: el vampiro que encarna el deseo prohibido, el espectro que da forma a la culpa, el mundo alternativo que proyecta utopías o advertencias. Al seguir estas huellas, no solo descubrimos cómo hemos cambiado como sociedad, sino también qué permanece intacto en nuestro imaginario colectivo.
En última instancia, el miedo y la fantasía son formas de diálogo con lo que no controlamos. Nos recuerdan que la experiencia humana es un equilibrio precario entre lo tangible y lo invisible, entre la razón que ordena y la emoción que desborda. Como todo arte que deja huella, estas narrativas no se limitan a entretener: invitan a pensar, a sentir y a mirar más allá de la superficie. Tal vez esa sea la razón por la que seguimos abriendo la puerta al monstruo y cruzando el umbral hacia mundos imposibles: porque en ese viaje, de algún modo, nos encontramos a nosotros mismos. Porque tal como expresa Lucía, protagonista de la novela El Sol Secreto, “el miedo está en lo real y en lo imaginario… y más que nada, miedo a vivir porque no sabemos cómo” (Berrido, 2016, p. 117).