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‘La incertidumbre y el vacío’

La emoción no estalla, se coagula. Es un territorio complejo: cuando el dolor deja de ser episódico y se convierte en atmósfera. No hay un pensamiento único que explique el malestar.

Reflexión

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Todos llevamos una carga en la vida. No siempre tiene nombre, no siempre tiene forma, pero pesa como una cruz que no se ve, que no se exhibe, pero que se siente clavada al cuerpo. Una cruz que no se carga en los hombros sino en el pecho, en la memoria, en el sistema nervioso. Es una carga que nos mantiene atados al piso, con una gravedad que empuja hacia dentro, pero que no obedece a leyes físicas, sino existenciales. Es una pena difusa, una tristeza que no siempre se explica por un hecho concreto. El sujeto siente que algo se ha roto por dentro. No siempre hay un duelo identificable, una pérdida clara o un trauma visible. A veces es la acumulación silenciosa de pequeñas renuncias, de palabras no dichas, de deseos postergados, de vidas que no se vivieron como se soñaron. La mente humana no se desploma solo por grandes tragedias; también lo hace por desgaste.

Se vive envuelto en una pena espesa, constante, que no grita, pero tampoco se va. Es una forma de desconexión profunda: del deseo, del tiempo, del propio centro. El sujeto está exhausto de sentir. La emoción no estalla, se coagula. Es un territorio complejo: cuando el dolor deja de ser episódico y se convierte en atmósfera. No hay un pensamiento único que explique el malestar. No hay una causa clara. Hay, más bien, una vivencia de encierro psíquico. El mundo continúa, pero el sujeto ya no logra sincronizarse con él. Todo ocurre como detrás de un vidrio opaco.

Lo más desgarrante de esta experiencia es que no se trata de la llamada soledad. De hecho, se prefiere, se busca... Aunque se esté rodeado de gente, el dolor profundo se vive a solas. Se desea el aislamiento, sin pensar, sin hablar, solo un existir en un instante de la eternidad… Hablar se convierte en un esfuerzo sobrehumano. Las palabras sobran… No hay nada que decir, nada que buscar, nada que escuchar. Hay penas que no entran en el lenguaje. Hay lágrimas que se cristalizan en el alma. La gente pulula alrededor: camina, habla, ríe, opina... Pero nada logra tocar al ser. Sus miradas no alcanzan. Sus palabras no penetran. Sus intenciones se disuelven antes de llegar. La finitud se pierde en la infinitud del gran universo. Se existe en en la periferia del sentido.

Nada alcanza. Nada roza. Nada entra. No porque no exista afuera, sino porque adentro algo se ha apagado. Es una continuidad sin pulso. Es flotar sin agua. Es caer en el abismo sin haber dado un solo paso. Y es que hay dolores que no encuentran lenguaje. Entonces, el cuerpo habla cuando la mente no puede. Aparecen el cansancio crónico, la ansiedad sin objeto, el llanto que irrumpe sin aviso, la sensación de estar al borde de algo que no se sabe nombrar. No es simple tristeza; es una vivencia de encierro interno. Como si la persona estuviera atrapada dentro de sí misma, observando el mundo desde un vidrio grueso, sin poder tocarlo del todo.

Desde la filosofía, esta experiencia ha sido descrita como el peso de existir. Vivir no es liviano. Existir implica hacerse cargo de la propia finitud, de la responsabilidad de elegir, de la angustia de no saber si lo que somos es suficiente. El ser humano es el único animal que sabe que va a morir, y ese saber deja una marca indeleble por la incertidumbre que el hecho arrastra consigo: ¿Cuándo, cómo, dónde?; ¿Qué será de los seres queridos?... A veces esa marca se convierte en una pena muda, persistente, que no grita, pero no se va. La filosofía ha pensado este estado con palabras duras. Albert Camus lo llamó el absurdo: vivir sin que el mundo responda a nuestra necesidad de significado. No es que la vida carezca de sentido; es que el sentido no aparece cuando más se lo necesita. Ese divorcio entre el ser humano y el mundo —ese silencio inexplicable— es, para Camus, la herida original de la conciencia moderna (El mito de Sísifo, 1942/2009). Y ese silencio del mundo, cuando se vuelve permanente, resulta insoportable.

Hay momentos en que no se encuentra salida. No porque no exista, sino porque la conciencia está nublada por el dolor. El sufrimiento reduce el campo visual del alma. Todo se estrecha. El futuro desaparece. El presente duele. El pasado pesa. En ese estado, la esperanza no se siente como una promesa, sino como una palabra ajena, casi ofensiva. Decirle a alguien en ese lugar “todo va a estar bien” no consuela; hiere. Ese estado es una mezcla peligrosa de indefensión aprendida y agotamiento emocional. El sujeto ha intentado comprender, cambiar, resistir, pero ha fallado tantas veces que su sistema psíquico tiende a rendirse. No es una rendición consciente, sino una retirada silenciosa de la energía vital. Se sigue viviendo, pero con el freno de mano puesto.

Este punto es delicado porque aquí el dolor deja de ser solo una experiencia emocional y comienza a reorganizar la química cerebral. La desesperanza sostenida altera la percepción, la memoria, la motivación. El mundo se vuelve hostil o indiferente. El yo se percibe pequeño, ineficaz, culpable. No siempre hay ideas de muerte, pero sí una sensación de no estar realmente vivo. Filosóficamente, este es el territorio del absurdo. Vivir sin entender por qué duele tanto. Caminar sin saber hacia dónde. Cargar una cruz que no se eligió. Y, sin embargo, seguir caminando. Aquí surge la pregunta radical: ¿Vale la pena seguir cuando el sentido no aparece? No hay respuesta universal. Cada ser humano responde con su propia vida. El monólogo de Hamlet de William Shakespeare aplica perfectamente y sirve de orientación: “Ser o no ser”... (Shakespeare, 1603/2003). Hamlet nos termina convenciendo de que la más digna acción es SER.

Pero aun en el punto más bajo, algo late… El recuerdo de alguien, una obligación, una rabia tenue que se niega a desaparecer. Es el aliento primordial. Un rayo de luz que se filtra por la grieta del vitral al nacer el alba. Y es que mientras exista vida, algo late. El ser humano tiene una capacidad sorprendente: puede habitar el dolor sin desaparecer. Puede sufrir sin aniquilarse. Puede atravesar la noche sin saber aún que habrá amanecer. Pero la resiliencia no siempre se experimenta como fortaleza; en ocasiones se reduce a una persistencia vacía, sin rumbo ni propósito que la sostenga. Y es que el sentido no siempre precede a la vida; a veces emerge después. No vivimos porque todo tenga sentido; a veces el sentido aparece porque seguimos vivos. No como una revelación grandiosa, sino como una comprensión lenta, casi imperceptible. Tal como enseñan las Cuatro Nobles Verdades, la vida está atravesada por el sufrimiento, cuyo origen es el apego y el deseo; sin embargo, la liberación es posible: al desapegarnos, al soltar lo que nos ata, se abre el sendero hacia la cesación del sufrimiento y la conquista de la paz interior.

Sobre el autor

OFELIA BERRIDO

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