Guardianes de la verdad Opinión

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La fuerza de la opinión es tal que en nuestro país continúa el aborto necesario, como un pecado mortal perseguido por la ley, nada más injusto.

Si es que hay libertad, la mujer puede hacer con su cuerpo lo que le venga en ganas, siempre que sea para su beneficio, si no perjudica a nadie más.

Recuerdo que, de niño, una amiga de mi madre acudía a donde ella a contarle cómo había abortado con uno o dos tés de epazote.

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La interrupción del embarazo tiene varios pespuntes, siendo el de la contra uno de los más fuertes, de los más socorridos, de los más preocupantes.

Ello así porque hay razones religiosas profundas que postulan, que reclaman, que afirman, que un feto es un ser humano y debe ser protegido como tal, so pena de persecución judicial.

A esa tesis, defendida con calor por religiosos cristianos de todo el mundo, se les oponen algunas opiniones, cargadas de lógica y de argumentos de peso, que tienen que ver, fundamentalmente, con aspectos humanos.

Parte de la diferencia tiene que ver con el control de la natalidad, una forma de evitar llegar al aborto porque evita la preñez mediante procedimientos artificiales.

Los métodos de control de la natalidad no son fruto de artificios en los cuales intervienen quirománticos, lectores de cartas o “curiosos” que purgan las preñadas con hierbas y mejunjes raros que pueden provocar efectos secundarios no estudiados.

Son la aplicación de prácticas establecidas luego de estudios científicos tales como la abstención sexual mediante un método rítmico o con el uso de medicamentos que impiden la concepción.

A esas personas y grupos que se oponen al aborto, cuando es necesario, cuando no es deseado, siempre les pregunto: ¿Qué hacer cuando una mujer es violada y fruto de ese estupro la dama resulta embarazada?

El fruto de ese embarazo, de resultar sano, vivirá bajo el estigma de haber sido concebido a resultas de un hecho de fuerza, no consensuado.

Toda la vida, esa vida será señalada por todos, incluso sus familiares más cercanos, como una intrusa que entró a la fuerza, a la mala, en la vida de su madre, de sus abuelos, de sus tíos.

Me inquieta saber cuál será la reacción de esos campeones del antiaborto, incluyendo a sacerdotes, obispos y cardenales, si a su sobrina favorita la fuerza un abusador y como fruto de ese estupro la niña resulta embarazada. ¿Se desgarraría las vestiduras y gritaría en favor del parto de su sobrina querida, concebida con un malvado violador? Creo que sería mucho pedir.

Me inscribo, de nuevo, entre quienes respaldan el aborto a mujeres estupradas o cuyas vidas peligran si dan a luz.

Sobre el autor
Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

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