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Tradición

La cultura popular se impone, las élites no hacen cultura

Ahora, con el fenómeno Bad Bunny, debo confesar que no era santo de mi devoción, pero sí lo era de mis nietas, que nunca se han perdido sus conciertos, salvo una que ha manifestado que no le gusta.

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En mi adolescencia odiaba la bachata. Era el género que les gustaba a los campesinos, a los guardias -casi todos venían del campo- y, desde luego, a mi papá, que era campesino. La radio de la casa era una competencia real: mi padre por escuchar bachata y yo por la música de los Beatles.

Es difícil coincidir con los padres a los 14 años y aquella rivalidad musical era casi feroz. “¿Cómo te va a gustar una música de unos cantantes que nadie entiende?”, decía mi padre. Lo curioso es que, aunque era fanático de Agustín Lara, Bobby Capó, Leo Marini, Lucho Gatica y Celia Cruz, estaba loco con el Jibarito de Lares, con José Manuel Calderón, el “Añoñaito” y otros bachateros.

La bachata tenía, a nivel nacional, a Radio Guarachita y, a nivel local, en San Francisco de Macorís, “El Show de los Cachivaches”: una hora entera de bachata con más anuncios que todos los programas de HIBI Radio y Radio Merengue, las dos emisoras emblema de la ciudad.

Los jóvenes veíamos con desprecio la bachata. Competía con la Nueva Ola, que influyó tanto en inglés como en español, y más adelante con la Nueva Trova. Pero la bachata siguió ahí, latente, con guitarras que sacaban a flote las penas del corazón y la tristeza del alma.

Pasaron los Beatles, la Nueva Ola y la Nueva Trova. La bachata se mudó a las ciudades, vino del campo a los barrios y se volvió mayoría. Sin pedirle permiso a nadie, se coló en el corazón del pueblo y se impuso como cultura musical, acompañada de una forma de bailar que, según mis tías, era “como bailaban las prostitutas en los cabarés”.

Se conjugó el ritmo, la melodía y el mensaje del alma, y se formó una cultura nacional. La bachata trascendió nuestras fronteras y hoy forma parte de nuestra identidad cultural.

Hace unos años recibimos la visita de varias amigas de distintos países de la región.

Todas querían aprender a bailar bachata. Algunas, con poco trasero, se quejaban de que no podían bailar como las dominicanas, cuyo ritmo está precisamente en las caderas.

Ahora, con el fenómeno Bad Bunny, debo confesar que no era santo de mi devoción, pero sí lo era de mis nietas, que nunca se han perdido sus conciertos, salvo una que ha manifestado que no le gusta.

El domingo 8 de febrero, el artista reivindicó una dignidad pisoteada por la más aberrante humillación que alguien resiste: el acoso.

Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como “el Conejo Malo”, se volvió bueno. Cargó sobre sus hombros a 660 millones de habitantes de América Latina y, simbólicamente, a todo el continente, desde Canadá hasta Tierra del Fuego. Con una carga de simbolismos mostró al mundo que los inmigrantes latinos son trabajadores.

Habló de los campos de caña, de los apagones que sufrimos, del amor expresado en el matrimonio y de toda la cultura que nos identifica.

De modo que las élites no producen cultura: la administran cuando ya está hecha. Las masas la construyen y se impone como la luz del sol: nadie la opaca. La cultura es democracia, viene de abajo hacia arriba y se impone. Y cuando intentan opacar su gusto, terminan en persecución. Por eso la cultura popular regresa, se reorganiza y gana. La bachata ilustra la afirmación.

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Altagracia Paulino

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