“Los monstruos” se apoderan de Bellas Artes

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La obra “Los monstruos” del dramaturgo argentino Emiliano Dionisi , llega a la sala Máximo Avilés Blonda, de Bellas Artes en una producción de Juancito Rodríguez, bajo la dirección de Indiana Brito y protagonizada por Frank Ceara y Carolina Rivas.
“Los monstruos” es teatro musical, pero no es una comedia, género con el que se asocia generalmente a este teatro, la obra se acerca más bien al psicodrama, aunque con momentos de fina hilaridad. La música del compositor argentino Martín Rodríguez es parte primordial, como corresponde; es elemento vinculante entre la ficción y la realidad, planos concomitantes en los que se desarrolla el drama escénico.

La pieza cuenta la historia de un padre y una madre –Claudio y Sandra– que se conocen en el colegio al que asisten sus hijos, que tienen algo en común, y es la incapacidad de adaptación. A partir de aquí el texto verosímil, va mostrando el esfuerzo de los padres para enfrentar esta realidad, pero al mismo tiempo vamos conociendo sus frustraciones, que como huella indeleble dejaron sus propios padres –los abuelos– y cómo pueden repercutir estos traumas en los niños. Y es que nada es casual, todo tiene un antecedente, son los monstruos que habitan en el interior de cada uno.

Detrás del discurso “amoroso”, socialmente aceptado, la obra se centra en la relación de los padres con sus hijos y lo compleja que puede llegar a ser ésta hasta el punto de convertirlos en sus propios rehenes, en un mundo donde vale más la apariencia y nada es lo que parece. Sandra es la madre de Dolores, una criatura de nueve años, frágil y tímida, tratada como si fuera adulta. El vínculo es especial. Claudio es el padre de Patricio, su relación es diferente, él es enérgico, un tanto apartado de su hijo, solo intenta enseñarlo a defenderse de aquellos intolerantes, que se burlan de su “condición”.

La dramaturgia se desarrolla como dos unipersonales que se entrelazan en momentos precisos, y en cada uno, los actantes se desdoblan en otros personajes, así Sandra se convierte en Dolores, su hija, y en su propia madre, y Claudio, a su vez, en su hijo Patricio.
Nada tendría sentido si los actores no fueran capaces de proyectar con una actuación verosímil, las características de los personajes.
Pero hay algo más, un musical requiere de otros atributos, los intérpretes deben ser cantantes, capaces -con su voz- de sumergirnos en una espiral de emociones y mantener absorta a la platea. Carolina Rivas y Frank Ceara poseen ambos atributos, capacidad interpretativa y vocal. Su desempeño escénico es arbitrariamente cambiante. Carolina Rivas alcanza su mejor momento cuando canta “¿Por qué a mamá” y Frank Ceara al interpretar “Equipo Ganador”.

Los músicos, colocados en la escena, producen momentos musicales hermosos, acompañando a los intérpretes en perfecta consonancia con sus disímiles momentos emocionales. La pequeña orquesta conformada por Álvaro Dinzey –teclados–, Daroll Méndez –bajo–, Samuel Brea –batería– y Luichy Guzmán –guitarra y director musical, asume el protagonismo correspondiente. El espacio escénico delimitado por solo dos sillas, reserva el proscenio a los intérpretes, posibilitando, con su cercanía, una mayor interacción con el público. Todo fluye, el ritmo musical se adecúa al “tempo” de la puesta en escena, que con gran habilidad dirige Indiana Brito.

El final, cargado de simbolismo, se distancia de lo admisible, de lo verosímil que ha marcado el devenir de la obra, dejando al espectador su propia conclusión.

El concepto de ‘monstruos’ es amplio. Ligado a la mitología, son seres híbridos con elementos humanos y animales, que inspiran miedo. También se utiliza para resaltar la maldad de los seres humanos. Pero el concepto utilizado de manera negativa también se vincula a lo positivo refiriéndose a aquellos dotados de talento que destacan en alguna disciplina. Carolina Rivas y Frank Ceara son monstruos en ciernes, y esta vez con “Los monstruos” se han apoderado de Bellas Artes. Ojalá puedan apropiarse de otras salas, para que otros públicos tengan la oportunidad de descubrirlos sin ningún temor.