Guardianes de la verdad Opinión

Gobernar bajo ruido

Cuando el escrutinio se convierte en parálisis

Porque en contratación pública, el análisis no puede limitarse al “cuánto”, sino que debe incorporar el “para qué”.

Creada con IA

Creada con IA

Creado:

Actualizado:

La gobernanza pública nunca ha sido sencilla. Pero en el ecosistema actual —marcado por la inmediatez digital y la amplificación constante de los medios de comunicación— se ha vuelto particularmente compleja. Hoy, cada proceso de contratación que se publica puede convertirse, en cuestión de horas, en objeto de juicio público, muchas veces sin contexto técnico ni comprensión de la finalidad institucional que lo sustenta.

El escrutinio es indispensable. Forma parte del control democrático y fortalece la transparencia. Pero cuando ese escrutinio se transforma en ruido, en reacción automática o en escándalo descontextualizado, deja de aportar valor y comienza a distorsionar la gestión pública.

En la práctica, esto tiene consecuencias reales. Cada vez es más frecuente encontrar funcionarios que, aun frente a necesidades legítimas y urgentes, dudan en iniciar procesos de compra por temor al costo reputacional. No por ilegalidad, no por falta de sustento técnico, sino por el riesgo de que el monto, aislado de su propósito, sea presentado como excesivo o cuestionable.

Y aquí es donde la discusión debe elevarse.

Porque en contratación pública, el análisis no puede limitarse al “cuánto”, sino que debe incorporar el “para qué”. No es lo mismo evaluar una adquisición sin contexto, que hacerlo a la luz de la misión institucional que la justifica.

Pensemos en una institución cuya función es garantizar la seguridad ciudadana. La adquisición de vehículos, equipos tecnológicos o sistemas de videovigilancia implicará, inevitablemente, montos elevados debido a su alcance operativo y cobertura territorial. ¿Es eso cuestionable per se? No. Lo que corresponde analizar es si esa contratación responde a una necesidad real, si está debidamente planificada, si cumple con los principios de eficiencia, razonabilidad y transparencia, y si el proceso ha sido conducido conforme al marco normativo.

Reducir ese análisis a una cifra sin contexto no es control; es simplificación.

Ahora bien, también es cierto que el Estado no está exento de errores. Existen contrataciones mal diseñadas, gastos innecesarios y decisiones que no resisten un análisis técnico riguroso. Es precisamente por eso que el rol de los medios de comunicación es tan relevante. Pero esa relevancia conlleva una responsabilidad: informar con criterio, analizar con rigor y diferenciar entre lo cuestionable y lo simplemente costoso.

Cuando esa línea se desdibuja, el efecto no es mayor transparencia, sino mayor temor.

Y el temor, en la administración pública, es peligroso.

Un funcionario que actúa bajo miedo tiende a sobrerregularse, a retrasar decisiones o, en el peor de los casos, a no actuar. Esto genera un fenómeno silencioso pero crítico: la parálisis administrativa. Procesos necesarios dejan de impulsarse, necesidades institucionales quedan insatisfechas y, en última instancia, se afecta la prestación de servicios públicos.

En ese punto, el daño ya no es reputacional. Es funcional.

A esto se suma un elemento aún más delicado: cuando el ruido mediático no solo informa, sino que condiciona. Cuando la presión pública sustituye el análisis técnico, y la gestión comienza a responder más al titular que a la normativa, el sistema pierde equilibrio.

La solución no es reducir el escrutinio, sino elevar su calidad.

Un debate público robusto no se construye sobre la base del señalamiento inmediato, sino sobre la comprensión integral de los procesos. Implica preguntarse no solo cuánto se gasta, sino por qué, cómo y con qué impacto. Implica también abrir espacio a propuestas, no únicamente a críticas.

En paralelo, la administración pública debe fortalecer sus propios estándares: planificación clara, motivación suficiente, trazabilidad de las decisiones y comunicación efectiva. Porque en un entorno de alta exposición, no basta con hacer bien las cosas; también hay que saber explicarlas.

Hoy más que nunca, la gobernanza exige equilibrio.

Entre transparencia y operatividad.

Entre control y confianza.

Entre crítica y responsabilidad.

Ni el silencio administrativo ni el escándalo permanente construyen mejores instituciones.

Lo que fortalece el sistema es la capacidad de sostener decisiones técnicamente correctas, incluso bajo escrutinio, y de generar un debate público que no penalice la acción legítima, sino que corrija la actuación deficiente.

Porque cuando hacer lo correcto se vuelve riesgoso, el problema ya no es de percepción.

Es de gobernabilidad.

Sobre el autor
Stephany Rosario

Stephany Rosario

tracking