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Atitlán, el lago de los dioses

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Algo más de 130 kilómetros cuadrados de agua azul rodeada de una cadena de enormes volcanes de perfecto diseño. Allí están presentes San Pedro y Santa Clara, con más de 2.900 metros de altura, Tolimán de 3.100 metros y el majestuoso y más perezoso de ellos por el cúmulo de nubes que se retira más tarde de su cumbre, Atitlán con 3.535 meros de altura.

La sensación del viajero es sobrecogedora, sobre todo en el mejor momento del día que tiene el lago, el amanecer. Levantarse con el alba y sentarse en una simple silla a la orilla del lago en la ribera de Panajachel no tiene precio.

La oscuridad se va disolviendo lentamente mientras las nubes se levantan y apenas cubren las cumbres más altas, y el agua del lago devuelve las imágenes de todo lo que se mueve en él o está en sus orillas, pues la pureza del aire lo convierte en un enorme espejo.

Un trozo de naturaleza pura

Es el mejor momento, el instante de la magia y el segundo en el que se comprende por qué los dioses lo crearon y lo eligieron como su baño. Un suave viento mueve las nubes hasta alejarlas de las cumbres y dejar ver los cráteres perfectamente tallados. Y la vida comienza de nuevo en las poblaciones cakchiqueles y tzutuhiles, que desde siempre han ocupado las riberas del lago.

La pesca y algo de agricultura ha sido su riqueza tradicional, hasta que la llegada del turismo ha cambiado algunas de estas formas, afortunadamente y pese a lo que digan algunas guías, aun es poco y el proceso se hace muy lento, afortunadamente para el viajero y para este trozo de naturaleza pura.

A lo largo de las riberas se han ido instalando diferentes poblaciones que han ido creciendo con el paso del tiempo. La más importante, que ocupa un lugar preferencial en la zona norte de Atitlán, es Panajachel, a 160 kilómetros al oeste de la capital, que cuenta con 6.000 habitantes y gran cantidad de instalaciones hoteleras y una calle (Santander) donde se puede encontrar de todo.

Desde su puerto se puede iniciar un recorrido en barco que permite llegar a otras localidades, sobre todo a la enigmática Santiago de Atitlán, desde donde los volcanes son más tangibles, mucho más amenazantes.

Allí, al final de una profunda bahía se encuentra la capital del mundo tzutuhil, uno de los principales asentamientos de este pueblo en la época precolombina que aún mantiene sus costumbres ancestrales.

El Maximón

Enmarcado por los volcanes Tolima y Atitlán por un lado y por el San Pedro por el otro, el pueblo mantiene parte de su pureza gracias a la población autóctona que con sus ropas bordadas de multicolores tejidos, sus huipiles, nos permiten soñar con lo que debió ser hace cientos de años, cuando para atravesar el lago tan sólo había pequeñas canoas de madera realizadas de un solo tronco vaciado.

La mezcla con la religión cristiana no les ha hecho perder sus tradiciones, y así pueden convivir juntos la Iglesia católica construida en el año 1541, cuyas paredes recuerdan con exactitud la cantidad de hijos de este lugar que murieron en la guerra civil que por más de treinta años mantuvo este país durante la mitad de siglo XX, con el Maximón, mitad santo, –se le conoce también como San Simón–, mitad ídolo.

Este personaje venerado por los autóctonos en una sala iluminada tan sólo por velas, representa la imagen de un hombre sentado en una mecedora, con un gran sombrero en la cabeza y portando en una de sus manos una botella de alcohol y un gran puro en la otra.

A él se le ofrecen diferentes presentes, comida, fruta, e incluso dinero, para pedir su ayuda y protección. Desde aquí, y tras pedir la ayuda de Maximón se puede iniciar la subida al volcán Atitlán, ocho horas de caminata que merecen realmente la pena.

Otras poblaciones interesantes, más pequeñas, que jalonan el lago son las de San Lucas Tolimán, donde se inicia el ascenso al volcán Toliman y la de San Pedro de la Laguna desde donde tras seis horas de camino se sube hasta el cráter del San Pedro, otra maravilla paisajística de la naturaleza guatemalteca.

Por la noche y cuando los pescadores se retiran de la superficie del lago respetuosamente, aparece el xocomil, un viento que sopla de sur a norte que barre el agua limpiando cualquier impureza que sobre ella exista, para que con el amanecer el espejo vuelva a devolver a la vista las imágenes que en su entorno guarda. EFE REPORTAJES

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