Mirada ecofilosófica del jardín botánico: santuario de vida

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Desde tiempos remotos, los jardines han representado mucho más que simples espacios de recreación o decoración. Son, en realidad, metáforas vivas de la relación entre el ser humano y la naturaleza. De hecho, algunos de los jardines más emblemáticos de la historia han sido construidos como símbolos de poder, de belleza y de reconciliación con el entorno natural. Entre ellos, los Jardines Colgantes de Babilonia, considerados una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, se erigen en la memoria colectiva como un testimonio de esa búsqueda ancestral por integrar lo natural y lo artificial en un solo espacio armónico.
Aunque existen debates sobre la existencia real de estos jardines y se discute si fueron mito o realidad, lo cierto es que su imagen persiste como un ideal cultural: un oasis verde en medio del desierto, una arquitectura dedicada a la flora y al agua, un intento de suspender la naturaleza en el aire, retando a la gravedad y al clima. Más allá de su materialidad o leyenda, lo que simbolizan es el deseo humano de conservar, cultivar y contemplar la naturaleza como parte esencial de la vida civilizada. Esa tradición simbólica se ha mantenido a lo largo de los siglos. Desde los jardines zen en Japón, los Royal Botanic Gardens de Kew en Londres, el Jardín Botánico de Río de Janeiro o el Jardín de las Plantas de París, hasta los jardines botánicos del Renacimiento europeo o los parques nacionales de la era moderna, la humanidad ha creado espacios verdes que no solo preservan especies, sino que también conservan memorias, valores, y formas de entender el mundo. Son, en esencia, laboratorios vivientes que articulan ciencia, educación, arte y filosofía.
Los jardines son espacios de contemplación y conexión espiritual con la Tierra. En ellos se materializa el principio ecofilosófico de que el ser humano no es un ente separado de la naturaleza, sino parte de un tejido interdependiente. En este contexto global, el Jardín Botánico Nacional de Santo Domingo ocupa un lugar privilegiado. Fundado en 1976 y nombrado en honor al botánico Rafael María Moscoso, representa uno de los pulmones verdes más importantes de la ciudad y un refugio para la biodiversidad del Caribe que cumple un rol educativo y ecológico. No es solo un lugar de esparcimiento; es una estancia viviente que resguarda especies endémicas, y actúa como un espacio de resiliencia ecológica frente al avance incontrolado de la urbanización. Definitivamente es patrimonio de todos y representa un acto de responsabilidad ecológica preservarlo en un momento histórico en el que la crisis ambiental exige un cambio profundo en nuestra relación con la naturaleza.
A pesar de las declaraciones recientes que aseguran que no se intervendrán los terrenos del Jardín Botánico, persiste en la ciudadanía una preocupación legítima: la posibilidad latente de que este valioso espacio natural siga estando en la mira de proyectos que, bajo el argumento del desarrollo urbano, amenacen su integridad ecológica. La experiencia demuestra que las áreas protegidas, una vez fragmentadas, inician un proceso de degradación difícilmente reversible: pérdida de hábitats, disminución de la biodiversidad, alteración de los ciclos hídricos y debilitamiento de las funciones ecosistémicas que sustentan la vida urbana. No se trata de oponerse por nostalgia, sino de defender un espacio de altísimo valor estratégico para la salud ambiental, la educación ecológica y el equilibrio climático de la ciudad. La situación exige una reflexión ética de fondo: ¿Qué entendemos por progreso? ¿Podemos seguir llamando modernización a un modelo de expansión urbana que compromete el futuro ecológico de nuestras ciudades?
Frente al reciente anuncio de que no se afectará el Jardín Botánico, se hace aún más necesario consolidar un espacio de diálogo genuino entre las autoridades, la ciudadanía y la comunidad científica. Este momento es una oportunidad para repensar colectivamente cómo satisfacer necesidades urbanas y administrativas sin poner en riesgo nuestro patrimonio natural. El Jardín Botánico no es solo un parque; es un ecosistema vivo, un refugio de biodiversidad, y una expresión concreta de la interdependencia entre naturaleza y civilización. Como recuerda Edgar Morin (2011): «Necesitamos una política de la Tierra», una política que comienza en las decisiones locales, en cada área verde que protegemos, en cada árbol que preservamos. Ignorar esta responsabilidad nos aleja de un futuro sostenible y debilita nuestra capacidad de imaginar un mundo donde el progreso no se construya a expensas del entorno natural. Los jardines botánicos son territorios simbólicos del “cuidado del ser” que propuso Heidegger (1927) y que hoy inspira la ética ambiental: espacios donde la naturaleza es valorada como sujeto de respeto, no como recurso explotable. Allí, el ser humano aprende a habitar el mundo con humildad, reconociendo en la biodiversidad una fuente vital de sentido, equilibrio y posibilidad de vida compartida.
Al igual que los jardines más renombrados del mundo, el Jardín Botánico Nacional funciona como un aula abierta, un banco genético, un refugio de polinizadores y un centro de investigación científica. Es también un espacio de recreación y salud emocional para la población urbana que, cada día más, necesita re-conectar con la naturaleza. Es un tesoro ecológico donde se conserva una parte fundamental del patrimonio natural de la República Dominicana. La intención de tomar parte de sus terrenos para otros fines urbanísticos debe ser analizada con profundidad y sentido ético. La fragmentación del Jardín Botánico no es una simple cuestión de metros cuadrados. Es una decisión que afecta la salud ecológica y el bienestar de las futuras generaciones. Desde una perspectiva ecofilosófica, el Jardín Botánico es un espacio donde se cultiva la conciencia ecológica. Allí los niños aprenden que la vida no es un recurso a explotar, sino un misterio a preservar. Además, estudios en neuroeducación demuestran que el contacto con la naturaleza mejora la salud mental, reduce el estrés y fortalece la empatía (Louv, 2008). Estos beneficios no son accesorios, son esenciales para la formación de ciudadanos más sensibles y responsables frente a la crisis ecológica global.
Crecer en cemento mientras se reduce el verde es avanzar hacia un modelo de ciudad inviable. Los jardines botánicos son, en este sentido, espacios de resistencia frente a la lógica extractivista. Son santuarios donde la vida se mantiene, no por un capricho estético, sino por una necesidad vital. Las ciudades del siglo XXI necesitan integrar la naturaleza en su estructura, no desplazarla. El Jardín Botánico Nacional es parte del alma ecológica de Santo Domingo. Su preservación es una declaración de principios: queremos una ciudad que respete la vida, que eduque en valores ecológicos, que ofrezca espacios de salud física y emocional, y que se proyecte hacia un futuro sostenible. Destruirlo o fragmentarlo sería un error histórico. Las sociedades que destruyen sus jardines terminan cosechando desiertos, tanto en el paisaje como en la conciencia. La decisión que tomemos hoy determinará el tipo de mundo que heredaremos a las futuras generación.