Guardianes de la verdad Opinión
Juan Carlos Mejía

Juan Carlos Mejía

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“En política hay cosas que se ven y cosas que no se ven, y las cosas que no se ven suelen, en ocasiones, ser más importantes que las que se ven”, decía el poeta cubano José Martí, y repetía con gran acierto el expresidente dominicano Juan Bosch.

En el devenir del tiempo, la vigencia de esta expresión, colocada en diferentes contextos, continúa tan fuerte y vívida como en su origen. Su esencia para demostrar la importancia de un pensamiento crítico frente a acciones del poder político, económico, religioso, cultural o de cualquier naturaleza, ha resultado incuestionable.

Pero ¿cómo funcionan esos mecanismos? ¿Por qué se hace imprescindible que ocurra en el ámbito político? ¿Cuáles son los riesgos o beneficios que contrae? ¿Qué condiciones deben existir para revelar informaciones confidenciales? ¿Se trata de algo nuevo?

Para responder estas preguntas ninguna obra contemporánea me ha parecido más clara que la escrita por la abogada y criminalista francés Tania Crasnianski, titulada Locura y Poder: Las adicciones y enfermedades de los hombres que gobernaron el siglo XX.

En este ensayo, la autora narra con niveles envidiables de magistralidad el importante rol que jugaron los médicos, su comportamiento, el riesgo sus decisiones y el compromiso inquebrantable de mantener como un secreto, los padecimientos de salud de los hombres más poderosos que gobernaron el siglo XX.

A lo largo de su estudio, desarrollado en torno al trabajo profesional de los galenos, como fuente fundamental de información y confidencialidad, respecto a pacientes como Adolfo Hitler, Winston Churchill, Benito Mussolini, Iósif Stalin y otros, la autora pone en evidencia la frágil línea que supone evitar que una filtración pueda ser aprovechada por adversarios políticos u opositores externos, y costarle incluso la vida a quien lo revela.

En ocasiones, bajo los principios de lealtad y secreto de estado, como fundamento hipocrático de la relación médico-paciente, el galeno se veía en la obligación de sacrificar sin querer los fundamentos de su profesión, su ética profesional, y los niveles de objetividad, para complacer el interés del líder y su grupo de poder. Hacer lo contrario era impensable.

Antes de difundir cualquier información médica del paciente poderoso, incluida la de carácter psiquiátrico, se debían analizar cada una de las posibles consecuencias e impacto que provocaría, lo cual implicaba muchas veces ocultar los datos o, en su defecto, “endulzarlo”. La autora plantea que, gracias a esos secretos críticos sobre la salud, presidentes pudieron volver a reelegirse.

De ahí la creencia de que muchas de las decisiones que tomaron esos líderes, reacio a reconocer su delicada condición médica, física o psiquiátrica, estuvieran altamente influenciadas por condiciones depresivas, como se decía de Hitler. “No tengo tiempo para enfermarme”, decía el dictador germano a su médico.

Aunque la autora desarrolla su trabajo teniendo como protagonistas la labor de los médicos cercanos a los mandatorios, queda claro que “lo que no se ve” respecto a lo que se ve, no solo se manifiesta en los quehaceres de esas labores, sino en todo el accionar que rodea el ámbito de poder, ya sea como una necesidad de conveniencia coyuntural o un deseo del líder.

En otros casos, como se registra en la época contemporánea sobre casos de enfermedades sufridas por mandatarios de países civilizados, suele primar el interés público y el valor histórico de los hechos frente a la confidencialidad o secreto de estado, y se difunde la información.

Sin embargo, no hay duda de que siempre existirá la necesidad por parte de grupos de poder, de la discreción y el secreto de estado.

Sobre el autor
Juan Carlos Mejía Aquino

Juan Carlos Mejía Aquino

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