Humanidad
Las cosas hermosas de la vida
Hablar de justicia social es mi manera de nombrar este mundo complejo que habitamos.

Creada con IA
Algunas amigas, con cariño y una pizca de cansancio, me dicen que siempre machaco los mismos temas. Que si justicia social. Que si equidad. Que si humanidad. Como si fueran una obsesión, una manía difícil de soltar.
A veces sonrío. Otras, guardo silencio. Porque no siempre es fácil explicar que una no elige de qué se ocupa el corazón.
También amo las cosas hermosas de la vida. Las amo profundamente. El café caliente en la mañana cuando el mundo todavía no me exige nada. La risa franca que aparece sin aviso. Un libro subrayado hasta el cansancio. El mar en calma. El gesto mínimo de cuidado que sostiene sin ruido ni fanfarria.
La belleza, en todas sus formas, me conmueve. Pero la belleza no vive en un compartimento estanco, separada de la realidad. No es solo un adorno o un escape. La belleza verdadera, esa que permanece, suele estar atravesada por preguntas difíciles. Por ausencias. Por desigualdades que no nos permiten mirar hacia otro lado sin pagar el precio.
Hablar de justicia social es mi manera de nombrar este mundo complejo que habitamos. Hablar de equidad no es negar la belleza, es intentar que no sea un privilegio de pocas personas. Hablar de humanidad no es dramatizarlo todo, es recordar que la vida no se vive en abstracto, sino dentro de cuerpos de carne y hueso, con historias concretas, con oportunidades distribuidas de manera profundamente desigual.
Me dicen que repito los mismos temas, como si insistir fuera un defecto. Insistir es, muchas veces, una forma de amor. Nadie debería decirle a quien defiende a sus hijas o hijos que “ya habló suficiente”. Nadie debería pedirle a quien cuida que se canse más rápido. Y nadie debería pedirle silencio a quien insiste en que la dignidad importa.
Las cosas hermosas de la vida no se oponen a la justicia. Al contrario, florecen mejor cuando hay condiciones para hacerlo. La tranquilidad, el disfrute, la contemplación, incluso la ligereza, se vuelven más honestas cuando no descansan sobre la exclusión ajena. Cuando no se sostienen en el olvido cómodo de otras realidades.
No escribo de estos temas porque me falte alegría. Escribo porque creo que la alegría no puede ser completa si no es compartida. Porque la belleza que me interesa no es frágil ni decorativa, es una belleza que resiste, que cuida, que pregunta, que causa un poco de molestia, o mucho.
Tal vez sí, vuelvo sobre los mismos temas, pero es porque los problemas siguen siendo los mismos. Siguen doliendo. Siguen importando. Y mientras haya vidas sin acceso a lo básico, hablar de humanidad es responsabilidad y es urgencia.
Las cosas hermosas de la vida están en no acostumbrarse, en no anestesiarse, en no callar solo para evitar etiquetas.
Lo hermoso también está en elegir, una y otra vez, mirar de frente. Aunque incomode. Aunque canse. Aunque se repita.