Guardianes de la verdad Opinión
Claudia Rita Abreu

Claudia Rita Abreu

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La corrupción es un gran problema de la humanidad, se alimenta de la codicia, la ambición, la vanidad y la inseguridad de las personas. Si hacemos un símil de la creación del ser humano con la olla gigante de pócimas de las brujas en los cuentos, según la cantidad de gotas de las cualidades o defectos que forjan al individuo en consonancia con sus circunstancias, estaríamos conscientes de que hacer lo correcto, no sólo necesita de las condiciones personales, la educación, las regulaciones sociales y legales, también es una disciplina de autocontrol constante, y, lamentablemente, a veces hasta un lujo.

Un lujo, sobre todo, porque la desigualdad y las circunstancias de abusos a la que se someten poblaciones completas o partes de una sociedad, consiguen restarle importancia a los parámetros de moralidad y buenas costumbres que se desarrollan mejor en cuerpos bien alimentados y con ciertas comodidades.

Entiendo, que la lucha contra la corrupción, aunque lleva su componente persecutorio, también descansa y funciona mejor cuando se establecen y se mejoran las reglas que limiten cada vez más las posibilidades de hacer actos administrativos delictivos o irregulares. Sin embargo, la ineficiencia ha quedado prácticamente opacada por los medios como un GRAVE PROBLEMA, que genera males muy profundos, entre ellos, el deterioro de los servicios ciudadanos, la baja inversión de capital del Estado, la recesión económica, la falta de pago a suplidores, anula las políticas públicas y afecta la calidad de vida de la mayoría de la ciudadanía. Estamos frente al brote de ineficiencia estatal más peligroso de los últimos tiempos en República Dominicana.

La ineficiencia en el manejo del Estado suele percibirse como un mal abstracto, un concepto burocrático del que nos quejamos, pero cuyas consecuencias reales subestimamos. No es solo un tema de números rojos en un balance o de trámites lentos; es un fenómeno profundamente caro y, en sus casos más extremos, letalmente peligroso. Es un impuesto oculto que pagamos todos y todas, no solo con nuestro bolsillo, sino, a menudo, con nuestra seguridad y bienestar.

¿Quién nos devuelve el tiempo perdido? La ineficiencia tiene un costo de oportunidad brutal, desde lo más visible como las horas que una persona pierde en una cola interminable para un trámite o los días que una empresa espera por una licencia o un permiso, como el letargo para hacer procesos de adquisición de productos necesarios para sustentar proyectos que deben de impulsarse desde el Estado, lo cual, frena el desarrollo, ahuyenta la inversión y condena a la sociedad a un estancamiento evitable.

Estamos, además, ante una grave falta de mantenimiento, que ya ha cobrado vidas, como el colapso del túnel de la 27 de Febrero frente al Centro Olímpico, o el drenaje de la ciudad Capital en su peor momento, como también, las quejas sobre la infraestructura de las escuelas, los hospitales y el ITLA. Aquí es donde la discusión trasciende lo económico y entra en el terreno de lo ético y lo humano. La ineficiencia deja de ser un problema contable y se convierte en una falla moral con consecuencias directas. Un Estado lento e ineficaz es un Estado vulnerable.

Se habla mucho del Ministerio Público Independiente, sin embargo, así como se persigue la corrupción de exfuncionarios, la ciudadanía se merece que haya eficiencia. Estamos frente a un poder judicial saturado, con procesos que se extienden por años o incluso décadas y las prisiones llenas de preventivos. Esta ineficiencia erosiona la fe en el sistema y alimenta la inseguridad, enviando el mensaje de que el Estado es incapaz de proteger a sus ciudadanos.

Es urgente demandar un mejor Estado, porque el actual va en franco deterioro. Es preciso que cumpla su función esencial de proteger y servir la ciudadanía con la eficiencia que nos merecemos.

Al final, la cuenta de la ineficiencia que arrastra el PRM en el manejo de la Cosa Pública la estaremos pagando por un buen tiempo y hemos de rogar que no sea una plaga que se siga propagando y se generalice en el país.

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Claudia Rita Abreu

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