Galíndez, una novela histórica sui generis (2/4)

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Al calificar de “histórico” un crimen contemporáneo carente de cadáver, testigos y documentos “oficiales” y que se nutre del rumor, es historia oral. La historia oral, sabemos, fermenta de manera tal que, como sucedió con la desaparición de Galíndez, devino una leyenda ideal para ser novelada y que, indocumentada, se apoya únicamente en lo verosímil.
En una novela nada es gratuito. No lo es, recordemos, la introducción del personaje Ricardo en la ficción de Vázquez Montalbán (Santo Domingo: Taller, 1990, 346p.), menos aún el relato sumario de Voltaire-Angelito, aquel individuo que Jesús de Galíndez reconoció al ser raptado; el mismo que en Miami, al Galíndez ser trasbordado y llevado a República Dominicana; fue también el que le propuso a la investigadora Muriel Colbert viajar a Miami para proporcionarle informaciones relacionadas con La ética de la resistencia.
Muriel Colbert se las ingenia para, procurándose documentación falsa, como si buscara no dejar rastro, viajar a Miami y reunirse con Voltaire-Angelito. Ese viaje funciona como una construcción en abismo de la desaparición de Jesús de Galíndez, pues el supuesto “informante” de Muriel Colbert había participado en el rapto del exiliado vasco. Ese episodio reproduce, sin revelar completamente el misterio, la desaparición de Galíndez. Ajustándose al cuidado que debe tener el narrador, para la verosimilitud que exige toda fábula basada en un hecho “real” en pos de convertirse en la “historia” del crimen que más de un historiador considera la chispa que dio origen a la célebre acción comando que dio al traste con la vida y dictadura de Trujillo en mayo de 1961.
En efecto, las proporciones históricas del secuestro y asesinato de Jesús de Galíndez cinco años antes tiene la particularidad de que en 1967 los principales actores del nefando crimen habían fallecido “trágicamente” dejando a la capacidad de fabulación de los escritores novelar esa “historia” y que la ficción, gracias a un cúmulo de artificios literarios pudiera “reemplazar” la “historia” del caso Galíndez.
El viaje de Colbert a Miami con documentación falsa sin que dijera adónde iba reproduce aquel 12 de marzo de 1956 cuando Jesús de Galíndez fue visto por última vez al proponerse tomar el subway en la station fifth avenue y 56st. de New York.
Muriel Colbert desaparece sin dejar rastro. De hecho se identifica a Galíndez en uno de esos momentos críticos de su vida: “Pero te hubiera gustado que hubiera sido diferente tender la mano como ahora haces, como una prolongación de tu cuerpo desnudo y tembloroso y encontrar la mano de Jesús [de Galíndez]” (p.337).
En realidad, sólo los capítulos 3, 7 y 10 conciernen a la historia del exiliado español. Analepsis que corresponden, en realidad, a la investigación de Muriel Colbert La ética de la resistencia que nos proporciona un relato completivo de Galíndez al definirlo ante quien no sabe qué le sucedió al vasco secuestrado, asesinado y lanzado a los tiburones del Caribe; también se relatan sus relaciones con los exiliados anti-trujillistas de New York e incluso sus relaciones amorosas con Gloria Viera, del comando secuestrador (cfr. capítulo 3).
La interacción dialéctica entre ficción y realidad está bien lograda en los referidos capítulos: “El secuestro y transporte en avión a Ciudad Trujillo”; “los interrogatorios y la tortura de que fue objeto Galíndez” son verosímiles mas no históricos. Es entonces cuando los artificios poéticos de la narración entran en juego: los torturadores ni Trujillo obtienen, tras la muerte de Galíndez, lo que esperaban, porque la muerte, como decía Hegel, es la negación y el deseo de los esbirros no tiene satisfacción: el arrepentimiento que Trujillo esperaba de Galíndez. La tortura y la muerte no pueden hacer desaparecer el texto que le había condenado a la tortura, muerte y desaparición: La era de Trujillo (cfr. pp.144-148).
Esa implícita evocación de la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel es la que permite y crea el efecto de realidad necesario para que el episodio de la muerte de Galíndez parezca verosímil y que sólo otra historia novelada podría contradecir; pues sólo las novelas de Enrique Lafourcade y Vásquez Montalbán dan cuenta de su espeluznante desaparición.
La era de Trujillo, la tesis que condena a Galíndez le sirve al narrador para mostrar las diferencias conceptuales entre Galíndez y Trujillo.
Vázquez Montalbán, en Galíndez, introduce muy bien una serie de documentos e informes oficiales sobre el histórico caso encajándolos en el relato sin que lo real se sobreponga a la ficción y viceversa. Esos documentos e informes intertextuales proporcionan a la obra ese carácter de novela histórica que no permite saber cuándo se trata de la ficción o de la Historia. Es esa interacción dialéctica que permite al organizador del texto introducir personajes reales y ficticios que adquieren categoría de personajes históricos junto a personajes sin referencia documental u “oficial” pero que enriquecen la “leyenda Galíndez”.
La novela contribuye a alimentar y enriquecer el mito del secuestro, muerte y desaparición del vasco: todos los que participaron en la trama murieron “trágicamente”. Sólo había sobrevivido uno, Angelito (Voltaire), cuyo origen es ficticio, pero que, como todos los que actuaron en la organización, secuestro y desaparición de Galíndez, murió arrollado por un vehículo en las afueras de Miami.
Treinta años después, Muriel Colbert toma su lugar. Lo que nos permite formular la pregunta: ¿Sucederá lo mismo con los que participaron en su desaparición y muerte?
Un hecho significativo y que permite la comparación entre Galíndez y Muriel Colbert es el cambio de mando durante su secuestro. Los agentes americanos ceden su labor a agentes dominicanos. La historia de la investigación de Muriel Colbert es una manera ingeniosa de contar lo que le sucedió al profesor vasco en República Dominicana. Suerte de historia en la historia: construcción en abismo del caso Galíndez cuya muerte es reproducida por el relato de la desaparición de Muriel Colbert. Con la diferencia puntual de que la muerte de Muriel implica a los servicios secretos norteamericanos, y que Ricardo debe dilucidarla abriendo el caso.