Fake News
Las noticias falsas y la salud mental
El bombardeo sistemático de desinformación, muchas veces disfrazada de “noticia” en redes sociales, no solo crea un problema político o mediático

Retrato
La salud mental es un problema de salud pública. La Organización Panamericana de la Salud ha insistido en la necesidad de políticas públicas para afrontar un mal que afecta a millones de personas, cuyo incremento se profundizó con la pandemia de la Covid-19 y se agravó con la epidemia de noticias falsas, que generan ansiedad.
El bombardeo sistemático de desinformación, muchas veces disfrazada de “noticia” en redes sociales, no solo crea un problema político o mediático: impacta de forma directa la salud mental individual y colectiva. Erosiona la confianza, eleva la incertidumbre y alimenta una ansiedad social que ya se siente en la calle, en los hogares y en las conversaciones cotidianas.
Las noticias falsas generan miedo, enojo y agotamiento. Lo peor es la normalización de la mentira, esa sensación de que nada es verificable, de que todo es posible, de que la realidad se volvió un terreno resbaladizo. Cuando la mente no encuentra anclas, se dispara el estrés.
Escribo sobre el tema porque la semana pasada leí en Facebook informaciones falsas según la cual el presidente Gustavo Petro, de Colombia, le habría respondido con mucha dignidad a supuestas aspiraciones del gobierno norteamericano de invadir a ese país. En la misma red circuló otra: que Ringo Starr y Paul McCartney actuarían en el medio tiempo del Super Bowl. También llegan imágenes atroces de guerras en distintas partes del mundo, presentadas como si estuviéramos ya en una tercera guerra mundial.
Esta avalancha diaria de falsedades presentadas como noticias distorsiona la realidad social y política y afecta, de manera silenciosa, la salud mental de millones. Están diseñadas para provocar emociones intensas. El cerebro reacciona primero y verifica después. Ese orden -emoción antes que razón- facilita que la mentira se fije, sobre todo cuando la persona no tiene tiempo, herramientas o calma para comprobar la certeza de lo recibido.
Vivimos en una sociedad donde la desconfianza se ha generalizado. El miedo impone sus reglas y trae polarización, ruptura de vínculos -incluida la familia- y una convivencia cargada de tensión. Una sociedad que no distingue la verdad de la mentira se vuelve psicológicamente vulnerable. Se debilita la autoestima colectiva, aumenta la irritabilidad y crece la sensación de amenaza permanente.
Ha llegado el momento de reglamentar plataformas. Los algoritmos premian lo emocional, marginando lo verdadero. La autorregulación no ha sido suficiente. Alguien debe responder por barbaridades difundidas bajo el amparo de la libertad de expresión. Una cosa es la libertad de expresar ideas y otra la manipulación masiva.
Los algoritmos dicen censurar el odio, pero muchas noticias falsas lo incuban. Si un contenido provoca enojo y miedo, se busca un culpable. Esa combinación empuja al resentimiento y, con facilidad, al odio.
Como hemos señalado en otras entregas, urge desarrollar pensamiento crítico y educación mediática. Hay que advertir sobre el riesgo del reino de la mentira y la necesidad de proteger la verdad. Los gobiernos tienen que actuar con una regulación inteligente, con reglas claras, transparencia algorítmica y consecuencias para quienes monetizan la desinformación.
Proteger la verdad equivale a proteger la salud mental. Ignorar esta realidad tiene un alto costo, que ya estamos pagando y que puede empeorar si no se actúa con presteza. Se impone ampliar el principio de precaución: que la desinformación deje de ser cultura y que no siga alimentando el miedo y otras manifestaciones que alteran la salud mental.