Tríada en tensión: el acto de significar entre creación, estructura y mirada

Trípode, cÁmara y joven buenas-cámaras-video.
El autor, el texto y el lector forman un trípode como el soporte de una cámara, que permite capturar una imagen de la vida. Ya sea desde la realidad, la invención o la ficción, estos tres elementos equilibran la mirada con la que se enfoca y representa el mundo. Si lo analizamos con detenimiento, cada uno cumple un papel esencial en esta «fotografía simbólica» que constituye toda obra discursiva. Triada como eje de la experiencia y representación discursiva de la vida que da estabilidad al acto de significar. El autor como punto de origen de la intención comunicativa elige el ángulo desde el cual se enfocará la realidad. Su posición, ideología y contexto social se filtran en la lente creativa con la que diseña el universo textual. En términos van dijkianos, configura las estructuras profundas que moldean lo dicho y lo no dicho. El texto por su parte es el plano visible, la superficie del encuadre. Contiene la huella de su creador y su tiempo y, a la vez, ofrece una autonomía semiótica: estructuras, estrategias retóricas, símbolos, silencios. Es el soporte material donde se cristaliza la imagen, pero también el campo donde puede entrar el azar interpretativo.
Luego, se completa con el lector quien cierra el circuito como coproductor de significado y genera luz al iluminar el texto con su mirada. Aporta sus propias lentes culturales, emocionales y epistémicas para completar (o tal vez distorsionar) la imagen capturada. Su rol activa la polisemia y convierte la obra en acontecimiento. Así, este trípode sostiene no solo la cámara que retrata, sino el acto mismo de mirar, interpretar y resignificar. Toda producción discursiva, desde un titular periodístico hasta una novela fantástica, es una instantánea en disputa, revelada desde las tensiones entre esos tres elementos. Porque toda obra discursiva —literaria, académica o mediática— se erige como una fotografía simbólica de la realidad: una imagen textual encuadrada por el autor, mediada por la estructura del texto y reinterpretada por el lector.
Sin embargo, su estabilidad ha sido históricamente problematizada e interrogada desde cada uno de sus elementos en la producción del sentido desde diversos marcos teóricos: estructuralistas, hermenéuticos, semióticos y fenomenológicos. Este ensayo examina la tensión dinámica entre autor, texto y lector como ejes constitutivos de la interpretación, apoyándose en aportes de Barthes, Foucault, Ricoeur, la Escuela de Constanza y la semiótica contemporánea para, finalmente, brindarles nuestro punto de vista como posibilidad, solo como posibilidad…
Roland Barthes habla de la descentralización del autor, en su célebre ensayo La muerte del autor (1967), propone una ruptura epistemológica con la concepción tradicional del autor como origen único del significado. Según Barthes, el texto se concibe como “un tejido de citas” que se desprende de la autoridad autoral para liberarse en el espacio plural del lector. Así, el autor desaparece como figura soberana, desplazando el foco hacia la lectura como acto creador. El trípode se desequilibra voluntariamente: lo que importa no es la intención sino la interpretación.
Michel Foucault, por su lado, ve al autor como función. En su conferencia ¿Qué es un autor? (1969), complejiza aún más el estatuto del autor al desvincularlo del individuo empírico. Para él, el autor es una “función discursiva”, una categoría institucional que regula, clasifica y controla la circulación del discurso. El texto, entonces, no se reduce a una obra de creación, sino que se enmarca en dispositivos de poder que determinan lo decible. La cámara textual retrata no solo desde el ojo del autor, sino desde el marco discursivo que lo habilita.
Para Paul Ricoeur el lector es un mediador hermenéutico. Desde una perspectiva fenomenológica, plantea en Tiempo y relato (1983) el concepto de “triple mímesis”: prefiguración (mundo de la acción), configuración (mundo del texto) y refiguración (mundo del lector). Esta concepción sitúa al lector como agente que actualiza el sentido del texto al integrarlo a su propia experiencia. La lectura es así un proceso hermenéutico en el que el texto cobra vida dentro del horizonte del lector, quien reconstruye la imagen con base en su propia historicidad.
La importante Escuela de Constanza con Iser y Jauss a la cabeza hablan de “la estética de la recepción”. Wolfgang Iser propone que el texto literario posee zonas de indeterminación que requieren la participación activa del lector para completarse. La figura del lector implícito emerge como guía estructural del sentido potencial. Hans Robert Jauss, por su parte, introduce el concepto de horizonte de expectativas, el cual condiciona la recepción desde una perspectiva histórica y social. El lector no solo recibe pasivamente, sino que contribuye a la transformación del canon, haciendo del trípode una estructura móvil y dialógica.
En el mundo de la semiótica, autores como Umberto Eco y Charles Sanders Peirce ven el texto como campo de interpretación abierta al presentar una concepción semiótica en la que el texto es una máquina generadora de sentidos. Eco, en Lector in fabula (1979), sugiere que el autor modela un lector cooperativo capaz de activar la “semiosis ilimitada” de los signos. Peirce, por su parte, destaca el carácter triádico del signo (representamen, objeto e interpretante), donde la interpretación nunca se cierra. El trípode se convierte aquí en un juego infinito de espejos donde la realidad se construye y reconstruye constantemente.
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Lejos de ser una estructura fija, la relación entre autor, texto y lector constituye una red de tensiones en la que el significado es una construcción negociada. En el proceso comunicativo, cada uno de los tres pilares aporta una lente distinta con la que se encuadra la realidad: el autor propone, el texto media, el lector reconfigura. La cámara que retrata la vida no produce una imagen única ni objetiva, sino múltiples visiones, en permanente reencuadre. Comprender las distintas teorías que abordan esta tríada permite problematizar no solo el texto, sino el acto mismo de leer como fenómeno cultural.
No. El autor no ha muerto. Respira en cada pliegue del texto como brisa que no se ve, pero se siente. Es la sombra en el umbral del verso, la chispa que incendia la primera palabra, el eco que aún resuena cuando el lector cree haberlo olvidado. No lo entierren aún ni con glosas estructurales, ni con diagnósticos posmodernos. Porque cuando se borra su huella, el texto se vuelve máscara sin rostro, espejo sin fondo, cuerpo sin latido. El trípode se tambalea. La cámara de la interpretación captura un vacío. La imagen que debía revelar el mundo se distorsiona en su ausencia. Pero si reponemos su pulso, si lo vemos no como dueño, sino como médium, no como verdad, sino como verbo, entonces el sentido vuelve a encenderse. El autor es el alma que sueña el texto y en su sueño nos contiene a todos.