Del presidente Grant a Donald Trump

Diomedes Núñez Polanco
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Ayer, 4 de julio, se cumplieron 249 años de la Declaración de Independencia de las 13 colonias inglesas de Norteamérica, aprobada en el Congreso Continental, celebrado en Filadelfia. Desde entonces esas colonias pasaron a formar lo que hoy son los Estados Unidos.
Continuamos hoy con uno de los puntos que determinaron la etapa hegemónica estadounidense, a finales del siglo XIX; mientras, esa gran nación, desde hace décadas, no solo desde el tiempo de Donald Trump, vive momentos de serias dificultades. Y podríamos decir: como la gran mayoría de las naciones, en esta nueva época de la Historia.
El 19 de abril de 1898, el Congreso norteamericano emitió su resolución conjunta, ocho días después de que el presidente William McKinley la solicitara, autorizándole a declararle la guerra a España, que desde febrero de 1895 enfrentaba al pueblo cubano en lucha por su independencia.
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En su apartado tercero, la resolución establecía “que se autorice y faculte al presidente de los Estados Unidos, como lo está por la presente, para usar todas las fuerzas terrestres y navales de los Estados Unidos, y para movilizar las milicias de los diversos estados al servicio de los Estados Unidos, en la medida que pueda ser necesario para la ejecución de la presente resolución.”
En tres de los cuatro puntos en que se basa el pedimento de autorización para declarar la guerra a España, McKinley presenta las propiedades del comercio, la industria y el desembolso económico que ello significaba para su gobierno. En verdad, peligraban sus intereses a causa del conflicto. Sin embargo, Woodford, su embajador en España, insistía en que había posibilidad de negociación política, para evitar la guerra.Era apenas una voz en el desierto. Para el gobierno y su política expansionista el problema iba mucho más lejos. Charles A. Beard explicaría el fenómeno con estas palabras:
“La mera emancipación de Cuba del dominio español no hubiera dado a los Estados Unidos una base naval en Guantáma, dominando el Paso de los Vientos; no les hubiera facilitado tampoco la manera de adquirir las Filipinas, las cuales brindaban una base naval para la expansión mercantil en Oriente, tan larga y ardientemente solicitada por las autoridades de la Marina de Washington”.
No fue casual que el 9 de marzo de 1898 el Congreso, unánimemente, a petición de McKinley, concediera al gobierno 50 millones de dólares para preparativos militares, decisión que sin duda estaba llamada a ejercer presión sobre los españoles.
La guerra contra España había sido declarada por el Congreso el 25 de abril , con carácter retroactivo, ya que el 21 de abril de 1898 los Estados Unidos habían dado orden de bloquear la isla de Cuba, el 22 habían apresado barcos mercantes españoles, y el 24 se le ordenaba al comodoro Dewey, que se encontraba en Hong Kong, que debía empezar inmediatamente el ataque que permitiera tomar Manila, la capital de Filipinas, entonces en poder de España.
El 12 de mayo la escuadra de los Estados Unidos, comandada por el contralmirante Sampson y compuesta por varios acorazados de primera, bombardeó el puerto y la ciudad de San Juan de Puerto Rico.
Las tropas norteamericanas desembarcaron en Cuba entre el 20 y el 25 de junio, prácticamente sin encontrar resistencia, a pesar de la presencia de más de 200 mil soldados españoles en la isla. En ese momento, las fuerzas revolucionarias cubanas pasaban de los 50 mil miembros, mientras que las nor