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Diomedes Núñez Polanco

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Tras el impresionante crecimiento económico y territorial de Estados Unidos, fue en el gobierno de Benjamín Harrison (1889-1893) cuando el inicio de la nueva etapa expansionista se hizo más evidente. Fueron desempolvados los proyectos de compra de las Islas Vírgenes en el Caribe y se realizó la negociación de un tratado de anexión con Hawai, a lo que se sumó el Primer Congreso Panamericano.

Este congreso, también conocido como la Primera Conferencia Panamericana, celebrado en Washington, del 2 de octubre de 1889 al 19 de abril de 1890, había sido convocado por el presidente Grover Cleveland (1885-1889; 1893-1897), quien, junto con Donald Trump, han sido los únicos mandatarios estadounidenses reelectos de forma no consecutiva.

La convocatoria agendaba regulaciones en materia económica, la formación de una unión del patrón plata, uniformidad en sistemas de pesos y medidas, derechos de patentes, autor y marcas, medidas sanitarias y de cuarentena para los barcos. Esta conferencia internacional, en la que estuvo ausente la República Dominicana, luego de varias versiones desembocó, en 1948, en la Organización de Estados Americanos (OEA).

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Fue el delegado argentino, Roque Sáez Peña, quien descifró los propósitos ocultos de ese cónclave: “Con un fin aparentemente económico, pero político en el fondo”, y precisó: “Quieren hacer un mercado norteamericano de toda la América y convertir en Estados tributarios todas las Repúblicas del Nuevo Mundo”.

Sin duda. Han sido numerosos los casos en que naciones europeas han amenazado e, incluso, agredido, a pueblos de América, sin que Estados Unidos ni siquiera intervenga como mediador (Un ejemplo: durante la guerra de Las Malvinas que en 1982, entre abril y junio, enfrentó a la Argentina y a Gran Bretaña, participó en favor del país europeo).

El más sonado caso del siglo XIX de uso antojadizo de la doctrina Monroe, se dio en el conflicto suscitado entre Gran Bretaña y Venezuela por problemas de límites fronterizos entre el último país y la Guyana británica. Ese incidente tuvo sus antecedentes en la línea divisoria que de la frontera ambos territorios había trazado en 1841 por instrucciones del gobierno inglés, Sir Robert Schomburgk, quien para entonces hacía una curiosa exploración científica en la zona. ( Botánico de origen alemán, fue designado cónsul general británico y encargado de negocios en la República Dominicana, desde 1848 hasta 1857). No fueron escuchadas las protestas del gobierno venezolano, ni sus propuestas sobre los límites de 1844.

Sería a principios de 1895, cuando Estados Unidos decidió intervenir en el conflicto. El 22 de febrero el Congreso adoptó una resolución en la que aconsejaba a Gran Bretaña y a Venezuela que “refirieran su disputa fronteriza a un amigable arbitraje”.

Meses después, el senador Henry Cabot Lodge, que, con Alfred Thayer Mahan y Teodoro Roosevelt, formaba la trilogía de los expansionistas de entonces, trató de alertar a la opinión pública de su país sobre la importancia continental del tema en debate, y en un trabajo publicado en “North American Review “, afirmó que “ el pueblo americano no estaba dispuesto a abandonar la Doctrina Monroe ni a renunciar a su derecho de supremacía en el Hemisferio Occidental. Al contrario, estaba listo a pelear para mantener la una y el otro”.

Las palabras del senador Cabot Lodge sirvieron de preámbulo a las que el secretario de Estado estadounidense, Richard Clney, envió a los ingleses el 20 de julio de 1895. Luego de adelantar que “ el gobierno de los Estados Unidos les ha diafanizado a Gran Gretaña y al mundo que tanto su honor como sus intereses están envueltos” en ese asunto y que la continuación del mismo “ no puede ser mirada con indiferencia”.

Ese problema de límites entre Guyana británica y Venezuela sigue al rojo vivo, en la región del Esequibo, rica en oro y petróleo.

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Diómedes Núñez Polanco

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