Guardianes de la verdad Opinión
Radhive Pérez

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Muchas veces, lo que impide avanzar no es la falta de argumentos, sino la presencia silenciosa de una emoción que todo lo paraliza: el miedo. No siempre se nombra, pero está. Se cuela en discursos que se oponen al cambio, en leyes que niegan derechos, en silencios institucionales. Se disfraza de prudencia, se ampara en la moral, se presenta como defensa del orden.

En el fondo, es miedo a perder privilegios, a convivir con otras formas de vida, a que se tambalee la idea de mundo donde unos mandan y otros obedecen, donde pocos viven con garantías y muchos apenas sobreviven.

Silvia Bleichmar lo expresó claramente: la ley no es la moral, y la ética no es una lista de deberes. La moral se hereda; la ley organiza la convivencia. La ética, en cambio, interrumpe automatismos. Nos obliga a mirar a quienes nos rodean y preguntarnos si eso que creemos justo, lo es también para las demás personas.

El mayor engaño del miedo ha sido convencernos de que lo distinto es peligroso. Ese temor, muchas veces, nace de algo muy básico, la incomodidad frente a lo que no se comprende, y la falta de valentía para acercarse, preguntar, cuestionar y, al final, reconocer al otro, a la otra, como semejante, aunque no se nos parezca.

En vez de abrir la puerta al encuentro, se elige la negación. Y desde esa negación se dictan leyes, se reproducen sesgos en la enseñanza, se excluye.

No es nuevo. La historia está llena de ejemplos en los que se negaron derechos apelando a supuestas amenazas: el voto femenino, la despenalización del aborto, la igualdad de las personas LGBTIQ+, la paridad en los espacios de poder. Una y otra vez, se usan argumentos pseudoracionales para encubrir emociones no resueltas. El miedo, entonces, se convierte en doctrina.

Bleichmar advertía que no todo lo que está amparado por el sistema legal necesariamente promueve el bien común o la dignidad humana, especialmente cuando deja de organizar la convivencia para convertirse en un instrumento de control.

Una ley que no abre caminos de inclusión termina cerrando posibilidades. Por eso, no toda norma educa, ni toda ley forma sujetos éticos. Cuando las leyes se redactan al servicio de valores morales que excluyen en lugar de integrar, no promueven ciudadanía, sino obediencia. Y una persona obediente no es, necesariamente, una persona ética.

Nos enseñaron a creer que el orden es el bien supremo. Que lo distinto debe esperar, justificarse, suavizarse. Pero a veces, y eso también es parte del crecimiento colectivo, hay que incomodar un poco para que entren más personas en la categoría de lo humano.

En la infame tarea de negar derechos, es el miedo –silencioso, arraigado, legitimado–quien hace el trabajo sucio. Y ese es, precisamente, el problema. El miedo se ha vuelto argumento legislativo, infiltrándose en las emociones de quienes redactan leyes, definiendo con aparente neutralidad quién merece vivir con dignidad y quién no.

No se trata de eliminar el miedo. Se trata de dejar de legislar desde él.

La ética no nace de la ley. Nace en el momento en que la existencia de otra persona desmonta la ilusión de que solo la propia experiencia importa. La responsabilidad comienza cuando dejamos de mirarnos al ombligo y entendemos que convivir no es soportar a quienes son diferentes, sino garantizar que todas las personas tengan el mismo margen de posibilidad que quienes ya están dentro.

El miedo seguirá ahí. Lo que no debe es ocupar escaños en el Congreso, ni escribir sentencias, ni vetar derechos desde un púlpito. La tarea pendiente no es vencerlo, sino impedir que hable en nombre de la justicia.

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Radhive Pérez

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