Un viaje pueblerino por los senderos de José Rafael Lantigua

Jose Rafael Lantigua
Herida por la mala nueva de la desaparición física del gran intelectual dominicano, poeta y ensayista de altos vuelos y exministro de Cultura, José Rafael Lantigua, comparto las palabras que leí en su presencia en 2017, cuando celebraba, en la Fundación Corripio, un aniversario de su valiosa aportación sobre la actualidad literaria dominicana e internacional en los periódicos, que – en la época a la cual nos referimos- se llamaba Biblioteca.
En el mundo donde yo nací, que no era precisamente “El pequeño mundo de Don Camilo”, de Camilo José Cela, pero cuánto se asemejaba, a tanta distancia de años a dos ciudades donde yo me sentí pertenecer: Comala y Macondo, creadas por Juan Rulfo y el Gabo.
Soy fruto de esas torrenciales aguas y de esos seres mitad vivos y mitad muertos en los que no se sabe si los vivos son los fantasmas y los muertos somos los que nos creíamos vivos. Los muertos salían de sus tumbas y de todas partes en Monte Plata y según las malas lenguas hablaban, daban los números y lo que sí puedo asegurar es que convivieron con total naturalidad con nuestros miedos infantiles.
Yo me escapé del mundo de la realidad muy pequeña para habitar por siempre en ese otro que recibía y percibía a través de mis tantas y desordenadas lecturas de paquitos, revistas, novelitas de vaqueros, policíacas, románticas y libros provenientes de todas partes y de tantos autores que la verdad no sabía distinguirlos. En ese tiempo me llevaba bastante mejor con sus historias. O sea, que para mí, Don Marcial La Fuente, Corín Tellado, Agatha Christie o Jardiel Poncela vendrían a ser lo mismo: escritores.
Bastantes años tuvieron que pasar antes de que supiera diferenciar entre las novelitas de Bárbara Cartland y las de Charles Dickens, o las novelitas Julia de la La Tía Julia y el Escribidor…
Es que la aventura de leer cuando se vive en Macondo o en Comala no es una de esas actividades en las que uno puede contar con alguien que te guíe y explique por qué este sí, y el otro no. Eso tenía de bueno que nos dejaba en libertad de leer de todo, en abundancia… Pero también nos dejaba envueltos en una maraña intelectual de la que no nos salvaba nuestra ruralidad y la apatía literaria generalizada en el entorno.
Monte Plata era un pueblo donde los libros no eran de primera necesidad, donde la librería nunca abrió ni existe aún y donde los eventos culturales a los cuales nos hubiera gustado asistir los teníamos que hacer nosotros mismos.
Pero a los que aman los libros estos les llegan de dónde sea y nosotros crecimos con abundancia de alimentos, pero no sabíamos mezclarlos, diferenciarlos, entenderlos más allá de la propia historia que nos conmovía o simplemente nos entretenía.
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Con mi amigo y hermano Edgar Reyes (RIP) no vidente, nos leímos todo lo que se podía leer y conseguir de Monte Plata a la capital. Sin darnos cuenta, me convertí en la Marianela de Benito Pérez Galdós. Y el placer de leer en voz alta por años con Edgar más la lectura solitaria e independiente, adquirió verdadero sentido, cuando empezamos a leer Biblioteca, en Última Hora, escrita y editada por José Rafael Lantigua
Fue para nosotros el abono que convirtió la lectura en conocimiento, con orden, datos, crítica y analítica.
Pudimos por fin salirnos de las historias para conocer a quienes las imaginaron, escribieron y publicaron, añadiendo además detalles de su entorno creativo. Fue como descubrir el mundo real después de haber habitado en el sueño, la pesadilla, el amor, el llanto, la maravilla y la fantasía.
Nombres de autores dominicanos y extranjeros que estaban en las listas de superventas que antes publicaban también los periódicos, nombres y rostros que se escaparon de las portadas de los libros para caminar por la feria del libro del parque El Retiro en Madrid, Barcelona o Buenos Aires. O sea, existían, eran personas que les gustaba hacer cosas que a nosotros mismos nos gustaba, daban entrevistas y leían sus textos frente al público, presentaban libros y firmaban autógrafos…
En la época verdaderamente análoga de la vida la gente de los pueblos hacía cursos por correspondencia y solo se enteraba de lo que decían en los noticiarios o publicaban en los periódicos. A nosotros los pueblerinos nos tocó aprender las intríngulis de la literatura por las clases gratis que Lantigua nos daba cada sábado a través de su Biblioteca.
Eso fue gestando en nosotros una nueva forma de asumir la literatura, nos enseñó a conocer a nuestros dioses literarios y nos contaba y evaluaba sus aportes o analizaba algún libro que ya habíamos leído en una prosa hermosa y con un lenguaje completamente comprensible para nuestra formación de entonces.
El poeta, ensayista y crítico compartía todo lo que debíamos saber sobre nuestros grandes dioses y sus obras y algunos comentarios pequeños sobre actividades culturales nacionales o internacionales. Todo lo que debíamos saber sobre libros, escritores, eventos, separando lo bueno de lo lamentable.
Biblioteca marcó un antes y un después en nuestra historia como lectores. También nos ayudó -muchos años después- a tomar la decisión de ser escritores. Eso que nos pasó es una experiencia compartida por muchos en el territorio nacional. Cada quien ojalá la contara como un homenaje a quien usó sus espacios para alabar, engrandecer y promover la lectura y a los escritores de aquí y de allá.
Por eso, me considero una hija agradecida de su guía y de su pasión por los libros. Me siento feliz y honrada de haberlo acompañado a lo largo de tantos años en sus afanes profesionales y personales.
Desde aquella primera gran feria del libro que soñó, creó y puso en funcionamiento.
Un gran modelo de gestión fue su paso por el Ministerio de Cultura y su visión general que integró todas las instituciones culturales y museos, con festivales de teatro, cine, talleres barriales, una sinfónica funcional, concursos literarios, de música, las ediciones de libros especializados, literarios y rescates. Las becas de Berkeley, las noches largas de museos, ferias nacionales, internacionales y regionales.
En todas las facetas de su labor dejó una impronta que nos enseña cada día más y cada vez que lo pienso agradezco más su capacidad gerencial, su recia disciplina, su talento y sensibilidad. Por eso, lo leo más, lo respeto más y lo quiero más…
Cuando hace ocho años me dio el honor de decir unas palabras en la celebración de sus aportes al periodismo cultural, al que ahora le agregué la parte de su servicio en el estadio, llamé a Edgar porque era la única persona que había vivido exactamente lo mismo que yo, para leerle lo que habría de contar sobre lo que fue Biblioteca y su impacto en nosotros los lectores pueblerinos, desde nuestro Monte Plata de entonces y me regaló esta imagen inolvidable: «Marivell, eso fue para nosotros algo tan grande e indescriptible como cuando el coronel llevó a su hijo Aurelio Buendía a conocer el hielo». Es verdad, así de grande e imperecedero fue.