Tradición cultural
Enerolisa Núñez: La reina de la salve cuya voz sigue desafiando el olvido
Nacida en Villa Mella, Santo Domingo Norte, Enerolisa no fue simplemente una cantante folclórica.

Honras fúnebres de Enerolisa Núñez
La República Dominicana ha perdido a una de sus más auténticas portadoras de tradición. Enerolisa Núñez, la llamada “reina de la salve”, falleció el pasado sábado a los 74 años, dejando un legado cultural que nada tiene que ver con lo efímero: una vida dedicada a mantener viva una tradición profundamente arraigada en la memoria espiritual y comunitaria de nuestro pueblo.
Nacida en Villa Mella, Santo Domingo Norte, Enerolisa no fue simplemente una cantante folclórica. Fue guardiana, espiritual y física, de la salve, expresión musical y ceremonial de raíz africana que combina cantos devocionales, tambores y rituales heredados por generaciones. Al frente de Enerolisa Núñez y su Grupo Salve y del Grupo Salve Mata de Los Indios, llevó esta tradición más allá de su comunidad, proyectándola en festivales y escenarios nacionales e internacionales, así como en producciones audiovisuales que reconocen el valor ancestral de su canto.
Una vida de fidelidad a la tradición
La salve no es un género popular pasajero. Es ritual, fe, identidad y memoria. Enerolisa la asumió no como espectáculo, sino como un compromiso con su historia, con las voces de sus ancestras y ancestros y con las comunidades que conservan la herencia afrodominicana en cada tambor y cada canto. Su voz fue un instrumento de resistencia cultural en un país donde las expresiones afrodescendientes han sido, durante demasiado tiempo, relegadas al folklorismo o convertidas en exotismo.
Quienes la conocieron celebraron su fuerza y su presencia. En su funeral en Villa Mella, el sonido de la salve y de los atabales marcó su último adiós: un homenaje auténtico que solo quienes comprendían la magnitud de su legado podían ofrecer. Familiares, gestores culturales, músicos y miembros de su comunidad la acompañaron hasta su descanso final, entonando los mismos cantos que ella dedicó durante décadas a la fe y a la colectividad.
En sus honras fúnebres estuvieron presentes figuras del ámbito cultural y académico como Rafael Nino Féliz, ex vicerrector de Extensión de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), y Roldán Mármol, gestor cultural y cantautor. A ambos los menciono también desde lo personal: el primero, además de mentor, me presentó al segundo, y a través de las actividades de la Fundación Cofradía pude conocer más profundamente los valores culturales y a los portadores de tradición que sostienen nuestra memoria viva.

Honras fúnebres de Enerolisa Núñez
También estuvo la actriz Clara Morel y la directora de teatro y activista, Isabel Spencer ambas, defensoras constantes de nuestras raíces. Todos rindieron tributo a una mujer cuya vida fue ejemplo tangible de lo que significa proteger la memoria colectiva y las niñas de la Fundación Herencia viva de Mata los Indios bailaron todo el recorrido hacia el campo santo.
Sin embargo, aunque su despedida reunió a quienes realmente valoran la cultura viva, el silencio de las instituciones fue evidente: ni el Poder Ejecutivo, ni el Poder Legislativo, ni las autoridades actuales del Ministerio de Cultura se hicieron presentes o emitieron un reconocimiento público acorde con su trayectoria. Ese silencio institucional, lamentable y elocuente, se suma a la larga historia de postergación de lo afrodescendiente en este país.
¿Por qué importan estos silencios?
No podemos desligar esa ausencia de una realidad más profunda. Las expresiones culturales afrodescendientes en la República Dominicana han sido históricamente marginadas, caricaturizadas o confinadas a espacios secundarios. En el mejor de los casos se celebran en discursos; con menos frecuencia se respaldan con políticas públicas coherentes o con gestos simbólicos contundentes.
La salve ha resistido siglos de prejuicio. Ha sobrevivido gracias a las comunidades, no necesariamente gracias al Estado.
Y ahí radica el núcleo del problema: ¿cómo pretendemos preservar el patrimonio cultural si quienes lo sostienen en vida no reciben reconocimiento institucional en su despedida? ¿Cómo garantizar la continuidad de la tradición si las nuevas generaciones perciben que sus portadores son invisibles para las estructuras oficiales?
No se trata de reproches gratuitos. Se trata de preguntas necesarias que revelan una carencia estratégica y ética en la manera en que entendemos la cultura nacional.
Enerolisa dedicó décadas a cantar, enseñar y proteger la salve, una tradición que no es solo música, sino memoria espiritual y social de una comunidad afrodominicana que ha sobrevivido a siglos de marginación.

Honras fúnebres de Enerolisa Núñez
La lección es clara: la identidad cultural no puede depender de la voluntad aislada de unos pocos. Requiere políticas públicas coherentes, reconocimiento real desde las instituciones y una comprensión nacional de que lo tradicional no es folclore ornamental, sino raíz y sustancia de lo que somos.
Si no honramos a quienes nos enseñan quiénes somos, corremos el riesgo de perder no solo la música, sino el sentido profundo de nuestra identidad. La salve de Enerolisa no era solo canto: era resistencia, historia y fe viva.
Hoy, cuando su voz se ha apagado físicamente, queda la urgencia de preguntarnos quién, si no nosotros, preservará esa herencia. ¿Cuánto más debemos esperar para reconocer que lo afrodescendiente, lo ancestral y lo comunitario también nos define?
Enerolisa se fue, pero su legado exige ser mirado de frente. Que el silencio institucional no sea la última palabra sobre su historia.
Paz a los restos de la reina de la salve.