Andrés L. Mateo: La otra Penélope

Por OLIVIER BATISTA LEMAIRE
06 noviembre, 2010 6:31 pm Sé el primero en comentar

La reedición por la editorial Alfaguara de la novela La Otra Penélope del consagrado  escritor dominicano, Andrés L. Mateo, es la más grata oferta narrativa que el año 2010 depara hasta el momento al lector. Podemos dilucidar ya, en esta obra publicada en 1980, la tensa prosa poética  que caracterizará su idiolecto literario, es decir, la singular identidad estilística del escritor, que se confirmará ulteriormente con sus otras novelas. 

Resulta cada vez más arduo dar con una novela que conjugue una casi perfecta composición narrativa, atravesada por personajes  que sean verdaderos vasos comunicantes de una trama enraizada en los efectos psicosociales  de la guerra de Abril, y un estilo donde germine, en cada página, la agudeza analítica (el autor desmenuza los alicaídos sentimientos de desarraigo que desorganizan el vivir de algunos personajes de la postguerra dominicana) y el sesgo poético. A partir de éste, la escritura deslumbrante del novelista elude la desabrida prosa coloquial e informativa en la que se empantanan algunos narradores dominicanos. Escenifica el destierro histórico y espiritual de los personajes entre los muros de la ciudad colonial de postguerra, a partir del pathos existencial, es decir, del vivir subjetivo de los mismos. Les da así  la dignidad literaria que no tendrían en un ensayo histórico o en una prosa narrativa ilusamente objetiva, con pretensiones épicas. 

 Para esclarecer esta doble articulación  podemos argüir que La Otra Penélope es una novela circular. En efecto, la trama central comienza y termina con la  invocación del cuerpo exangüe  de Alba Besonia, narrada con lucidez abisal por Félix Marcel, quien asume la responsabilidad de fraguar una visión fatalmente concéntrica sobre un mundo ceñido por la desesperanza y la muerte (la urbe que cobijó la gesta de abril 65). Alba Besonia se suicida; desdibuja así una vida de mediocres amoríos con Feliz Marcel, burla de manera trágica la sórdida relación sadomasoquista  que la subyuga al siniestro Doctor Latorre, emblema personalizado del autoritarismo dominicano. No es ilícito leer también  en el suicidio de Alba Besonia  el símbolo de un naufragio generacional, de una juventud que no supo o no  pudo encontrar una luz que la enrumbara fuera del sinsentido y la violencia. Nos confiesa el narrador “Todo parecía encajar en la desgracia. Álvaro, el doctor Latorre y ella, bailaban en mi mente una danza macabra”(p. 91). 

En ese círculo fatal, y por un ineluctable efecto de ósmosis social, Álvaro Pascual el combatiente, rumia su derrota en el bar Roxy,  entre tragos  y la amarga “declamación de cafetín” (36) con la cual se da ínfulas de ridícula heroicidad. Al igual que  Alba Besonia, la muerte, insidiosa, lo espera en los callejones de la ciudad colonial; cae bajo las balas del sicariato postrevolucionario que prolonga la guerra a su manera. Su muerte física fue precedida de una lenta muerte espiritual,  pues sus palabras, torpemente enraizadas aún en la gesta de abril, así como   la reivindicación de una dudosa culpabilidad,  mal se avenían con una realidad social de cervezas y encuentros turbios en un mortecino bar del Conde.

Feliz Marcel, el narrador,  es el actor cardinal de la intriga;  amante fallido de Alba Besonia, escucha las peroratas quiméricas   de Álvaro Pascual, sus sobresaltos épicos adulterados por la mentira y los tragos; pero sobre todo Feliz Marcel reconoce ser también un antihéroe más, la sombra de una farsa en la cual la valentía es un irrisorio espejismo. Así, cuando recibe el  revólver de parte de Álvaro Pascual, siente su apocamiento  y la teatralidad del gesto. Nos dice de manera cruda: “El revólver me sacaba, súbitamente, de mi vida de todos los días, y la parodia de heroicidad que revivía, no alcanzaba a diluir el fondo de miedo e inseguridad que me embargaba”(p. 74). Los personajes descritos con minucia de entomólogo por  Feliz Marcel (delegado sutil del autor), son incapaces de ser sujetos de sus historias personales. Viven recostados en un pasado fallido (la guerra de Abril), son incapaces de asumir el presente o, son presas, como Alba Besonia del encono sádico  de un  antisujeto individual como el doctorcito  Latorre. O, son acosados  y ultimados, como  Álvaro Pascual. 

La crítica feroz que el escritor urde sobre las relaciones sociales en las capas medias dominicanas, donde predomina el autoritarismo y la huera verbosidad, se extiende al pálido erotismo de los personajes. Feliz Marcel y Alba enlazan sus cuerpos en un hotelucho de chinos, despersonalizados, sin implicarse en el gesto amoroso. El narrador desalentado no teme decir: “hacíamos el amor como dos fugitivos sin saber de qué huíamos”, (25)  y observa impotente a su amante ser  objeto del deseo crepuscular, sórdido, del neurópata doctor Latorre. El amor y la acción son parodias de la existencia humana, gesticulaciones inauténticas de sujetos que resbalan en el sinsentido. El amor forma parte del influjo de pesadumbre y frustraciones heredadas de la  guerra perdida,  es el lente sensorial a través del cual el autor  nos muestra unas relaciones humanas degradadas y  sin norte.

El narrador  asume también la acción y el sentir de los personajes, a partir de una sutil madeja discursiva hecha de expresiones donde se resaltan las pasiones, los estados de ánimo, la subjetividad marchitada por el desarraigo. Estas expresiones pasionales o patemas configuran el ritmo de la novela, situando  a los personajes en una misma condición   de desdicha y extrañeza.  La belleza de Alba Besonia es vista a partir del “vuelo frío de la desgracia” (p. 16) o  “rodeando el ensueño en un gesto dolido”; (p. 24) la joven mujer antes de perecer en el solitario entorno acuático de la ciudad colonial “se lamentaba del absurdo y la inutilidad de las noches” (27).

En el umbrío tedio del Roxy, Álvaro va más lejos  en la descripción de su patética perdición; murmura “todo es mierda, estamos vacíos”.(29)  El narrador despierta en el hotel de chinos con la sensación de ser extranjero a sí mismo; se mira en el espejo y afirma “esa cara siniestra nunca me había acompañado. Acaso si la desgracia me estuvo destinada desde hacia mil años y mi rostro venía de otros tiempos” (p. 101). Subrayamos ya el desarrollo circular de la intriga novelesca; en efecto Andrés L. Mateo adopta una estrategia narrativa eficaz, recurriendo más a la intensidad circular que a la extensión y proliferación de sitios y actores secundarios.  Focaliza la tensión patética del relato en tres o cuatro personajes, en torno a los cuales giran las reflexiones intransigentes de Feliz Marcel. En cuanto al espacio representado, el autor no diluye el relato en descripciones tediosas e inoperantes.

 Los personajes  circulan en lugares bien circunscritos, donde regresan  a rumiar sus desdichas. Según las conceptualizaciones del semiólogo ruso Mijail Bajtín, las categorías espacio-temporales  o cronotopos  de la novela son el bar Roxy, el hotel de chinos, la calle el Conde, sitios de repliegue vital y social, donde los personajes fingen huir de sí mismos, sumergiéndose en un  tiempo  repetitivo, que los ciñe con una mortal fatalidad, para aislarlos.  

Esos cronotopos simbolizan y contraponen  el tiempo muerto de la ciudad colonial, vivido por los personajes,  al tiempo vivo, pletórico de esperanzas de los combatientes constitucionalistas, los espacios cerrados y sombríos, de tragos y desamor, a los espacios abiertos donde se gestó la guerra patria. La otra Penélope es además una novela poética, que se inscribe dentro de una  larga tradición que va del Enrique de Osterdiguen de Novalis,  pasando por La Olas de Virginia Woolf, hasta Aura de Carlos Fuentes.

Aquellos lectores que deseen  ahondar en la obra ya profusa del autor, les aconsejamos el libro entusiasta  del ensayista dominicano de la diáspora, Miguel Ángel Fornerín titulado “Andrés L. Mateo, la aventura espiritual de la dominicanidad “.

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