Narratividad, memoria y etnicidad en El hombre del acordeón de Marcio Veloz Maggiolo

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MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN
La obra de Marcio Veloz Maggiolo constituye un mundo que el autor ha ido tejiendo con una clara conciencia de su oficio. Esto se puede confirmar en “El hombre del acordeón” (2003).
La intertextualidad que presenta esta obra la conecta con “La vida no tiene nombre” (1965), como si fuera una ampliación del mundo ya narrado de la vida en el Este de la República Dominicana durante la primera intervención estadounidense de 1916-1924. Veloz Maggiolo viaja a la memoria en busca de un tiempo que solo es posible recuperar mediante las historias, no solamente las que están depositadas en los archivos, como la de Incháustegui, sino la historia oral de un pueblo que construye su perfil.
La narratividad es la condición de lo narrado vista desde la antropología. Todos nos contamos historias. Todos hemos contado historias en el tiempo. Los hechos que contamos son ciertos o ficticios. Contamos a través de narradores y dirigimos nuestros cuentos e historias a otros que son, a su vez, narradores de lo que decimos. Ese decir es un discurso porque es la activación del sistema de la lengua por un narrador que se encuentra en el mundo. Un tejedor de historias en el tiempo, que posee el sentido histórico y nos da su propia perspectiva de lo que cuenta.
En el mundo de Veloz Maggiolo, las historias son coherentes, aunque el autor busca ir deshaciendo lo que cuenta. El hilo narrativo fluente como un caudal de la memoria, indaga otros tiempos. Como las historias orales, populares, cuyas acciones son significativas y que, como la del acordeón de Honorio, van a pasar a la construcción de un metarrelato que es la épica del país, del merengue y el rechazo de la historia oficial e institucional. Como un tiempo histórico que se cruza en la ‘History’ frente a las distintas ‘story’, cuentos, trazos, consejas, confidencias, decires que se cruzan en las distintas hablas en un espacio-tiempo determinado.
Desde el inicio de “El hombre del acordeón», Veloz Maggiolo advierte al lector que todo lo que encontrará en la obra es ficticio, incluyendo al autor mismo. Este rasgo metapoético es ampliado en el primer capítulo. Es coherente con la nueva narrativa que Veloz Maggiolo inaugura en la República Dominicana. Consiste en deconstruir la idea, el concepto de novela. Se trata de quitarle importancia; ir contra la novela burguesa del siglo XIX que construía verdades; que estructuraba historias dentro de cierta unidad: nacional, temporal, espacial. Es decir, era integradora de un todo; o más bien de la idea de totalidad en la cultura.
Por el contrario, la narrativa de Veloz Maggiolo solo se totaliza en su conjunto. Cosa que no puede ver el lector de una o dos novelas del autor. Hay que ir mucho más allá para encontrar el manto que teje. Esto aparece metaforizado en este capítulo, en que el narrador dice que su narrar es “como hacer una colcha con retazos de diferentes tipos de telas y de colores como las que hacían las abuelas durante los años nebulosos de la infancia” (9). El contador de historias está consciente de que la suya es una de las múltiples historias posibles. Y aunque quiera disolverla en la diversidad, la singulariza en su propia construcción narrativa.
Los personajes son presentados en el fluir de conciencia del narrador que los ubica en una historia y en un espacio tiempo en el que se construyen como parte de una épica o la historia trágica de la dominicanidad. El talante épico viene del acto de seguir a un hombre importante en la historia oral y en la historia nacional. Está en elevar los acontecimientos cotidianos al nivel de la historia oficial. Es darle a la historia de la gente simple, la altura que tuvo en el tiempo de la oralidad, fuera de la radio y los modernos medios de comunicación. Así cruza lo popular con lo oficial, la libertad del arte frente a la imposición del poder.
La relación del dictador Trujillo con el merengue. Su intento de acaparar la épica popular para su proyecto político se filtra aquí, porque en una sociedad urbana y agraria, los valores culturales sirven para construir el discurso del poder. Y Trujillo usó el merengue como un símbolo que se convierte en signo de su poderío. Los espacios de la historia del coronel Trujillo, se recorren en la conformación de las diversas historias. Honorio tocó el acordeón para él en San Cristóbal, Honorio le enseñó a gozarlo. Honorio Lora era el merenguero favorito del Jefe. Y había muerto en la frontera.
El Espacio mágico o particular es La Salada que aparece unida a la historia del pirata Jack Hawkins. Honorio Lora al morir le practicaron un ‘desunen’ para transformarlo en una figura mítica llamada Samedí. Este Hecho traslada la historia del hombre del acordeón a otras historias de fronteras. De flujos culturales, de maravillas y realidades en las que son protagonistas haitianos y dominicanos en el espacio de la línea. De ahí en adelante se trata de la historia del rayano. La vida de la línea con sus cruces y entrecruzamientos culturales, sociales, étnicos y políticos.
La importancia de esta obra dentro de la narrativa de Veloz Maggiolo es la elaboración de un mundo parecido al dominicano. Es la configuración de una épica en torno al merengue. La música se hizo parte de la identidad nacional. En el espacio árido, en la lejanía de la maravilla de nuestros cruces, “El hombre del acordeón” es una épica de nuestro estar en el mundo. Solo el narrador desde una diégesis que se hace y deshace, que juega con distintos espacios y variados tiempos, la conforma para que encontremos un mundo recuperable por la lectura, significativo por la historia y los valores culturales que crea y recrea.
La narratividad, el acto mismo de contarnos historias, es parte de un programa cultural que va dirigido a conocernos a nosotros mismos (Ricoeur, 1999); de decir nuestra condición en el tiempo. De ahí que la obra actúa dentro de la historicidad y permite una lectura reflexiva en la que se pone en primer plano una comunión del sujeto con su mundo. Veo en “El hombre del acordeón” un texto mayor de la cultura dominicana y de la obra de Veloz Maggiolo que tiene una relación intertextual, un parecido o semejanza, con dos textos de otros autores.
Pongo, por ejemplo, la relación extratextual con “Cien años de soledad” (1967) de Gabriel García Márquez. Los vallenatos de Francisco Moscote Guerra, Francisco el hombre. Esta parte de la obra es todo un abordaje de la música popular y la grandeza de un músico. Pero también el ver como una comunidad se religa con su cultura, en especial con la música. Esta se convierte en una diversidad de historias que nos permiten pensar nuestra singularidad como grupo humano.
El otro ejemplo está referido a “Las metamorfosis de Makandal” (1998), de Manuel Rueda; creo que ambos autores han logrado construir una épica de la zona fronteriza, una exaltación de los valores, de la diversidad, de los mitos de los pueblos de la línea, de la imbricación con la realidad maravillosa de nuestra cultura. Invito a releer estos dos textos como la expresión de nuestra narratividad más significativa.