El semáforo

El semáforo

Aunque no pertenece al mundo de los parlantes, se le ubica como un centinela militar en cada esquina o calle de las ciudades en las que desarrollamos nuestras actividades cotidianas.

El semáforo, ciertamente, no habla, pero su lenguaje se concreta en la sincronización de sus tres luces: roja, amarilla o verde.

Este aparato regulador se ha convertido en una norma para disciplinar el tránsito de los automóviles, vehículos pesados y motocicletas, especialmente las destinadas al llamado “motoconcho”.

Qué genial ha sido la idea de aquel o aquellos que se dieron a la tarea de inventar este artefacto, que facilita el desenvolvimiento de nuestras tareas cotidianas fuera de nuestros hogares o centros de trabajo.

No obstante la existencia y funcionamiento de los semáforos en las principales intersecciones de las ciudades, muchos conductores se dan a la tarea de violar las ‘órdenes’ que imparten estos aparatos, poniendo en peligro las vidas de quienes utilizan las vías públicas.

Por las anteriores razones, cada día los fatales accidentes de tránsito cobran las vidas de decenas de personas, llenando de dolor hogares dominicanos.

Es hora de que quienes incurren en prácticas violadoras de la ley, saltándose la luz roja de los semáforos, reflexionen acerca del deber y la responsabilidad que tiene cada usuario de las vías públicas de respetar los semáforos, así fuere en una avenida principal o en una calle de menor tránsito vehicular.

Respetar es el don más hermoso del ser humano. No es posible que a diario tengamos que observar reiteradas violaciones del orden público, cometidas por personas sin ningún ápice de conciencia ciudadana.

Es imperativo respetar la ley de tránsito, la 241 que rige la circulación vial en nuestro país.

Debemos actuar con sensatez y apego a los más elementales principios cívicos, si es que aspiramos a tener una nación organizada y habitable.


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