Guardianes de la verdad Editorial

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El efecto que procede: si baja, baja; si sube, sube

Alguien recordó en estos días que en 1990 la falta de un ajuste oportuno en los precios de los combustibles derivó en un prolongado déficit público por lo inevitable que ocurre cuando se posponen soluciones.

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Está visto que el artificioso recurso de no irle atrás a la concreta realidad mercadológica de las fluctuaciones internacionales de hidrocarburos autoriza desde el poder la permanencia de masivos y alegres consumos desproporcionados (y hasta irresponsables) de los derivados que las congelaciones de precios finales trasladan al futuro –sin enfrentarla y alentando su crecimiento- la presión que sobre las finanzas públicas ejercen los disparos al alza que genera el conflicto que trastorna al mundo desde el Medio Oriente.

Subsidiar sin focalización alguna, o con fracasadas fórmulas sectoriales de subvenciones al ámbito ineficiente del transporte público, ha tenido estimulado el consumo desmesurado de la gasolina, el gas propano y el gasoil, preferido por voraces yipetas, como se manifestó con la subida de recaudaciones por pago de peaje en la temporada anual de la Semana Santa pasada.

Lapso más festivo que de recogimiento que brilló como otras veces como si todavía los perros se amarraran con longaniza con excesos que llevaron al fisco 14 mil millones de pesos en pocos días pero a un costo demasiado alto para la balanza de pagos; deficitaria en alrededor del 2.1% del PIB en una situación aún estable que conviene preservar por ser este un país importador neto del petróleo, con una diversificación de las fuentes de energía en pañales por el momento.

Los subsidios generalizados están contraindicados por la ciencia económica porque su principal inequidad es que benefician núcleos de muy alto poder adquisitivo con luz verde a su falta de sentido del ahorro. Lo que predomina en las decisiones de otros Estados es el consenso de que incentivan utilizaciones no eficientes de los combustibles. Se prefiere acogerse a la verdad de que, lejos de resultar una solución sostenible a las alzas de esa materia prima energética esencial, auspician crisis en las economías y acentúan desequilibrios financieros en contextos nacionales y globales. Alguien recordó en estos días que en 1990 la falta de un ajuste oportuno en los precios de los combustibles derivó en un prolongado déficit público por lo inevitable que ocurre cuando se posponen soluciones.

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