Vida entre pinceles
Un obrero del arte camina 12 km con la esperanza a cuestas
A sus 75 años, el pintor popular Familia sigue creando, pese a la enfermedad y precariedad, mientras espera una pensión digna y mantiene viva la esperanza.

Rafael de la Rosa Familia, pintor popular.
Cada mañana, cuando el cuerpo se lo permite, abre la puerta de un pequeño cuarto alquilado en el capitalino Ensanche Kennedy. El espacio está deteriorado, apenas ventilado, pero dentro guarda alrededor de 200 pinturas acumuladas a lo largo de décadas. Es su taller. Su refugio. Su testimonio.
Rafael firma Familia, aunque De la Rosa es el primer apellido, así prefiere ser conocido. “Yo firmo Familia”, dice, con la tranquilidad de quien ha pasado la vida entera afirmando su identidad más allá de los nombres.
Familia se define como un obrero del arte. Autodidacta, enamorado de la pintura desde niño, trabajó durante años, los 365 días, sin vacaciones, hasta que la salud comenzó a imponer límites. Hoy tiene 75 años y carga con problemas de próstata y del corazón, además de dolencias acumuladas por el tiempo y por el uso prolongado de materiales que, sin saberlo, también le fueron dañando el cuerpo.
Nació en San Juan de la Maguana. A los cinco años su madre lo entregó a su padre tras separarse y fue la abuela quien finalmente lo crio. Su infancia transcurrió entre San Juan, Bánica y Las Matas de Farfán, en un entorno sencillo, marcado por la familia extendida y la supervivencia cotidiana.
San Cristóbal también ocupa un lugar importante en su memoria. Vivió 15 años en la calle Presidente Billini número 32, cerca del Hospital Juan Pablo Pina. “Ese fue mi entorno”, evoca.
El arte definió su rumbo desde la niñez. En la escuela hacía muñequitos, dibujaba sin parar y mientras las matemáticas o la historia no lograban atraparlo, el dibujo le daba sentido a todo.
“Lo que me atraía era mi pintura. A mí no me importaba lo que hicieran los demás”, recuerda. Sacaba mejores notas en dibujo que en cualquier otra materia y sin proponérselo, fue entendiendo que ese sería su camino.
Antes de dedicarse por completo al arte, trabajó en una compañía minera. El proyecto cerró al cabo de un año y entonces tomó la decisión de entregarse de lleno a la pintura.
Comenzó pintando murales en los bares de El Cercado y en Hondo Valle, decorando espacios populares. Para entonces, tenía 18 años de edad. Ahí empezó su carrera como pintor popular, en contacto directo con la gente.
Nunca tuvo maestros formales. Rechazó copiar. “Yo creo que el verdadero artista no es el que se va copiando una cosa”, afirma. Prefirió crear su propia línea, convencido de que el talento es para inventar, no para reproducir. Viajó a la capital, se socializó y encontró en el público su principal sostén. “Mi eterno agradecimiento”, repite.
El mar es uno de los temas que más lo atraviesan. Lo admira profundamente. Para él, ese mundo que pocos conocen está lleno de vida y de una belleza difícil de imaginar.
Durante años trabajó con óleo, hasta que el material comenzó a afectarle gravemente las vías respiratorias. Se sofocaba, tuvo que dejarlo por obligación y migrar al acrílico, técnica con la que continuó produciendo.
Aunque no le gusta la promoción ni la propaganda -no hay nada suyo en la web- participó en espacios como La Patria por Dentro, donde fue reconocido, expuso en la Mercedes García 16 y en muestras colectivas con el doctor Coiscou Weber, en el Ayuntamiento del Distrito Nacional, en tiempos de Papi Estrella. Aun así, cree más en el reconocimiento que se transmite de boca en boca.
Para él no existe una obra preferida. Cada cuadro es un pedazo de su alma. Cada pintura encierra sentimientos, vivencias, silencios.
El arte ha marcado su vida con altas y bajas. Crisis de salud, dificultades económicas, momentos duros. Sin embargo, asegura que su compromiso con la creación ha sido tan profundo, que el dolor no lo ha vencido. Quería que todos puedieran disfrutar del arte: ajustó precios, muchas veces cobró solo el costo del material, porque su meta era llegar al pueblo. “El pueblo me apoyó”, dice con gratitud.
Hoy vive con una pensión de poco más de cinco mil pesos mensuales, insuficiente, incluso, para cubrir medicamentos. Ha llevado su currículo a varios ministros de Cultura, con la esperanza de que le ajusten la pensión y le otorguen una más digna, pero no ha recibido respuesta alguna.
A esta etapa se suma una carga emocional mayor: tiene un hijo de 25 años, con síndrome de Down, con una edad mental aproximada de cuatro años. “Eso ha sido difícil, pero yo lo acepto como un premio que Dios me dio”, afirma con fe.
Desde su taller improvisado en el Ensanche Kennedy, Familia camina a pie unos 12 kilómetros hasta su casa, en el sector Los Girasoles, en Santo Domingo Oeste.
Su esperanza está puesta en Dios. “La esperanza, acompañada primero por el Señor, es lo máximo que se puede pedir”, dice. Eso, junto al amor por el arte y su fe en Cristo, es lo que lo mantiene de pie.
Su obra, asegura, ha llegado más lejos de lo que muchos imaginan: tiene cuadros vendidos en distintas partes del mundo, lo que considera una forma de promoción para la cultura dominicana y el arte popular. No se arrepiente de nada. Mientras tenga un soplo de vida, seguirá intentando crear. Por eso pinta con amor, como si cada obra pudiera ser la última.