Valores humanos
El odio gratuito y el odio provocado: dos espejos de la crisis humana
Una reflexión sobre la intolerancia contemporánea y el deterioro de los valores colectivos.

El odio es más destructivo para quien lo siente.
Después de padecer los múltiples efectos derivados de la pandemia de COVID‑19 —fenómeno global que inició en diciembre de 2019 y concluyó el 5 de mayo de 2023— lo lógico habría sido pensar que los seres humanos reflexionarían y se convertirían en mejores personas. Sin embargo, los hechos y acontecimientos posteriores demostraron lo contrario. Más bien, ocurrió tal como confesó la artista Ana Belén en una entrevista concedida al periódico El País: “no tengo esperanza con que esto nos vaya a cambiar. Somos tan burros que no sé si saldremos mejores. La gente que era buena lo seguirá siendo y los imbéciles e irresponsables, también”.
Tras las profundas secuelas dejadas por la pandemia de COVID‑19, resultaba casi inconcebible que el conflicto bélico reapareciera como mecanismo legítimo para dirimir disputas entre Estados. La historia reciente demuestra que las guerras no solo arrasan con miles de vidas humanas, sino que desestructuran comunidades enteras y perpetúan ciclos de violencia que comprometen el desarrollo de generaciones completas.
En el escenario contemporáneo, emerge una paradoja inquietante: las mismas corporaciones que durante décadas depredaron recursos naturales no renovables e impusieron lógicas rentistas en los mercados globales son, hoy, actores decisivos en la erosión de los principios éticos que deberían orientar la vida pública. Su influencia promueve un modelo social basado en el individualismo extremo, el consumo irracional, la insolidaridad y la progresiva disolución de las identidades colectivas.
Este entramado de intereses económicos, políticos y culturales no solo condiciona la conducta ciudadana, sino que redefine —con una agresividad silenciosa pero eficaz— los parámetros de convivencia, justicia y responsabilidad que sostienen a las sociedades democráticas. Según profesionales de la psicología social, sociología y la filosofía, con respecto a los valores como la solidaridad, empatía, amor al prójimo, honestidad, sensibilidad, gratitud, humildad, prudencia, respeto y la responsabilidad, la humanidad ha retrocedido
Resulta evidente que, en los distintos ámbitos de la actividad humana —social, político, gubernamental, corporativo, laboral, productivo, religioso, académico y profesional— persiste un germen que alimenta la discordia, la apatía, el odio, el conflicto y la exclusión, entre otras emociones, actitudes y conductas negativas.
En definitiva, los seres humanos de hoy se muestran más intolerantes, más egocéntricos, más narcisistas y proclives a manifestaciones de odio. En muchas empresas, agencias públicas, organizaciones sociales, escuelas y universidades, quienes se esfuerzan por actuar correctamente en todo momento, lugar y circunstancia se convierten en blanco de ataques y son rechazados por aquellos que carecen de talento o actúan de manera impropia.
El buen vivir y el comportamiento íntegro de quienes emprenden acciones positivas despiertan un odio gratuito por parte de quienes avanzan cargando mochilas repletas de emociones negativas.
El odio
La psicología define el odio como una emoción intensa y persistente de aversión, acompañada de la percepción de amenaza, injusticia o daño. No es simplemente un disgusto: es una respuesta emocional compleja que mezcla miedo, frustración, resentimiento y, en muchos casos, una profunda inseguridad. Filósofos como Aristóteles lo entendían como una pasión que no busca reconciliación, a diferencia de la ira; mientras que Schopenhauer lo veía como una reacción del ego herido ante aquello que contradice su voluntad. En tiempos más recientes, Hannah Arendt advirtió que el odio suele florecer donde la identidad se siente frágil y necesita un enemigo para afirmarse.
Tomando como punto de referencia estas perspectivas, se pueden distinguir dos formas de odio que se manifiestan en la vida social, empresarial, laboral, institucional, política, familiar, profesional y religiosa: el odio gratuito y el odio provocado.
El odio gratuito: la reacción contra lo correcto
El odio gratuito es el más desconcertante, porque surge precisamente cuando una persona, empresa, institución o marca hace lo correcto. Es el odio que se activa frente a la integridad, la disciplina, la transparencia, la excelencia o la coherencia. No nace de un daño real, sino de la incomodidad que produce el ejemplo ajeno.
Quien odia gratuitamente no reacciona al acto, sino a lo que ese acto revela de sí mismo. La honestidad del otro expone su propia falta de honestidad; la eficiencia del otro desnuda su propia mediocridad; la coherencia del otro evidencia su propia contradicción. Por eso, el odio gratuito es profundamente psicológico: es un espejo que el individuo no quiere mirar y reconocer. Los megalómanos odian ferozmente a los humildes, a los solidarios a los que tienen valores y principios éticos.
Este tipo de odio suele provenir de personas que se sienten víctimas permanentes, que interpretan cualquier acción ajena como una amenaza o un ataque. Son individuos inseguros, con baja autoestima, que padecen una forma de delirio de persecución emocional: creen que el mundo conspira contra ellos, cuando en realidad lo que los hiere es la comparación inevitable con quienes sí hacen lo correcto.
En el ámbito institucional, este odio se manifiesta cuando una empresa o entidad aplica reglas, mejora procesos, exige calidad o combate la corrupción y la mediocridad. Paradójicamente, en entornos dominados por narcisistas tóxicos y carentes de talento, actuar correctamente genera resistencia, resentimiento y ataques. No porque la acción sea injusta, sino porque obliga a muchos a abandonar la comodidad de la improvisación, a renunciar al protagonismo inmerecido y a asumir la responsabilidad de trabajar en cooperación con los demás.
El odio provocado: la consecuencia de lo incorrecto
El segundo tipo de odio es el provocado: aquel que surge como reacción legítima a una acción incorrecta. Aquí no hay misterio. Cuando una persona, empresa o institución actúa con negligencia, abuso, irresponsabilidad o falta de ética, genera rechazo. Ese rechazo no es gratuito: es consecuencia.
Este odio es, en cierto modo, funcional. Es la respuesta social que sanciona comportamientos dañinos. Es el mecanismo emocional que protege a la comunidad de quienes actúan en detrimento del bien común. Cuando una marca engaña, cuando una institución incumple, cuando un líder traiciona, el rechazo que recibe es proporcional a la gravedad de su falta.
A diferencia del odio gratuito, el odio provocado no nace de la inseguridad del observador, sino de la conducta del observado. Es un espejo invertido: no refleja al que odia, sino al que provoca el odio.
La confusión entre ambos odios
Uno de los grandes problemas contemporáneos es que muchos individuos, empresas e instituciones confunden el odio gratuito con el provocado. Se victimizan ante críticas legítimas, alegando persecución donde lo que existe es consecuencia. Y, al mismo tiempo, quienes hacen lo correcto suelen creer que el rechazo que reciben es señal de fracaso, cuando en realidad es señal de impacto.
Distinguir ambos odios es fundamental para la madurez emocional y la salud institucional. El odio gratuito se supera con firmeza, coherencia y carácter; el odio provocado se corrige con responsabilidad y cambio de conducta. En determinados ámbitos, hacer lo correcto y predicar con el ejemplo induce el odio gratuito.
En conclusión
La preocupación por el deterioro ético, ambiental y humanitario del mundo contemporáneo no es exclusiva de los analistas sociales. Incluso voces emblemáticas de la cultura iberoamericana han expresado públicamente su alarma. Durante su discurso de aceptación del Premio Cortes de la Real Isla de León, pronunciado en San Fernando, Cádiz, el 24 de septiembre de 2025, Joan Manuel Serrat (2025) advirtió con contundencia:
“No me gusta el mundo en el que vivimos. Es hostil, contaminado, injusto e insolidario […] Somos desgarrados testigos de unas atrocidades brutales a nuestro alrededor […] Es desalentadora la dejadez con la que afrontamos la catástrofe del cambio climático […] Cada año la situación es más grave, pero no se hace nada por evitarlo”.
La reflexión de Serrat sintetiza un malestar ampliamente compartido: la sensación de que la humanidad avanza hacia un escenario de mayor violencia, desigualdad y degradación ambiental, mientras los actores con capacidad de decisión aplazan indefinidamente las medidas necesarias.