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Inteligencia artificial

De la élite industrial a la élite tecnofinanciera

Las finanzas desempeñan un papel clave en esta transformación.

Creada con IA

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A mediados del siglo XX, el sociólogo C. Wright Mills escribió The Power Elite, un libro en el que argumentaba que el poder real en los Estados Unidos estaba concentrado en manos de un pequeño grupo de personas situadas en la cima de tres instituciones: las grandes corporaciones, el aparato militar y el sistema político. Estas élites no solo eran ricas; estaban conectadas, coordinadas y profundamente influyentes en la toma de decisiones que afectaban a millones de personas. En ese momento, el núcleo de ese poder era industrial. Se basaba en fábricas, petróleo, acero y en los sistemas de producción a gran escala que definían la economía moderna.

Hoy, esa estructura de poder no ha desaparecido, pero sí ha evolucionado. La élite industrial tradicional ha dado paso a una nueva élite tecnofinanciera que concentra su poder en la tecnología, las finanzas y, cada vez más, la inteligencia artificial. Los sectores dominantes de la economía ya no se definen por activos físicos como fábricas o ferrocarriles, sino por infraestructura digital, datos y algoritmos. La nueva élite está compuesta por fundadores de empresas tecnológicas, capitalistas de riesgo, instituciones financieras y plataformas digitales que controlan cómo fluye la información, cómo operan los mercados e incluso cómo las personas piensan y toman decisiones.

Este cambio no es solo económico, sino estructural. En la época de Mills, el poder provenía del control de la producción. Hoy, proviene del control de la información y de la capacidad de predicción. Las empresas que dominan los ecosistemas de datos e inteligencia artificial no solo producen bienes; moldean decisiones. Influyen en lo que las personas ven en línea, en cómo las empresas asignan recursos y en cómo los gobiernos responden a las crisis. Se trata de una forma de control más profunda y sutil que la observada en la era industrial.

Las finanzas desempeñan un papel clave en esta transformación. El auge del capital de riesgo y de los grandes gestores de activos ha cambiado la forma en que se financia y escala la innovación. En lugar de un crecimiento industrial lento e intensivo en capital, ahora vemos una expansión rápida, impulsada por redes y respaldada por mercados financieros que premian la escala y el dominio. Muchas empresas tecnológicas operan con pérdidas durante años mientras capturan cuota de mercado, apoyadas por inversionistas que apuestan por beneficios monopolísticos en el futuro. Esto crea un sistema en el que el poder no se basa solo en la producción actual, sino en el control futuro de los mercados.

La inteligencia artificial está acelerando esta concentración de poder. Los sistemas de IA requieren enormes volúmenes de datos, capacidad computacional y talento especializado—recursos que están concentrados en un número reducido de empresas y países. Como resultado, quienes controlan la infraestructura de la IA están adquiriendo una influencia sin precedentes. No solo determinan resultados económicos, sino también las reglas bajo las cuales se genera y distribuye el conocimiento.

Aquí es donde la comparación con 1984, de George Orwell, resulta especialmente relevante. Orwell imaginó un mundo en el que el poder se mantenía a través de la vigilancia, el control de la información y la manipulación de la verdad. Aunque el mundo actual no es una distopía totalitaria, algunas similitudes son difíciles de ignorar. La tecnología moderna permite la recopilación masiva de datos, el seguimiento del comportamiento y la influencia algorítmica. Las redes sociales, los motores de búsqueda y los sistemas de inteligencia artificial pueden moldear narrativas, priorizar cierta información sobre otra e incluso influir en resultados políticos.

A diferencia del mundo de Orwell, sin embargo, este control no está centralizado en un único Estado autoritario. Está distribuido entre poderosas corporaciones y actores financieros. Esto lo hace más complejo y, en cierto sentido, más difícil de regular. El poder es menos visible, pero igualmente significativo. Las personas, además, suelen participar voluntariamente en sistemas que recopilan sus datos y moldean su comportamiento, intercambiando privacidad por conveniencia.

El impacto de este cambio en la sociedad es profundo. Una de sus principales consecuencias es la creciente concentración de riqueza e influencia. Así como Mills describía a un pequeño grupo controlando instituciones clave, hoy la élite tecnofinanciera concentra un poder desproporcionado sobre los mercados globales y los sistemas de información. Esto puede generar desigualdades no solo en ingresos, sino también en el acceso a oportunidades, conocimiento e influencia política.

Otra consecuencia es la transformación del trabajo. En la era industrial, el empleo estaba ligado a la producción física. En la era digital, la automatización y la inteligencia artificial están redefiniendo los mercados laborales. Algunos empleos desaparecen, mientras otros surgen, pero no siempre al mismo ritmo ni en los mismos lugares. Esto genera incertidumbre y exige nuevas habilidades, dejando a muchos trabajadores rezagados.

Existe también una cuestión más profunda relacionada con la autonomía y la toma de decisiones. A medida que los sistemas de IA se integran en la vida cotidiana, influyen cada vez más en cómo se toman decisiones—ya sea en finanzas, salud o incluso en elecciones personales. Aunque estos sistemas pueden mejorar la eficiencia, también plantean interrogantes sobre la responsabilidad y el control. ¿Quién responde cuando un algoritmo comete un error? ¿Quién decide cómo se diseñan y utilizan estos sistemas?

En muchos sentidos, estamos presenciando una nueva versión de la élite del poder descrita por Mills: una que opera a través de redes digitales en lugar de jerarquías industriales. La diferencia clave es que esta nueva élite dispone de herramientas que permiten formas de influencia más amplias y sutiles. El poder ya no se limita a controlar recursos; implica moldear percepciones, comportamientos y expectativas.

El desafío para la sociedad es cómo responder a este cambio. La regulación, la transparencia y la conciencia pública serán fundamentales para garantizar que el progreso tecnológico no se produzca a costa de los valores democráticos y las libertades individuales. Al mismo tiempo, la innovación debe continuar, ya que la tecnología también ofrece enormes beneficios, desde mejoras en la salud hasta un mayor acceso a la información.

En última instancia, la pregunta no es si el poder se concentrará—siempre lo ha hecho—sino cómo se ejerce ese poder y cómo se le exige rendición de cuentas. Mills advirtió que las élites podían desconectarse de la población en general, tomando decisiones sin supervisión pública. Orwell advirtió sobre los peligros de un control sin límites sobre la información y la verdad. Hoy, ambas advertencias parecen más relevantes que nunca.

Estamos pasando de un mundo definido por el acero y el petróleo a uno definido por los datos y los algoritmos. La nueva élite del poder no solo construye productos; está moldeando la realidad misma. Comprender este cambio es el primer paso para asegurar que el futuro siga siendo abierto, justo y alineado con los intereses de la sociedad en su conjunto.

Sobre el autor
Julio E. Diaz Sosa

Julio E. Diaz Sosa

Es licenciado en Economía y Finanzas por el Rochester Institute of Technology. Posee una
maestría en Economía Aplicada, con especialidad en Mercados Financieros, por la Universidad
Johns Hopkins; así como una Maestría en Administración de Empresas (MBA), con
concentración en Finanzas, por la Universidad de Maryland en College Park. Además, cuenta
con una certificación en Ciencia de Datos por la Universidad George Washington.


Ha trabajado como economista en el Departamento de Estadísticas del Banco Mundial, donde
estuvo a cargo del manejo de las cuentas nacionales de los países de América Latina y el
Caribe. También se desempeñó como científico senior de datos en el área de servicios
financieros para la firma de consultoría Gartner.


Actualmente, se desempeña como representante de la República Dominicana ante el Banco
Mundial.


Es autor de los libros Notas Económicas con Julio Díaz (2016), Actualidad Geopolítica y
Económica: Retrospectiva cronológica (2020) y Geoeconomía, Geopolítica y Política RD
(2025).

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